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martes, 18 de noviembre de 2025

 


Los preventorios franquistas (cárcel para niñas)

En mi próximo libro «Las abarcas desiertas», una de las novelas cortas que lo componen, «Claveles y manzanilla» habla sobre los preventorios infantiles. Algo de lo que se ha hablado muy poco y que creo que no se debe olvidar. El libro estará disponible a partir de los primeros días de diciembre.

Breve introducción, que no sinopsis, de «Claveles y manzanilla»:

Desde 1940, bajo el sello del Patronato Antituberculoso, en los edictos prometían sol, leche y aire limpio: estancias de tres meses para criaturas de siete a doce años, que podían extenderse, en casas junto al mar o caserones de sierra. Sobre el papel, una pausa luminosa contra la tuberculosis. En la práctica, la puerta se abría tras un «examen médico-antropométrico» de dudoso rigor, al que a menudo añadían pruebas «mentales» igual de flojas: medidas al milímetro, preguntas afiladas como cuchillos romos, sobre los padres y familiares, sobre ellas y sus hábitos religiosos, dictámenes redactados con desgana. Con esos informes, las autoridades decidían a qué centro enviar a cada pequeño, como si los destinos cupieran en una plantilla de cartabón. Para muchas familias sin pan, aquellos portones eran el único plato caliente garantizado; se firmaba con la vergüenza doblada en el bolsillo. Dentro, el catecismo sustituía al juego, la disciplina al consuelo, y el miedo hacía de médico. Los testimonios hablaban por debajo de las puertas: golpes con nombre propio, castigos que helaban los huesos, palabras que humillaban más que la navaja, manos que no eran de padre ni de médico. A eso lo llamaron prevención, y también fue adoctrinamiento, amparo y también, sobre todo, desamparo.

Al preventorio podía seguir el psiquiátrico para las más rebeldes, o el Patronato de Protección de la Mujer, que en ocasiones era un lucrativo negocio en el caso de las muchachas embarazadas, que merece un capítulo aparte.

En paralelo, otro andamiaje moral apretaba el cerco: el Patronato de Protección de la Mujer. Nació invocando las «ruinas morales y materiales» y prometiendo «dignificar» a las jóvenes «según la Religión Católica». El plan, que parecía bálsamo, fue cepo: miles de muchachas pasaron de los centros tutelares a ese Patronato al cumplir los quince años; quedaban bajo su mano hasta los veintiuno y, si convenía, hasta los veinticinco. Mientras la mayoría de edad bajaba para el resto, allí seguía alta como un muro; la ley decía dieciocho ( la edad de la mayoría se bajó a los dieciocho en 1978, pero los patronatos estuvieron hasta 1983) , pero en esos pasillos del Patronato mandaba otra campana.

Además de las provenientes de los preventorios ¿por qué podía caer una muchacha en manos del Patronato? Bastaba con muy poco: un beso a destiempo, una idea que no comulgara con la moral impuesta, sobrevivir a una violación y que la culpa cambiara de nombre (porque la culpable siempre era la mujer), ser madre sin marido o, simplemente, querer vivir con un poco de aire propio. Para el expediente, todo eso cabía en una misma palabra: «descarriada».

La democracia llegó a las plazas con carteles y promesas, pero tardó en abrir los cerrojos de los preventorios: durante la primera década, para ellas no cambió la voz que mandaba ni el horario de silencio.

En Los internados del miedo quedaron recogidas historias que lo muestran sin necesidad de alzar la voz: abusos que no rindieron cuentas, una institución sin explicaciones, ayer ni hoy, con dictadura o con urnas, como si la tutela fuese un país aparte donde el tiempo obedece a otros relojes.

De esas penalidades, de esa luz prometida y de esa sombra nace esta historia: una noche de estrellas de papel, un mar al otro lado del muro y una niña que escribe para no desaparecer, mientras el país, satisfecho de su propia moral, cree estar curándola y, los que pueden, celebran la Navidad.

«Claveles y manzanilla» es una de las novelas cortas que integran el libro «Las abarcas desiertas», que estará disponible a partir de los primeros días de diciembre.

©Paco Arenas

 


 


 


 


 


 


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TRUMP, ARANCELES Y DECLIVE: CÓMO UNA POTENCIA SE DESMORONA A GOLPES DE IMPROVISACIÓN

La guerra arancelaria de Trump no es una estrategia. Es un síntoma.

