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viernes, 16 de enero de 2026
LAS CONTRADICCIONES DE JESÚS QUE LA IGLESIA NUNCA EXPLICA:
Jesús dice que vino a traer paz:
“Bienaventurados los pacificadores.”
Pero también dice:
“No he venido a traer paz, sino espada.”
— Mateo 10:34
Dice que hay que amar a la familia…
pero también exige aborrecerla para seguirlo:
— Lucas 14:26
Predica humildad…
pero amenaza con castigo eterno a quien no cree.
Habla de amor incondicional…
pero excluye a quienes no son de su pueblo:
— Mateo 15:24
Si estas frases las dijera cualquier otro líder,
las llamaríamos contradictorias.
Pero cuando las dice Jesús,
la iglesia las llama “misterio”.
Cuando una doctrina no puede explicarse con claridad,
no es profundidad espiritual…
es incoherencia protegida.
La fe pide que no preguntes.
La Biblia permite leer.
Y leer sin filtros… incomoda.
EL PODER SE BLINDA
Julio Iglesias ha decidido responder a las acusaciones de agresión sexual presentadas por dos extrabajadoras contratando a uno de los nombres más reconocibles del derecho penal de élite en España, José Antonio Choclán. No es un gesto neutro ni técnico. Es una declaración política, económica y cultural. Cuando una figura multimillonaria, con décadas de impunidad simbólica, se enfrenta a una denuncia por violencia sexual, elige blindarse con el mismo tipo de defensa que utilizan los poderosos acusados de corrupción, fraude fiscal o blanqueo de capitales.
La denuncia fue presentada el 5 de enero de 2026 y afecta a presuntos hechos ocurridos en 2021, en propiedades del cantante en República Dominicana, Bahamas y España. Dos mujeres, una empleada del hogar y una fisioterapeuta, han relatado episodios de acoso y agresión sexual. La investigación está en manos de la Fiscalía y se encuentra bajo secreto. No hay imputación formal aún, pero sí una decisión clara del denunciado: anticiparse con un bufete experto en contención mediática, desgaste procesal y cierre de filas corporativo.
UN DESPACHO HABITUADO A DEFENDER AL PODER
José Antonio Choclán no es un abogado cualquiera. Su nombre aparece de forma recurrente cuando el foco judicial apunta hacia élites económicas, políticas o mediáticas. Ha defendido a Cristiano Ronaldo en su causa por fraude fiscal. Representó a Rita Barberá en la investigación por blanqueo de capitales. Fue abogado de Corinna Larsen, empresaria vinculada al rey emérito. Y también de David Marjaliza, uno de los nombres clave de la trama Púnica.
En la actualidad, Choclán representa al comisionista Víctor de Aldama, implicado en el caso Koldo, una de las mayores tramas de corrupción asociadas a contratos públicos durante la pandemia, con derivadas en el negocio de los hidrocarburos. No es una cartera de clientes casual. Es una especialización.
Este tipo de despachos no trabajan solo con códigos penales. Trabajan con tiempos, silencios, filtraciones, presiones y desgaste. Saben cómo retrasar, cómo fragmentar relatos, cómo convertir a las denunciantes en un problema procesal y mediático. Saben, sobre todo, que el dinero compra resistencia.
Que Julio Iglesias haya optado por este abogado no prueba culpabilidad alguna. Pero sí confirma una lógica estructural: frente a la violencia sexual denunciada, la respuesta del poder masculino no es la transparencia, sino el blindaje.
VIOLENCIA SEXUAL, DESIGUALDAD Y DESPACHOS DE LUJO
Las dos mujeres que han denunciado no son figuras públicas. No son millonarias. No tienen despachos de abogados en la Castellana. Han acudido a la Fiscalía acompañadas por Women's Link, una organización especializada en derechos humanos y violencia de género. La asimetría es brutal.
Mientras tanto, el denunciado guarda silencio. Se limita a decir a la revista Hola que “todo se va a aclarar”. Una frase diseñada para tranquilizar a su entorno, no para dar explicaciones a la sociedad. Desde que elDiario y Univisión Noticias publicaron la investigación conjunta, el caso ha quedado suspendido en ese espacio incómodo donde el prestigio intenta aplastar el testimonio.
