Con
Franco no éramos racistas.
A
leer un poquito a ver si más de uno deja de subir tonterias.
Con
Franco no éramos racistas. Éramos pobres, obedientes, blanquitos de
muchas noches en blanco de hambre. Los moros venían con bayoneta y
chilaba, extraños y exóticos, como salidos de una postal antigua de
África para morir por una patria que no era suya. Cuando Franco
trajo a España casi cien mil mercenarios marroquíes, los
«patriotas» aplaudían con furia y fervor, como quien bendice una
cruzada. Venían a matar. Ahora vienen a trabajar. Entonces tenían
la bendición del general, de obispos y cardenales y hasta del cura
del pueblo. Hoy son los últimos, los más pobres, los que recogen
los tomates, los ajos, porque a los españoles nos duelen los
riñones, los que trabajan en la construcción y quienes recogen la
basura que nosotros no queremos tocar.
Antes
se les aplaudía desde los balcones, con el NO-DO repitiendo su
desfile como un rezo militar. Matar por España era digno de
procesión. Ahora, si vienen a recoger tomates, se les recibe con
bates y sospecha, y si uno hace una barbaridad, se considera a todos
culpables.
Con
Franco no éramos racistas. Solo teníamos un enemigo: el que pensaba
diferente a lo que mandaba el enano del Pardo, aunque tuviera los
ocho apellidos castellanos, porque si eran catalanes, vascos o
valencianos, ya eran aún más sospechosos.
A
esos españoles, el cura daba hostias —y no eran simbólicas. Y los
guardias, a los disidentes , los apaleaban y no para sacudir el
polvo.
Al
moro se le reservaba un lugar de honor en las filas, porque su paso
marcial era útil para escoltar al caudillo, ese hombre pequeño que
firmaba penas de muerte en la sobremesa, con un brazo amputado a la
pobre Santa Teresa, sin remordimientos de conciencia.
No
venían migrantes entonces. ¿Quién iba a venir? No éramos destino,
ni refugio, ni esperanza. Éramos un decorado rígido, olor a misa,
incienso y naftalina. Los que salían éramos nosotros, con las
maletas de cartón apretadas en trenes grises, a vendimiar y ganar en
un mes, lo que en España necesitaríamos cinco, a servir cafés en
Suiza, a tragar desprecio en francés o alemán. Luego volvíamos con
un Mercedes de segunda mano, presumiendo de patria como quien presume
de cicatriz: como en España, en ningún lugar.
Con
Franco no éramos racistas. Nadie venía de América o de África a
trabajar, porque aquí el trabajo era castigo y el hambre, rutina.
Sonaban las canciones de Juanito Valderrama y Dolores Abril en aquel
programa de onda corta llamado «España para los españoles»,
aunque algunos afinábamos el oído para captar las ondas lejanas de
«Radio España Independiente», donde cabía la esperanza.
Decíamos
que los racistas eran otros: los alemanes, los franceses, los suizos.
Nosotros no éramos racistas, éramos tan imbéciles que gritábamos
«Spain is different», con la boca llena de orgullo, en inglés de
escuela vieja, sin saber muy bien que sí, que éramos diferentes,
pero para mal y para vergüenza nuestra. Para ellos, los europeos,
África comenzaba en los Pirineos, para nosotros Europa.
Ahora
sí lo somos. Racistas sin el valor de confesarlo, con un pero, los
más, sin pero, otros.
Nos
irrita el acento del que limpia el baño, del que recoge nuestras
cerezas, del que sirve la cerveza en la terraza. Nos molesta su
necesidad, su urgencia, su existencia, que sean pobres, el espejo
viejo, sin azogue, en el que no queremos recordarnos.
Decimos
que no somos racistas, pero en Torre Pacheco hubo patrullas con
calaveras bordadas y esvásticas en la gorra, y gente que se cree más
romana que humana, más aria que vecina. Y hoy, aunque bien
alimentados, somos los hijos y nietos de esos emigrantes que se
fueron a buscarse la vida al extranjero o en nuestra propia patria.
Hoy
se han regularizado 500.000 migrantes: personas que llevan años
trabajando a nuestro lado, sin derechos, invisibles, sosteniendo
sectores enteros sin reconocimiento alguno. A partir de ahora
seguirán trabajando, cotizando a la Seguridad Social, pagando
impuestos y formando parte, por fin, de un marco legal digno. Todos
los partidos —salvo los de siempre— estaban de acuerdo. Sin
embargo, como el racismo y la xenofobia siguen dando réditos
electorales, una vez más, el hombre de paja de la reina de la
charca, ha decidido sumarse a la campaña de odio, repitiendo el
mismo guion de la extrema derecha, y luego dice que no es presidente
porque no quiere....
Nos
falta memoria, quizá neuronas, o tal vez sea que la Historia se
repite o simplemente cambia de piel o de uniforme.