En el verano del año 2000, mientras filmaba Náufrago en las islas remotas de Fiyi, Tom Hanks no estaba interpretando a un hombre abandonado a su suerte.
Lo estaba viviendo.
Aislado durante semanas, con una dieta mínima y una pérdida de más de 22 kilos, su cuerpo comenzó a deteriorarse. Dormía en una cabaña improvisada, caminaba descalzo entre rocas afiladas y soportaba tormentas tropicales que golpeaban la isla como si quisieran derribarla entera.
Lo que pocos supieron entonces fue que Hanks estuvo a punto de morir durante la producción.
Un pequeño corte en su pierna —apenas una herida superficial— se infectó de tal forma que comenzó a hincharse y latir como si llevara fuego dentro. El dolor subía por la pierna cada noche, y Hanks, exhausto, temblando y febril, pensó que no lograría salir de la isla.
Cuando la producción lo trasladó de urgencia a Los Ángeles, los médicos fueron claros:
fue necesaria una cirugía inmediata.
Si esperaba unos días más, habría perdido la pierna.
Un poco más, y habría perdido la vida.
Pero cuando se recuperó, hizo algo que nadie esperaba:
regresó a la isla.
“Si vamos a contar una historia de supervivencia”, dijo a su equipo, “más vale que sobrevivamos a ella”.
Y así fue.
Por eso, cuando en la pantalla vemos a Hanks llorar por Wilson, no vemos una actuación. Vemos a un hombre mental y físicamente al límite. Vemos meses de soledad, hambre, miedo y silencio comprimidos en un solo grito.
No era la primera vez que se entregaba de esa manera:
– En Filadelfia, perdió más de 11 kilos y estuvo a punto de desmayarse varias veces.
– En Salvar al soldado Ryan, exigió barro real, agotamiento real y noches enteras sin dormir.
– Siempre repitió lo mismo: “No puedo fingir la verdad”.
Tom Hanks no se convirtió en el “actor más querido de América” por sonreír ante las cámaras.
Se convirtió en ello por su honestidad brutal con el oficio, por esa forma silenciosa de entregarse hasta romperse… y volver.
El cine le debe algunas de sus escenas más humanas, porque detrás del carisma y la calidez siempre hubo un guerrero callado, uno que entiende que:
los héroes no son los que nunca caen, sino los que regresan después de hacerlo.
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