Conviene recordar las fechas y los hechos. 2021 es el año en que presuntamente ocurrieron las agresiones. 2026 es el año en que las víctimas han podido denunciar. No por casualidad. El silencio también es estructural. El miedo a no ser creídas. El miedo a perder el trabajo. El miedo a enfrentarse a un icono global respaldado por millones y por abogados que cobran más en un mes de lo que muchas personas ganan en una vida.
No estamos ante un caso aislado. Estamos ante el patrón clásico: hombres poderosos, mujeres precarizadas, violencia sexual, y una respuesta judicial diseñada para proteger al primero y poner a prueba la resistencia de las segundas. El hecho de que la investigación esté aún en fase de Fiscalía y bajo secreto no reduce la gravedad política del contexto. La justicia no es ciega cuando el dinero ve por ella.
La elección de Choclán no busca esclarecer. Busca resistir. Ganar tiempo. Convertir una acusación de violencia sexual en un problema técnico, frío y deshumanizado. Sacar el cuerpo del relato y meterlo en un expediente. Desactivar el escándalo antes de que tenga consecuencias.
Mientras tanto, dos mujeres esperan. Esperan a declarar como testigos protegidas. Esperan a que no se filtre su identidad. Esperan a que no se las desacredite. Esperan a que el peso del apellido, del dinero y del despacho no vuelva a imponerse.
Porque cuando los poderosos se defienden con bufetes de lujo, no están buscando justicia, están defendiendo el privilegio.
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Los absurdos castigos de “Dios” en el Jardín del Edén: la ciencia destruyendo un mito fundamental judeocristiano
Uno de los mitos fundacionales más influyentes de las religiones abrahámicas, es el relato de Adán y Eva y los supuestos castigos impuestos por “Dios” después de que comieran del fruto prohibido. Este episodio no sólo pretende explicar el origen del mal en el mundo, así como el sufrimiento y la mu3rte, sino también justificar jerarquías sociales, el dolor humano y la necesidad de un Redentor. El problema es que, cuando se analiza el relato desde la biología moderna, el mito no sólo se desmorona, sino que se vuelve francamente ridículo.
Veamos uno por uno los “castigos” que “Dios” impuso en el Jardín del Edén:
a) La serpiente: ¿castigada por evolucionar correctamente?
Según el Génesis, la serpiente fue “m4ldita entre todos los animales”, condenada a arrastrarse sobre su vientre y a comer polvo, lo cual, desde la biología, no es más que una colección de disparates.
Primero: no es cierto que la serpiente sea un animal maldito, ni biológicamente inferior, ni castigado. Las serpientes son reptiles altamente especializados, exitosos desde el punto de vista evolutivo, con adaptaciones sofisticadas como detección infrarroja, colmillos venenosos y un sistema locomotor extraordinariamente eficiente.
Segundo: arrastrarse no es un castigo, sino simplemente una forma de locomoción producto de la evolución. Gusanos, babosas, larvas y muchos otros animales se desplazan de manera similar, sin haber “pecado” previamente. Si arrastrarse fuera un castigo, el reino animal sería una penitenciaría.
Además, la pregunta obvia es: ¿cómo se movía la serpiente antes del castigo? ¿Tenía patas? ¿Alas? ¿Daba saltos? La Biblia no lo explica, porque el autor jamás pensó en términos biológicos.
Tercero: las serpientes no comen polvo. Son estrictamente carnívoras. Su dieta incluye una amplia variedad de presas como roedores, aves, reptiles, anfibios, peces, huevos e invertebrados, adaptándose según la especie y tamaño. Por lo que el “comerás polvo”, no es más que una “metáfora” para lectores poco exigentes.
Cuarto: no existe ninguna enemistad biológica entre serpientes y mujeres, ni entre serpientes y humanos en general. Las serpientes no distinguen la sexualidad humana, ni odian a nadie, y por cierto, tampoco hablan ni razonan, lo que convierte toda la escena bíblica en una fábula, no en un hecho real.
b) Eva y el parto: cuando la obstetricia contradice a “Dios”
La Biblia afirma también que el dolor del parto es un castigo divino impuesto a la mujer. Pero desde la biología evolutiva esta afirmación es sencillamente falsa. El dolor del parto que experimentan las mujeres no es ningún castigo, sino consecuencia directa de dos procesos evolutivos clave:
1. La bipedestación: al caminar sobre dos piernas, la pelvis humana se estrechó.
2. El aumento del tamaño cerebral: los bebés humanos nacen con cabezas grandes.
El resultado es un canal de parto complicado. No un castigo, sino resultado de la evolución.