Un movimiento desesperado de una potencia que ya no puede sostener la estabilidad económica en la que se apoyó durante casi un siglo.

Mientras tanto, millones de trabajadoras y trabajadores estadounidenses pagan una inflación creada desde la Casa Blanca a golpe de tuit.

Aquí van todas las claves para entender lo que está ocurriendo.

💸 EL BAILE ARANCELARIO QUE HUNDE LA ECONOMÍA

Entre febrero y abril de 2025, los aranceles a China pasaron del 10% al 145%, luego al 30%, y hoy se estabilizan en una media del 47%.

No es política industrial.

Es inestabilidad extrema.

Ese caos tiene consecuencias directas:

Las importadoras de EE.UU. pagan la factura.

Las empresas trasladan el golpe a los precios finales.

La inflación vuelve a subir.

La clase trabajadora soporta el impacto.

Mientras Trump promete “América PRIMERO”, en la práctica está haciendo América MÁS CARA.

📉 DESAMERICANIZACIÓN: EL MIEDO QUE YA SE PRONUNCIA EN WALL STREET

La credibilidad económica de EE.UU. se basa en dos pilares:

El dólar como moneda global.

Los bonos del Tesoro como refugio financiero.

Ambos están tambaleándose.

El baile de aranceles ha provocado:

Venta masiva de dólares.

Caída del valor de los bonos.

Fuga de capitales.

Y algo impensable hace una década:

fondos de inversión hablando abiertamente de “DESAMERICANIZACIÓN”.

Cuando un imperio deja de ser previsible, deja de ser dominante.

🧲 CHINA MUEVE LAS FICHAS ESTRATÉGICAS

Mientras Trump se desgañita, China actúa:

Restringe tierras raras, esenciales para tecnología, defensa y automoción.

Redirige compras globales de soja y otros productos clave.

Bloquea a empresas occidentales mediante listas negras.

Y obliga a Washington a retroceder en cuestión de días.

La llamada “tregua” de octubre solo demuestra una cosa:

Pekín controla las piezas del tablero. Trump solo golpea la mesa.

🚗 INDUSTRIA ESTADOUNIDENSE: SIN PLAN, SIN FUTURO

Los aranceles afectan no solo a productos acabados, sino a materiales básicos para fabricar maquinaria, vehículos, electrónica y bienes de capital.

Resultado:

Las fábricas pagan más por acero, aluminio y componentes.

Las inversiones se frenan.

La Reserva Federal reconoce que la incertidumbre pesa más que los aranceles.

Y la economía avanza hacia la temida ESTANFLACIÓN: precios altos y crecimiento muerto.

Mientras tanto, Trump amenaza con despedir a Jerome Powell, sembrando más caos institucional.

🏭 EL PROTECCIONISMO NO ES EL PROBLEMA: EL PROBLEMA ES TRUMP

El proteccionismo puede ser útil. Japón y Corea del Sur lo demostraron.

Pero se necesita:

Estrategia.

Estabilidad.

Coordinación industrial.

Justicia social.

Redistribución.

Trump no ofrece nada de eso.

Solo improvisación, propaganda y volatilidad.

No hay proyecto. Solo un imperio desorientado.

🔥 LO QUE SE JUEGA

Esta no es una guerra comercial.

Es la evidencia de que Estados Unidos está entrando en su fase de decadencia económica.

Y lo hace con el peor guía posible: un presidente que confunde política internacional con apuestas compulsivas.

Las consecuencias no son solo para EE.UU.

Cuando la potencia que sostiene la economía global empieza a arder, todos sentimos el humo.

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Les Candases, la historia de ocho mujeres arrojadas vivas al mar en Asturias para hacer desaparecer su memoria

Por Ana Martín Plaza

"Mi abuela arrastró toda la vida ver a su madre marchar. Cuando ella tenía 13 años, cogen a su madre, la suben a un camión y lo último que le dice a su hija es 'Carmen, espérame aquí, que vuelvo ahora'. Pero mi abuela no la volvió a ver.

