En la estricta sociedad victoriana, la modestia era casi una religión. Incluso los actos más cotidianos, como probarse un par de zapatos, debían hacerse sin “comprometer la decencia”.
Por eso, los zapateros de la época utilizaban curiosos dispositivos metálicos con forma de pinza o brazo articulado para ajustar el calzado de una mujer sin tocarla ni mirar bajo su vestido.
Mientras la clienta permanecía sentada, el zapatero, agachado y de espaldas, manipulaba el artilugio desde el extremo del mostrador. Así, podía medir, ajustar y colocar el zapato sin contacto visual ni físico alguno.
Este ingenioso —y algo absurdo— invento reflejaba el ideal moral de una sociedad obsesionada con las apariencias y el pudor, donde incluso un zapato podía ser un asunto de etiqueta y recato.
Una muestra perfecta de cómo la tecnología, a veces, no nace solo del ingenio… sino también de la represión.
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