Miguel
Hernández. La sombra vencida
Se
dice (no sé si es una leyenda) que cuando murió Miguel Hernández,
resultaba imposible cerrarle los ojos. Son esos mismos ojos grandes,
brillantes como esferas de vidrio, que hemos visto representados en
tantos retratos. En uno de sus últimos poemas, escrito en la cárcel
y no recogido en ningún libro, escribe: «Yo que creí que la luz
era mía / precipitado en la sombra me veo». Pero el poema (y con
él, la Obra poética completa del poeta) termina con estos versos:
«Pero hay un rayo de sol en la lucha / que siempre deja la sombra
vencida».
El
propio Miguel Hernández se describió a sí mismo a menudo como
«cabrero poeta» (en un artículo publicado en la revista Destellos,
editada por el gran amigo Ramón Sijé) o bien como «poeta pastor»
o incluso «pastor poeta» («este pastor un poquito poeta», le
escribe en una carta a Juan Ramón Jiménez). El padre de Miguel era
cabrero, y el propio poeta fue iniciado en el oficio de pastor por su
hermano Vicente cuando era un niño. Las montañas comenzaban justo
detrás de la casita en la que nació Miguel en Orihuela, secas y
desabridas laderas de ese paisaje levantino que tanto se parece al de
Tierra Santa. Más tarde, la familia se traslada a otra casa en la
Calle de Arriba, una vivienda amplia y cómoda con un jardín trasero
en la que había un corral y algunos frutales.
Miguel
Hernández estudió durante bastante más tiempo del que sería
esperable en un muchacho tan modesto. En el colegio de jesuitas de
Santo Domingo llegó a alcanzar los grados de «príncipe», «edil»
y «emperador», títulos con los que los jesuitas distinguen a los
buenos alumnos. Y enseguida comenzó a leer, primero en la biblioteca
del canónigo Almarcha, que le introduce en los clásicos españoles
y los grecolatinos traducidos, y luego bajo el influjo de Ramón
Sijé, su gran amigo, un estudiante de derecho de orientación
conservadora y católica que tenía grandes inquietudes literarias.
Sus sucesivos viajes a Madrid, hasta el tercero, que es el
definitivo, suponen un gran salto hacia adelante y una ruptura con el
mundo provinciano y limitado de Orihuela. Sobre todo por influencia
de Pablo Neruda, las ideas religiosas y políticas de Miguel
Hernández comienzan a cambiar. El poema «Sonreídme», escrito en
el período que va entre El rayo que no cesa y Viento del pueblo, uno
de los pocos que escribiera sin rima, y que por esa razón tiene un
tono más libre y moderno del que solemos asociar con su arte, es un
buen indicador de esta crisis: «Vengo muy satisfecho de librarme /
de la serpiente de las múltiples cúpulas / la serpiente escamada de
casullas y cálices». Ramón Sijé le visita en Madrid y ambos
amigos discuten de política, de poesía, de religión. Se sienten un
poco distanciados, pero a los pocos meses el amigo muere, y Miguel se
siente devastado. Escribe entonces la «Elegía a Ramón Sijé» que
se ha hecho tan famosa y que entusiasmó al propio Juan Ramón
Jiménez. El poema, hermoso y algo superficial, contiene un pequeño
misterio: porque la elegía por la muerte del amigo parece, en
realidad, una declaración de amor de encendida sensualidad.
Hay
siempre algo seráfico alrededor de Miguel Hernández. Tenía un
rostro de niño ingenuo, marcado de cicatrices por una explosión de
carburo que sufrió en la infancia. En seguida se hizo amigo de los
poetas de la generación del 27, pero en Madrid no todo fueron aladas
almas de rosas de almendro. García Lorca no sentía simpatía por él
e intentaba evitarle, y es conocida la anécdota de Miguel llamándole
«hijo de puta» a Alberti y recibiendo un bofetón de María Teresa
León.
[...]
Miguel
Hernández. La sombra vencida
Por
Andrés Ibáñez
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Elegía
por Ramón Sijé (Miguel Hernández)
(En
Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón
Sijé, con quien tanto quería)
Yo
quiero ser llorando el hortelano
de
la tierra que ocupas y estercolas,
compañero
del alma, tan temprano.
Alimentando
lluvias, caracolas
y
órganos mi dolor sin instrumento,
a
las desalentadas amapolas
daré
tu corazón por alimento.
Tanto
dolor se agrupa en mi costado,
que
por doler me duele hasta el aliento.
Un
manotazo duro, un golpe helado,
un
hachazo invisible y homicida,
un
empujón brutal te ha derribado.
No
hay extensión más grande que mi herida,
lloro
mi desventura y sus conjuntos
y
siento más tu muerte que mi vida.
Ando
sobre rastrojos de difuntos,
y
sin calor de nadie y sin consuelo
voy
de mi corazón a mis asuntos.
Temprano
levantó la muerte el vuelo,
temprano
madrugó la madrugada,
temprano
estás rodando por el suelo.
No
perdono a la muerte enamorada,
no
perdono a la vida desatenta,
no
perdono a la tierra ni a la nada.
En
mis manos levanto una tormenta
de
piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta
de catástrofes y hambrienta.
Quiero
escarbar la tierra con los dientes,
quiero
apartar la tierra parte a parte
a
dentelladas secas y calientes.
Quiero
minar la tierra hasta encontrarte
y
besarte la noble calavera
y
desamordazarte y regresarte.
Volverás
a mi huerto y a mi higuera:
por
los altos andamios de las flores
pajareará
tu alma colmenera
de
angelicales ceras y labores.
Volverás
al arrullo de las rejas
de
los enamorados labradores.
Alegrarás
la sombra de mis cejas,
y
tu sangre se irán a cada lado
disputando
tu novia y las abejas.
Tu
corazón, ya terciopelo ajado,
llama
a un campo de almendras espumosas
mi
avariciosa voz de enamorado.
A
las aladas almas de las rosas
del
almendro de nata te requiero,
que
tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero
del alma, compañero.
(10
de enero de 1936, El rayo que no cesa)