Murió con 84 años y nunca quiso ir a Cabo Peñas". Sonia Santoveña, nieta de Carmen, recuerda así las últimas palabras de su bisabuela María, La Papona, antes de que los falangistas de Candás la mataran, a los 46 años, arrojándola viva al mar desde los acantilados el 2 de junio de 1938 junto a otras siete mujeres y cinco hombres.

Es la historia de Les Candases, que fueron asesinadas tras ser detenidas y torturadas.

Las lanzaron al mar para intentar esconder el crimen, para condenarlas al olvido, pero las olas devolvieron parte de los cuerpos a playas cercanas días después.

Aún llevaban las batas de las fábricas de conservas donde trabajaban con el número bordado que las identificaba.

Algunas fueron enterradas en cementerios cercanos como el de Bañugues, pero 87 años después solo se ha podido recuperar el cuerpo de una de ellas: el de Daría González, que tenía 62 años. Sus restos fueron exhumados en 2017 por la Asociación de Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) y la Sociedad de Ciencias Aranzadi e identificados con ADN.

El resto de víctimas siguen desaparecidas. Su historia forma parte del proyecto “El país de las 6.000 fosas”, el primer mapa audiovisual de España de las fosas de la Guerra Civil y el franquismo.

El resto de Les Candases son Secunda Rodríguez Fernández (59 años), Rosaura Muñiz González (62), Áurea Artime García (76) y sus dos hijas Balbina (34) y Plácida López Artime (31), y Rita Fernández Suárez, La Camuña, de 21 años. Los cinco hombres eran: Félix Menéndez González, hijo de Daría; Emilio Álvarez Rodríguez, marido de Secunda; y sus tres hijos: Anselmo, José Aser y Guillermo Álvarez Rodríguez.

María, La Papona

Excepto María, La Papona, encargada de la fábrica de conservas ALBO, miembro del comité de empresa de UGT, conocida por compromiso social y a la que detuvieron por esconder a republicanos huidos en su casa, y Rita, La Camuña, que colaboraba con el Socorro Rojo Internacional, el resto fueron asesinadas por ser madres, hermanas, suegras… de hombres republicanos cercanos al Frente Popular contra los que se había dictado orden de detención tras la caída del frente Norte.

Los falangistas pretendían que ellos se entregaran si las detenían a ellas, pero los que así lo hicieron acabaron asesinados igualmente, como Félix, hijo de Daría y con cargo en el Partido Comunista local, arrojado también al mar; o Ángel López Artime, dirigente de la CNT-AIT y fusilado un día después de que mataran a su madre y sus dos hermanas en Cabo Peñas.

"Me la llevaron y me la tiraron por el Cabo Peñas"

Braulia Suárez Rodeiro, Cuca, recuerda lo que su tía abuela Celesta le contó de la detención de su hermana Rita, en la publicación El mar devuelve la verdad, de la Secretaría de Estado de Memoria Democrática. "Vinieron a por ella. Me la llevaron y me la tiraron por el Cabo Peñas", repetía esta mujer que tenía solo 15 años cuando ocurrieron los hechos.

A Rosaura, la suegra de Anselmo, la detuvieron cuando increpó desde la ventana de su casa a los falangistas que habían crucificado a su yerno y le estaban golpeando mientras recreaban un vía crucis por todo el pueblo tras acusarle de la muerte de uno de ellos cuando intentó huir tras descubrirse que estaba escondido en casa.

Tras detenerlas las llevaron a la Brigada de Investigación y Vigilancia, la entonces conocida como Casa Genarín y actual sede del Ayuntamiento de Carreño. "Esa noche debieron de hacer con ellas de todo, torturas, violaciones… hasta que al amanecer las llevaron a Cabo Peñas y las arrojaron por el acantilado.

Cuentan que La Papona tiró a uno de Falange (...) 'Si yo caigo, tú caes', fue lo último que dijo”, relata Sonia Santoveña a RTVE, que destaca que su bisabuela era una mujer “muy valiente y luchadora, que no estaba bien vista por la derecha”.

El documental La historia olvidada de Les Candases, de J.K. Álvarez, recoge la grabación en vídeo del testigo más directo de los hechos, un vecino de El Ferreru, Benjamín Venturo, fallecido en 2019, que relata cómo se cruzó esa noche con el camión que se dirigía a Cabo Peñas. "Veo un camión grande y sentí gritos, lloros y voces. (...)

