No todas las opiniones valen lo mismo.
Algunas se construyen sobre datos, derechos y memoria.
Otras sobre miedo, bulos y privilegio.
Ponerlas al mismo nivel no es neutralidad.
Es una trampa.
La democracia no consiste en escuchar cualquier cosa
sin consecuencias.
Consiste en proteger lo común frente a quienes quieren destruirlo.
Llamar “opinión” al racismo,
al machismo,
al negacionismo
o a la mentira organizada
no es pluralismo.
Es blanqueo.
Cuando todo vale, gana el que grita más.
Cuando todo es relativo, la verdad pierde.
Y ahí empieza el camino.
Confundirlo no es ingenuidad.
Es abrirle la puerta al fascismo.
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