Además, otras hembras del reino animal también experimentan partos difíciles y dolorosos, como los chimpancés, hienas o cetáceos, y nadie supone que estén pagando una deuda moral con ninguna deidad.
Y viene aquí el golpe final a este mito: desde la década de 1930, la ciencia eliminó el “castigo divino” mediante la anestesia epidural, que bloquea el dolor en la región pélvica durante el parto. Si el dolor fuera un castigo impuesto por “Dios”, bastó una aguja y conocimiento médico para anularlo. No parece haber sido un castigo muy efectivo.
c) Adán y el trabajo: un castigo que nadie cumple
Según Génesis, el hombre fue condenado a trabajar la tierra “con el sudor de su frente”. El problema es que la mayoría de los hombres que han existido jamás han cultivado la tierra. Y aparte de eso, hoy contamos con tecnología suficiente como que los cultivos no sean muy complicados. Hoy disponemos de:
• Agricultura mecanizada.
• Producción industrial de alimentos.
• Hidroponía.
• Automatización.
Por lo que muchas personas que jamás han sembrado una semilla en su vida y nunca lo harán.
Pero por otra parte, tampoco es correcto calificar el trabajo como un castigo, ya que es una actividad natural que realizamos para obtener recursos. Además, todos los animales trabajan: lo hacen por ejemplo las aves buscan alimento, construyen nidos y crían polluelos, aunque según Jesús no hacen nada, y su Padre celestial siempre las alimenta (Mateo 6:26).
Si trabajar fuera un castigo divino, entonces toda la biosfera estaría castigada, lo cual vacía por completo la idea de castigo moral.
d) La muerte y la expulsión del Edén: el castigo más absurdo
Finalmente “Dios” expulsa a Adán y Eva del Jardín del Edén, para impedirles acceder al árbol de la vida, es decir, a la inmortalidad. Esto, desde la biología, es quizá el error más grande de todos. Porque m0rir no es un castigo, es una propiedad fundamental de la vida. Todos los organismos vivos mu3ren: bacterias, plantas, insectos, animales. La mu3rte es necesaria para la evolución, el recambio genético y el equilibrio ecológico. Sin mu3rte, no hay vida compleja sostenible.
Por otra parte, encuestas modernas demuestran que no todas las personas desean ser inmortales. Por lo que la inmortalidad no es un premio universal, sino una fantasía cultural. La idea de que la mu3rte entró al mundo por un error humano es científicamente absurda: la mu3rte existió millones de años antes de que apareciera el ser humano.
Y aquí tenemos el colapso final: sin pecado original, no hay redención. Cuando el mito de Adán y Eva se desmonta, ocurre algo inevitable: se derrumba también la teoría religiosa del origen del mal.
Si no hubo pecado original…
- No hay culpa heredada.
- No hay caída.
- No hay castigo.
- No hay deuda moral.
- No hay necesidad de un Salvador ni de un Redentor.
O sea que toda la arquitectura teológica del cristianismo depende de un relato que la biología, la antropología y la lógica destruyen sin esfuerzo.
En resumen, digamos que Génesis 3 definitivamente no explica el mundo, lo caricaturiza. Los “castigos” de “Dios” que describe no son más que intentos primitivos de justificar fenómenos naturales que hoy comprendemos perfectamente. Pero la biología no necesita pecados, serpientes parlantes ni dioses castigadores. La vida es compleja, imperfecta, finita… y precisamente por eso es real. Y si la ciencia puede anular los castigos divinos con anestesia, tecnología y conocimiento, quizás el verdadero pecado no fue comer de un fruto, sino seguir creyendo en este mito.
[Godless Freeman]
El 15 de enero de 2012 murió a los 89 años Manuel Fraga, político, diplomático y profesor universitario cuya dilatadísima trayectoria se inició bajo el franquismo y prosiguió durante la transición y la democracia. Ministro de Información y Turismo con Franco, vicepresidente segundo del Gobierno de España entre 1975 y 1976, fue uno de los ponentes de la Constitución de 1978 y el fundador de Alianza Popular, más tarde convertida en el Partido Popular, presidió la comunidad autónoma de Galicia durante quince años.