Por la mañana me asomo y vi en el agua a cinco o seis [cuerpos flotando]. Nada más que vi aquello vine para casa. 'No lo cuentes a nadie, por Dios, por Dios', dijo mi padre".

'La historia olvidada de Les Candases'

Miguel García López, tataranieto de Áurea, biznieto de Ángel López Artime y sobrino biznieto de Plácida y Cándida, explica a RTVE que no todas cayeron directamente al agua: "En los días posteriores, una de ellas, creemos que era Áurea, quedó colgada de uno de los riscos y se oían lamentos hasta que cayó al acantilado o se murió".

Su bisabuelo, presidente de los comités de huelga por la CNT-AIT y trabajador de Conservas Alfageme, estaba escondido en Piedeloro. "Le llega la noticia de que si se entrega las sueltan. Va a hablar con el cura para entregarse en Gijón, no en Candás (...).

En vez de cumplir su palabra, el cura va a Candás y le delata y sale un camión de falangistas para Piedeloro y es donde le detienen el día 3 de junio, un día después de los asesinatos de Cabo Peñas. Lo suben al cementerio antiguo y allí le fusilan", explica Miguel García López.

"Cuánto daría yo por saber dónde está mi madre"

La historia de Les Candases permaneció oculta, silenciada, sepultada por el dolor y el miedo hasta que una "simple frase" sirvió de espoleta. "Mi abuela estaba con mi madre sentada en el jardín de mi casa.

Era la víspera de todos los Santos y lo típico, todo el mundo pasaba con flores y ella dijo: 'Cuánto daría yo por saber dónde está mi madre para llevarle flores' y mi madre [Conchita Fernández, nieta de La Papona] dijo: "Ya va siendo hora de que se haga algo".

Contactaron con la entonces alcaldesa de Carreño, Amelia Fernández, quien describe aquella búsqueda como "una de las experiencias más conmovedoras e importantes" de su trayectoria en la política local, y con ayuda de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica siguieron la pista hasta llegar al cementerio de Bañugues, donde se creía que podían estar enterradas algunas de ellas. Una cruz de piedra señalaba el lugar probable.

La exhumación, llevada a cabo por la ARMH y Aranzadi, localizó en mayo de 2017 los restos de Daría González. El antropólogo forense Francisco Etxeberria, que participó en la excavación explica que “el mar, que es muy sabio, devolvió los cadáveres a la costa y que, en Bañugues, dejaron anotado en qué parte del cementerio” se inhumaron algunos de los restos.

Eso les permitió llegar hasta la única de aquellas mujeres que se ha conseguido encontrar. “Es casi un milagro que todo el recorrido se pudiera completar de esa manera: que de los restos se pudiera extraer ADN y que dieran en el clavo” pudiendo identificar a Daria.

Etxeberria señala que no saben cuándo, pero habrá un nuevo intento para buscar si en el cementerio están los restos de al menos otra de estas mujeres, como reclaman los familiares.

Los restos de Daría González aparecieron cerca de la cruz de piedra del cementerio de Bañugues

Los restos de Daría fueron reinhumados en junio de 2022 en el cementerio de Candás. Su biznieta Maider Menéndez viajó desde Francia, país al que se exilió su abuelo y su tía abuela, hijos también de Daría, para participar en el homenaje.

Ella no conoció la historia de Les Candases hasta después de la exhumación. Su abuelo nunca quiso hablar de ello. El día del entierro "fue muy, muy difícil", rememora en un español con un marcado acento francés al otro lado del teléfono sin poder evitar que se le quiebre la voz por el llanto.

No la conocía, pero es muy difícil saber todo eso, lo malo que han hecho hombres sobre ellas es muy duro, saber que fue escondida en el mar para que no encontraran sus huesos y los cuerpos. Es terrible de saber. Pero ahora estoy muy contenta de saber que está en paz”, concluye.

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https://www.rtve.es/.../candases-historia.../16815510.shtml

#MemoriaAnarquista

#SindicatoconHistoria

#CNTAIT #AIT #IWA



 

¿Qué democracia puede tolerar esto?

