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lunes, 19 de enero de 2026

 



«Solo tenía 18 años» — Lo que el comandante alemán le exigió en la habitación 13…

Tenía diez años cuando un oficial alemán entró en la cocina de mi casa. Me señaló con el dedo, como quien elige una fruta en el mercado, y le dijo a mi padre que yo estaba requisada para servicios administrativos en la prefectura de Lyon. Mi madre apretó mi mano tan fuerte que sentí crujir mis huesos. Mi padre no pudo mirarme a los ojos. Todos sabíamos que era una mentira. Sabíamos que no volvería siendo la misma, y también sabíamos que no había elección. Era marzo, la ciudad llevaba tres años ocupada, y el Tercer Reich nunca pedía permiso para nada; simplemente tomaba.

Me llamo Bernadette Martin. Hoy tengo 80 años y voy a contar algo que ningún libro de historia ha tenido el valor de escribir con claridad. Porque cuando se habla de la Segunda Guerra Mundial, se habla de batallas, de invasiones, de resistencia heroica, pero rara vez se habla de lo que ocurría en los pisos superiores de los hoteles requisados, en las habitaciones numeradas, donde chicas jóvenes como yo éramos convertidas en combustible silencioso para la máquina de guerra alemana.

No fui enviada a un campo de concentración, no llevé la estrella amarilla, no morí en una cámara de gas, pero fui utilizada de una manera que, durante décadas, me hizo desear estar muerta. En aquella época, sobrevivir a lo que ocurrió en la habitación 13 del hotel Grand Étoile no fue una liberación; fue una condena perpetua dentro de mi propio cuerpo. Ellos no lo llamaban violación, lo llamaban un servicio. Nosotras no éramos víctimas, éramos recursos.

El oficial Klaus Richter, hombre casado y padre de tres hijos en Baviera, no se consideraba un monstruo. Se veía como alguien ejerciendo un derecho de conquista. Elegía a las más jóvenes. Decía que la piel fresca calmaba la presión de la guerra. Y yo, con mi cara de campesina francesa, mis largos cabellos castaños, mi inocencia visible en los ojos, fui elegida para ser exclusivamente suya, todos los martes y viernes, puntualmente a las 21 horas, como una cita médica, como una rutina burocrática, como si mi cuerpo fuera un formulario sellado.

Cuando cuento esto hoy, sentada frente a una cámara, sé que mi voz suena fría. Parezco distante, pero entiendan esto: después de sesenta años cargando este peso sola, después de décadas fingiendo que nunca había ocurrido, después de haber reconstruido toda una vida sobre ruinas que nadie quería ver, la única forma de contar esta historia es con la misma frialdad con la que me fue impuesta. Porque si dejo entrar la emoción ahora, no terminaré. Y esta historia debe ser contada, no por mí, sino por las otras. Por las que se volvieron locas, por las que se suicidaron, por las que dieron a luz a hijos que nunca habían pedido, por las que regresaron a casa y fueron tratadas de traidoras, de colaboradoras, de putas alemanas.

El hotel estaba en la rue de la République, en el corazón de Lyon, ciudad conocida antes de la guerra por la seda y la gastronomía. Cuando los alemanes ocuparon la zona libre en noviembre, transformaron Lyon en un centro estratégico.

La Gestapo se instaló en el hotel Terminus, la Wehrmacht requisó decenas de edificios, y el hotel Grand Étoile, un edificio de cinco plantas con fachada Art nouveau y grandes ventanas que daban al Ródano, se convirtió en lo que ellos llamaban un Lüftungheim, una casa de descanso. Mentira. Era un burdel militar disfrazado de servicio de asistencia.

Documentos oficiales alemanes descubiertos más tarde confirman la existencia de cientos de estas casas en toda la Europa ocupada. Los llamaban Soldatenbordell, burdeles de soldados. Pero no eran burdeles ordinarios. Eran estructuras organizadas, jerarquizadas, medicalizadas, con expedientes médicos, horarios estrictos y cuotas diarias. Había reglas, un control absoluto. Y estábamos nosotras, las mujeres. Algunas reclutadas a la fuerza como yo, otras provenientes de campos de prisioneros o intercambiadas por comida para proteger a su familia, o por vanas promesas de libertad futura.


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