Manuel Fraga Iribarne nació el 23 de noviembre de 1922 en Villalba, provincia de Lugo, entonces una de las zonas más atrasadas de España. Su padre, Manuel Fraga Bello, de una familia numerosa de modestos campesinos, hombre conservador y sin estudios, se decidió a emigrar a Cuba después de hipotecar la escasa tierra.
En América fue de los que triunfaron: puso un negocio, reunió ahorros y aprendió a leer. Allí conoció a María Iribarne Duboix, una vasco-francesa de profundas convicciones católicas, moralista y sacrificada, que le dio doce hijos. El mayor, Manuel, pasó de los dos a los cuatro años en Cuba, hasta que la familia, en 1928, regresó a Galicia para que los niños se educaran en España. Bajo la dictadura de Miguel Primo de Rivera, el padre fue nombrado alcalde de Villalba.
La niñez de Fraga transcurre dócilmente en una sociedad muy sólida, regida por un orden indiscutido al que se halla perfectamente adaptado: disciplina en la casa y autoridad en el pueblo, solidez religiosa y tradición conservadora. En la modesta escuela local cumple el primer ciclo de una enseñanza memorística y sin explicaciones. En 1931, con el comienzo de la república, empieza el bachillerato en el Instituto da Guarda de A Coruña, pero al segundo año lo continúa en el mismo Villalba.
Desencadenada la Guerra Civil, fue internado con su hermano José en un colegio de Lugo. Allí vio por primera vez a Franco, de quien, según cuenta en su Memoria breve de una vida pública, le «impresionó el aspecto, la voz y la forma de hablar», y, al igual que muchos jóvenes de la zona nacional, se sintió plenamente identificado con el lema «mitad monjes, mitad soldados».
Tan profundo era el sentimiento católico de su juventud, que al finalizar los estudios dedicó el verano de 1936 a realizar ejercicios espirituales en el monasterio benedictino de Samos, donde consideró seriamente la posibilidad de hacerse cura. Esta arraigada religiosidad, ajena a toda duda, nunca habría de abandonarlo, y le llevaría aun en su vejez a pronunciar frases como ésta, referida al infierno: «Creo en todo lo que manda la Santa Madre Iglesia, de modo que no discuto ninguno de sus dogmas».
Ingresó en la Universidad de Santiago en 1939, coincidiendo con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, que no le llevó a apostar por el triunfo de Alemania pese al ambiente que le rodeaba. Tras permanecer un año en una residencia de estudiantes de los jesuitas, cuando terminó el curso convenció a sus padres para que lo enviaran a Madrid a continuar la carrera. El salto a la capital supuso enfrentarse por primera vez a la dura realidad de los vencidos, al hambre de la posguerra -él mismo vivía en pensiones y llegó a adelgazar nueve kilos-.
Fraga era entonces un brillante universitario, persuadido de que lo que el país necesitaba era fundamentalmente formación religiosa. Así pues, acudía a la Congregación de los Luises y visitaba los suburbios con fines benéficos y apostólicos, llegando a apadrinar a un niño de siete años. En esa época pasó dos veranos en el campamento de milicias universitarias de Robledo, experiencia que, según sus palabras, le «vino muy bien en todos los aspectos y reforzó mi sentido del orden y de la disciplina».
Paralelamente a la carrera, gracias a una beca de investigación concedida por el decano de la Facultad de Derecho, el canonista Eloy Montero, pudo abocarse a la traducción de cuatro tomos de la obra del jesuita Luis de Molina, al que habría de dedicar su tesis doctoral. Tractor Thompson, como lo bautizaron los compañeros por su empuje y tenacidad destemplada, terminó la carrera a los veintiún años con premio extraordinario, y en el curso de 1944 hizo a la vez la licenciatura y el doctorado, mientras comenzaba a dar clases como encargado de curso de teoría de la sociedad y del Estado.
Ese año conoció a una compañera de la facultad, que en 1948 se convertiría en su mujer: la rubia y espigada María del Carmen Estévez, hija de un militar, que habría de abandonar los estudios para dedicarse al cuidado de sus cinco hijos: María del Carmen, José Manuel, Maribel, Ignacio y Adriana.