Por Javier F. Ferrero

¿Qué clase de Estado mira a otro lado mientras una organización fascista, encabezada por la bisnieta de Mussolini, desfila tranquilamente desde Génova hasta Ferraz, escoltada por las y los mismos agentes que identifican, multan y golpean a quienes protestan contra la extrema derecha?

No es una anécdota. Es una radiografía.

El 21 de noviembre, Falange Española de las JONS tiene vía libre para recorrer el centro político de Madrid. Sale del número 26 de la calle Génova, cuna de Primo de Rivera. Pasa por la sede del PP, el partido que pacta con quienes blanquean el franquismo. Y termina frente a la sede del PSOE, el partido que presume de memoria democrática mientras permite que le canten el Cara al sol en la puerta. No es una provocación aislada. Es una procesión política cuidadosamente diseñada.

Y nada de esto sería posible sin el aval de una parte del poder judicial.

El Tribunal Superior de Justicia de Madrid decidió en 2024 que la Delegación del Gobierno se había excedido al intentar desviar la marcha. La resolución declaró “no conforme a derecho” la limitación del recorrido. Hoy esa sentencia es el salvoconducto. El documento que permite a los ultras plantarse en Ferraz con toda tranquilidad mientras la Delegación del Gobierno se encoge de hombros y dice que no tiene “ningún argumento jurídico” para impedirlo.

Pero la pregunta incómoda es otra.

¿Cómo hemos llegado a un punto en el que el derecho de manifestación se interpreta de forma generosa para quienes exaltan el fascismo y de forma restrictiva para quienes lo denuncian?

En esta democracia, una manifestación antifascista se convierte enseguida en “riesgo para el orden público” y una concentración por la vivienda en un problema de “seguridad ciudadana”. En cambio, una marcha falangista con bengalas, saludos fascistas y cánticos franquistas se presenta como simple ejercicio de libertades.

Ya pasó en 2024.

Manuel Andrino, condenado por el asalto a la librería Blanquerna en 2013, encabezó el Cara al sol frente a la sede del PSOE. Saludo fascista. Logo del PSOE de fondo. Estado democrático de atrezo.

La Secretaría de Estado de Memoria Democrática anunció que estudiaría si aquello vulneraba la ley de memoria. Hubo ruido mediático. Hubo indignación. Hubo promesas.

¿Resultado? Ninguna sanción. Ninguna consecuencia real.

En 2022 sí se impuso a Falange una multa de 10.001 euros por vulnerar la ley de memoria. Está recurrida. Tres años después, todavía sin resolución firme. El mensaje es cristalino: la apología del franquismo sale barata. Sale lenta. Sale casi gratis.

Esta es la asimetría que define nuestra democracia.

El fascismo heredero del franquismo juega en casa. Conoce las reglas. Las y los jueces que lo juzgan se formaron en instituciones que nunca fueron depuradas del todo. El aparato del Estado trata al franquismo como una incomodidad histórica, no como un crimen de masas. Por eso la extrema derecha se siente tan cómoda usando la legalidad como escudo y no como límite.

En paralelo, la llamada ley de memoria se ha convertido en un decorado.

Se cita en discursos. Se usa para hacerse fotos. Pero cuando Falange convierte Ferraz en un plató de nostalgia franquista, el Estado se vuelve ciego. No se trata solo de una ley mal diseñada. Es un problema de voluntad política. De proyecto.

¿Quién se beneficia cuando el fascismo puede exhibirse como si fuera una opción política más, respetable y protegida?

¿Quién gana cuando se normaliza el 20N como folclore y no como una fecha de duelo y vergüenza?

Se nos dice que prohibir estas manifestaciones sería “autoritaria” y “censora”.

Lo curioso es que esa misma preocupación por las libertades no aparece cuando se trata de censurar exposiciones de memoria histórica, vetar charlas feministas o perseguir al movimiento antifascista. Ahí la mano del Estado se vuelve firme. Ahí no hay dudas jurídicas ni laberintos legales.

La democracia se muestra fuerte contra quien cuestiona sus injusticias y amable con quienes añoran una dictadura.

Conviene recordar algo básico.

Los derechos fundamentales no son neutros. Se interpretan. Se ponderan. Se contextualizan.

Un Estado que ha condenado el franquismo en sus leyes pero permite que sus herederos desfilen cada año, escoltados y protegidos, está enviando un mensaje muy claro: la ruptura con el fascismo es parcial, simbólica, reversible.

