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martes, 20 de enero de 2026

 



José Saramago

"El miedo a la muerte como instrumento religioso"

A menudo, la muerte se presenta como un enemigo temible, y el infierno como una amenaza ineludible. Algunas sectas y grupos religiosos lo saben muy bien: han aprendido a convertir el miedo a lo inevitable en una herramienta de control.

Primero, nos enseñan a temer lo que todos enfrentaremos tarde o temprano: la muerte. No como un fenómeno natural ni un límite de nuestra existencia, sino como un juicio implacable y absoluto. Después, nos dicen que solo ellos tienen la clave para sobrevivir a esa amenaza. La obediencia, la sumisión, la entrega de nuestra voluntad se convierten en la única manera de evitar la condenación.

En este esquema, el infierno deja de ser una idea sobre justicia o ética, y se transforma en un instrumento psicológico: nos obliga a vivir con temor, nos hace depender de las interpretaciones y reglas de otros, y reemplaza nuestra reflexión moral por miedo puro. La ética deja de ser un ejercicio de responsabilidad; la fe deja de ser una búsqueda de sentido; todo se reduce a cumplir reglas por temor a un castigo eterno.

Desde la historia y la antropología, esto no es revelación ni verdad universal. Es una técnica: un modo de administrar el miedo para controlar comportamientos. Desde la psicología, sabemos que cuando alguien enfrenta la certeza de su propia muerte, es más fácil que entregue su autonomía a cambio de promesas de seguridad.

El problema es que el bien hecho por miedo no es auténtico; la fe sostenida por terror no es verdadera fe. Son respuestas de supervivencia, reflejos condicionados. Y mientras más se habla del infierno, menos confiamos en nuestra propia ética, más dependientes nos volvemos de quienes dicen tener el poder de salvarnos.

En pocas palabras: el miedo a la muerte y al castigo eterno, cuando se usa como arma, no busca la justicia ni la transformación; busca sumisión. Y entender esto es liberarnos, porque la verdadera libertad empieza cuando podemos mirar a la muerte sin que nadie nos obligue a temerla.


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