Finalizada la guerra, se abre para Fraga, en plena juventud, un período decisivo para su futuro político. En 1945 accede a la función pública por el camino tradicional de las oposiciones, siguiendo el consejo de su maestro Fernando María Castiella. Con el número uno gana el cargo de letrado de las Cortes, lo que le permite entrar en contacto con la clase política del franquismo. Pero a la vez ingresa -también con el ya inevitable número uno- en la Escuela Diplomática.
Tres años más tarde gana las oposiciones a la cátedra de derecho político de la Universidad de Valencia, y en 1953 obtiene el cargo de titular en Madrid. Su trabajo docente se ve apoyado por numerosas publicaciones, entre las que destacan La reforma del Congreso de los Estados Unidos y La crisis del Estado.
En plena era del franquismo duro, desde el sector católico, Joaquín Ruiz-Giménez inicia una cierta labor de apertura a partir del Ministerio de Educación, y para ello llama a profesores vinculados al Movimiento desde posiciones más independientes: Joaquín Pérez Villanueva y Manuel Fraga, que en ese momento ocupa el cargo de secretario general del Instituto de Cultura Hispánica y es nombrado secretario del Consejo Nacional de Educación. El equipo, que se proponía elevar el nivel intelectual en un intento de superar el fascismo, se vio muy pronto atacado, en nombre del franquismo de cruzada, por los falangistas.
El enfrentamiento significó en 1955 la caída de Ruiz-Giménez y la consiguiente renuncia de Fraga, quien no por ello pasó a una discreta oposición, como otros del grupo, sino que prefirió buscar nuevas oportunidades dentro del sistema haciéndose falangista. Las oportunidades aparecieron al ser nombrado subdirector del Instituto de Estudios Políticos, en el que se dedicó a dar una serie de cursos y conferencias sobre la posibilidad de una reforma política «progresiva y prudente» que preparase vías posibilitadoras de normalización del país.
Su ingreso en la política habría de venir de la mano del secretario general del Movimiento, José Solís, quien en 1957 le ofreció la Delegación Nacional de Asociaciones. Allí organizó Fraga el I Congreso de la Familia Española, que habría de posibilitar la introducción de procuradores familiares en las Cortes.
La huelga minera de 1962 y el amplio movimiento de solidaridad que ésta generó le confirmaron que era necesario reorientar el franquismo para afrontar una nueva etapa, la del fin de la «hegemonía azul». Inmediatamente después de que la oposición democrática formulara el llamado «contubernio de Munich», el régimen responde el 12 de julio de 1962 con la creación de un nuevo gobierno, en el que aparece como gran novedad y promesa de aperturismo político -pese a la gran dosis de autoritarismo que le atribuyen muchos observadores- la figura de Manuel Fraga en el cargo de ministro de Información y Turismo.
Las vigiladas concesiones que está dispuesto a dar el régimen se plasmarían en la Ley de Prensa, que Franco le ha encargado como tarea principal y que Fraga presenta a las Cortes en 1966: una controvertida ley que suprime la censura previa de la prensa, pero que significativamente excluye a los libros, la radio y la televisión. A sus cuarenta años, Fraga ha llegado al gobierno para convertirse en el «ministro-estrella», por su huracanada vitalidad, y por sus frecuentes apariciones en televisión -cuyo control está en sus manos-. Fraga es el hábil relaciones públicas, gran aficionado a la caza y a la gastronomía que se baña en Palomares con el embajador de Estados Unidos para hacer creer que, pese a las bombas caídas en la playa, no hay riesgo de radiactividad. Fraga es el ministro que, en pleno auge del desarrollismo, potencia el turismo hasta situar a España en la primacía europea.
Pero lo peligroso para la estabilidad de su cargo es el enfrentamiento con Laureano López Rodó y otros miembros del Opus Dei: «Cuando me negué a que un grupo monopolizase el poder político del país». El escándalo Matesa termina por agudizar las tensiones y paradójicamente acaba con quien ha exigido las cuentas claras: el ministro de Información.