La línea roja no está donde nos dicen.

No es la pintada en una sede ni la performance de un colectivo antifascista.

La verdadera línea roja es que el fascismo se organice, se exhiba, se arrope en resoluciones judiciales y se plante frente a la sede del partido de gobierno para celebrar la muerte de la democracia que nunca llegó a odiar del todo.

Una democracia que se deja gritar el Cara al sol en su puerta, año tras año, no está demostrando tolerancia. Está explicando quién manda de verdad.

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#Reflexión | Unir a la izquierda

Javier F. Ferrero

Los que me leéis desde hace tiempo sabéis que soy pesado con esto. Obsesivo incluso. Siempre insisto en lo mismo: sin una fuerza progresista unida y fuerte no vamos a ninguna parte. No es un capricho ideológico. Es una conclusión vital que he ido aprendiendo entre huelgas, asambleas, derrotas, victorias pequeñas y gestos que pasan desapercibidos para la prensa pero cambian cosas por dentro.

Lo digo porque este año hubo un momento que me atravesó. Las chicas del sindicato de estudiantes cogieron un bus, se plantaron en Cádiz y se metieron de lleno en la huelga del metal. No llevaban grandes consignas ni banderas descomunales. Llevaban algo más peligroso: ganas de conectar luchas. Estuvieron allí, codo con codo, con quienes se estaban jugando el jornal. Y semanas después, esos mismos trabajadores y trabajadoras del metal se sumaron a la huelga estudiantil por Palestina. No por obligación. No por moda. Por reciprocidad. Porque cuando alguien te cuida, tú cuidas de vuelta.

Ahí está el corazón de todo esto. No lo que se discute en tertulias, sino lo que pasa cuando dos mundos que el sistema prefiere aislados se reconocen. Cuando una estudiante entiende que su precariedad y el precio de la habitación donde vive están ligados a la misma maquinaria que exprime a un trabajador del metal. Cuando un sindicato de inquilinas se siente abrazado por las y los pensionistas. Cuando la PAH encuentra complicidad en el sindicalismo de clase. Cuando Palestina no es “un tema internacional”, sino un espejo de lo que aquí también duele.

Lo vi claro entonces, y lo veo más claro cada día: la política no empieza en las instituciones, empieza en la trama social que las instituciones intentan gestionar, domesticar o ignorar. Y por eso me obsesiona hablar de unificar luchas. No como eslogan bonito, sino como única estrategia que ha demostrado resultados.

Mira el caso de Zohran Mamdani en Nueva York. Él no llegó con una fórmula mágica. Quien lo entendió fue el vecindario, fue el activismo, fue la gente organizada que llevaba años entrelazando luchas antes de que llegara cualquier candidato. Fueron las asambleas de inquilinas, los movimientos por el transporte público, las comunidades migrantes, las redes de solidaridad con Palestina, quienes demostraron que las batallas no estaban separadas. Cuando el alquiler asfixiaba, ahí estaban. Cuando la policía hostigaba, ahí estaban. Cuando la sanidad expulsaba a familias enteras, ahí estaban. No necesitaban a un salvador. Necesitaban a alguien dispuesto a escuchar y ponerse a su altura.

Mamdani no conquistó nada por sí mismo. Fue elevado por un movimiento que ya había mezclado lo local y lo global, que ya había entendido que quienes sufren lo hacen por los mismos mecanismos, y que si se organizan juntas cambian correlaciones de fuerza que parecían eternas. Él fue la consecuencia, no la causa.

Eso es lo que falta aquí. Eso es lo que siempre digo, aunque a veces suene repetitivo: sin unión social, la unión política es humo. Y sin unión política, la derecha avanza sin resistencia real.

Cuando veo a estudiantes y trabajadoras del metal apoyándose mutuamente, me acuerdo de por qué empecé en esto. Porque no creo en la épica individual. Creo en la épica colectiva. En la épica lenta, tejida con manos distintas. En la épica que no sale en los telediarios, pero sostiene todo lo que intentamos construir.

Quizá la lección es esta: si dejamos de actuar como islas, podemos empezar a comportarnos como archipiélago. Y en un archipiélago, cuando sube la marea, nadie se salva sola.

Y nadie cae sola.

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