Tras su cese, en octubre de 1969, Fraga vuelve a la cátedra y, gracias al ofrecimiento de un amigo, se convierte en director general de la fábrica de Cervezas El Águila, con dedicación parcial. Aureolado por la caída a los pies del Opus, se dedica entonces a recorrer España creando una plataforma que potencia todos sus actos: conferencias, cenáculos, presencia constante en la vida pública para pedir reformas inaplazables, desde una posición centrista y liberal que no deja de asombrar a muchos de quienes habían padecido su gestión como ministro.
Posteriormente fue nombrado embajador de España en Londres (1973-75), cargo que contribuyó a consolidar su admiración por el conservadurismo británico y por su modelo de monarquía parlamentaria. Al mismo tiempo centra su inagotable actividad en la creación del Grupo de Orientación Democrática, S. A. (GODSA). Escribe además numerosos artículos de prensa que publica ABC, y recibe a la oposición democrática que prepara el posfranquismo. Desde la capital británica, se destaca pues como el heredero del régimen capaz de restablecer la democracia con la complicidad de la derecha española. Así, cuando regresa de Inglaterra dos días antes de la muerte de Francisco Franco, confiesa sin ambages que aceptaría formar parte de un gobierno del príncipe Juan Carlos.
Tras la muerte de Franco desempeñó un papel importante en la época de la transición a la democracia. En el primer gobierno de la Monarquía, presidido por Carlos Arias Navarro, Fraga ocupó la esencial cartera de Gobernación, que conllevaba una vicepresidencia del Gobierno (1975-76). En los siete meses que duró el gobierno, le tocó «luchar y sufrir más que en los largos siete años como ministro». Manifestaciones, huelgas y la formidable presión de la calle planteaban un estado de convulsión nada fácil de solucionar para un hombre de su talante, que llega a encarcelar a varios miembros de la Platajunta por considerarlos comunistas.
De esa época es la famosa frase que le atribuyó Ramón Tamames y que él siempre ha negado: «La calle es mía». Pese al deterioro de su imagen, Fraga continúa prodigando sus gestos despóticos, insiste en la exclusión del Partido Comunista de España (PCE) y plantea un proyecto de «reforma desde dentro» -con una Cámara Alta de tipo orgánico- que es duramente atacado por ser un híbrido de franquismo y democracia. Pero son dos sucesos ocurridos mientras él se encuentra fuera del país los que lo herirán de muerte política: el duelo masivo de Vitoria después de la muerte de cinco personas a manos de la policía y la tragedia de Montejurra, en que grupos carlistas de la ultraderecha siembran el terror y la muerte con la participación de conocidos fascistas italianos.
Apartado del gobierno por el nombramiento de Adolfo Suárez y desgastado como hombre de centro, tras pasarse un mes intentando formar partido con Areilza y Pío Cabanillas, Fraga dio un giro espectacular, abandonando sus pretensiones centristas para ponerse al frente de la derecha pura. Se reúnen entonces los así llamados «siete magníficos»: Gonzalo Fernández de la Mora, Licinio de la Fuente, Laureano López Rodó, Federico Silva Muñoz, Cruz Martínez Esteruelas y Enrique Thomas de Carranza, quienes con Fraga a la cabeza formarán Alianza Popular (AP).
Mas, a pesar de la generosa financiación que la gran banca pone a su disposición, el desastre que sufre la nueva agrupación política en las elecciones de 1977 -16 escaños frente a 165 de la Unión de Centro Democrático (UCD)- no tiene paliativos, y en pocas semanas dimite la mitad del ejecutivo. Las elecciones de 1977 le convirtieron en diputado, portavoz parlamentario y miembro de la ponencia que redactó la Constitución de 1978.
En 1979 Fraga da otro viraje táctico, nuevamente hacia el centro, y reúne bajo el nombre de Coalición Democrática a liberales como Areilza y Senillosa, socialdemócratas como Enrico de la Peña, democristianos como Alfonso Osorio y franquistas como Vallina y Lapuerta. Pero el desastre vuelve a repetirse, quedando reducida la representación a sólo nueve diputados. Moralmente hundido, el político gallego decide dimitir y se marcha a su retiro de Perbes. Allí fueron a buscarle su «delfín» Jorge Verstrynge y otros jóvenes cachorros de la derecha y le convencieron de que volviera a la lucha política.
El líder conservador regresa una vez más a la arena política, y en los primeros comicios autonómicos de Galicia -pese a que AP no ha aceptado aún el hecho irreversible de las nacionalidades-, Fraga se hace unas fotos de inconfundible perfil celta que llevan el sugestivo título de «Galego coma ti». Por primera vez los aliancistas sobrepasan los votos de la UCD.
El hundimiento de la UCD permitió que, a partir de las elecciones de 1982, Fraga se convirtiera en líder de la oposición al gobierno socialista de Felipe González. Fraga arremolina a su alrededor a la derecha sociológica y puede presentar como un triunfo el pase a sus filas de destacados centristas como Herrero de Miñón y Ricardo de la Cierva. Pero, a pesar del liderazgo carismático indiscutido del que gozaba en su partido, sus resultados electorales no mejoraron en 1986, avalando la tesis de que Fraga impedía a los populares alcanzar una mayoría de gobierno por su pasado franquista y su imagen de hombre autoritario; en consecuencia, cedió la dirección del partido al joven Hernández Mancha en 1986 y renunció al protagonismo en la política nacional, ejerciendo como diputado en el Parlamento Europeo (1987-89).
Cuando en 1989 se repitieron los malos resultados electorales, Fraga volvió para presidir la refundación del que se llamaría en lo sucesivo Partido Popular: un proyecto inspirado en la democracia cristiana, a cuyo frente situó a José María Aznar.
Aunque mantuvo un cierto liderazgo moral sobre la derecha española, desde 1990 Fraga se retiró a su Galicia natal, encabezando la acción del partido en aquella región, donde gozaba de una gran popularidad. En 1990 vivió uno de los momentos más felices de su dilatada carrera al ganar por primera vez en unas elecciones democráticas la presidencia de la Xunta de Galicia. Profeta en su tierra, venció sucesivamente en todas la elecciones autonómicas a las que se presentó y gobernó Galicia con su personalísimo estilo durante quince años, hasta su retirada en 2005.
MASACRE de Dachau - EJECUCIÓN BRUTAL de guardias NAZIS por la liberación de Dachau
Domingo 29 de abril de 1945, una semana antes del final de la Segunda Guerra Mundial en Europa. La 45ª División de Infantería del Séptimo Ejército estadounidense libera Dachau, el primer campo de concentración regular construido por el gobierno nazi. Los soldados americanos huelen no sólo excrementos humanos, sino también cuerpos en descomposición, lo que provoca que muchos de ellos lloren o vomiten.
Además, encontraron más de 30 vagones de ferrocarril llenos de cadáveres y a 30 mil supervivientes en un estado de demacración extrema, tanto que parecían esqueletos andantes. La gran mayoría de ellos estaban gravemente enfermos. Muchos morirán por tifus e inanición durante los meses siguientes a la liberación del campo.
Los militares americanos, conmocionados y furiosos, así como los prisioneros que sobrevivieron a años de humillaciones y abusos por parte de sus verdugos nazis, quieren venganza, y su brutal respuesta está por llegar. Después de que Adolf Hitler fuera nombrado Canciller de Alemania el 30 de enero de 1933, los nacionalsocialistas utilizaron una serie de medidas de terror para implantar, poco a poco, una dictadura en todo el país.
El principal objetivo de los primeros campos de concentración de la década de 1930 era encarcelar e intimidar a los líderes de los movimientos políticos, sociales y culturales que los nazis consideraban una amenaza para la supervivencia y expansión del régimen. En estos campos, los prisioneros vivían atemorizados por la terrible violencia que ejercían las SS.
El primer campo de concentración creado por los nazis fue Dachau, situado cerca de Múnich, en marzo de 1933. El 22 de marzo, este lugar recibió a sus primeros prisioneros. En octubre de ese mismo año, el comandante de Dachau, Theodor Eicke, introdujo un sistema de horribles castigos para los presos que cometían leves ofensas.
De esta manera, Eicke se aseguró de que Dachau sirviera de modelo para todos los campos de concentración futuros. También se convirtió en un centro de entrenamiento o "escuela de violencia "para los guardias de las SS que, más tarde, trabajarían en otros campos de concentración. Durante el primer año, Dachau tuvo capacidad para albergar 5.000 prisioneros.
Al principio, los internos eran principalmente comunistas alemanes, socialdemócratas, sindicalistas y otros opositores políticos al régimen nazi. Sin embargo, con el tiempo, también fueron internados en Dachau testigos de Jehová, romaníes, sinti, homosexuales, delincuentes reincidentes y los llamados "asociales", es decir, aquellas personas que el régimen encarcelaba porque no podían o no querían encontrar un empleo remunerado.
Durante los primeros años, fueron relativamente pocos los judíos internados en este campo de concentración. Los hebreos que fueron enviados a este lugar pertenecían a alguno de los grupos mencionados o habían violado las Leyes de Nuremberg de 1935. Estos códigos trataban la cuestión racial en la ideología nazi.
A principios de 1937, las SS, con la mano de obra de prisioneros, comenzaron la construcción de un gran complejo en los terrenos del campo original, destruyendo la antigua fábrica de munición, la cual se encontraba en terribles condiciones. Esta obra concluyó oficialmente a mediados de agosto de 1938, permaneciendo, sin más cambios, hasta el final de la guerra en 1945.
El número de presos judíos en Dachau aumentó debido al incremento de su persecución. Los días 10 y 11 de noviembre de 1938, tras la Noche de los Cristales rotos, cuando las SA nazis, junto con la población civil alemana, saquearon hogares, negocios, sinagogas, hospitales y escuelas judías, se enviaron a casi 11.
Las tropas indigenas marroquíes tenían fama de ser de dudosa lealtad, enfrascados en unas sociedades muy primitivas, jerarquizadas, feudales y tribales denominadas cabilas, gobernadas por caídes, y que a menudo combatían entre ellas.
Estas unidades fueron fundadas en 1909 por el General Berenger, y eran combatientes feroces, autosuficientes, conocedores del terreno, vivian de él y su valor rozaba la temeridad.
Eran guerreros profesionales, la guerra era su vida. La presencia de estas unidades iba a ser fundamental para el bando nacional.
ALISTAMIENTO
¿Por qué combatieron en nuestra Guerra Civil?
El motivo principal era económico, un buen salario y promesas de ayuda para sus familiares.
Los marroquíes que combatieron en Regulares, Mehalas y Tiradores, en la guerra civil sentían que era una "jihad", es decir una guerra santa contra los "sin Dios", contra ateos y comunistas, todos eran enemigos de Ala y de su religión, y a la larga impondrían un genocidio cultural contra los nativos del protectorado y sus costumbres, si llegaban a triunfar sus ideas revolucionarias.
Además se recalcó también el hermanamiento entre los pueblos español y marroquí contra los marxistas ateos.
FORMA DE LUCHAR.
Los regulares estaban acostumbrados a la guerra, pero no a la guerra convencional, sino al más primitivo nivel.
Eran unos expertos en el uso de armas blancas, como se apreció en la toma del puente Pindoque, realizada por el Tabor de Tiradores de Ifni, también con el lanzamiento de granadas y eran consumados tiradores.
Eran temerarios en el combate y tenían gran cantidad de bajas en la lucha.
Estas habilidades los convirtieron en unas excelentes fuerzas de choque donde se necesitaba la sorpresa o el sigilo.
CONDUCTA
Pero había un precio detrás de aquella belicosidad.
Los regulares saqueaban de sus enemigos abatidos sus posesiones más valiosas y luego las vendían tratando de sacar el mayor beneficio posible. Para ellos la guerra era una forma de ganarse la vida más. Habia marroquíes que iban tras las tropas vendiendo relojes, chocolate, bebidas, etc , eran llamados Alijudis.
No acostumbraban a tomar muchos prisioneros y estabas en un grave problema si eras el enemigo y te los encontrabas.
Hubo casos de amotinamientos, abusos y todo tipo de atrocidades descritas, protagonizadas o atribuidas a miembros de los regulares, motivo por el cual debían estar bajo supervisión de oficiales españoles y medidas disciplinarias especiales.
Otras anécdotas mencionan que pese a que no eran problemáticos en retaguardia, "se lavaban con muy poca frecuencia y desprendían mal olor".
Para bien o para mal los regulares no han dejado indiferente a nadie, y su impronta ha quedado marcada en la historia popular de España.
Unos sesenta mil lucharon en nuestra guerra, morirían diez mil de ellos.