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lunes, 19 de enero de 2026

 



Las prácticas s*xuales más repugnantes de la corte del rey Enrique VIII.

Miren, adentrémonos en uno de los períodos más fascinantes y seamos sinceros, los más sucios de la historia inglesa: la corte del rey Enrique VIII. Prepárense para desempolvar los libros y enfrentar la cruda realidad de cómo la lujuria, el poder y la desvergüenza moldearon la vida cotidiana y, sobre todo, las noches de esta realeza que se creía por encima de toda moral.

Descubriremos las puertas cerradas y los susurros que corrían por los pasillos de Hampton Court, hablando de prácticas que harían caer a muchos puritanos de la época y que, sorprendentemente, culminaron en cabezas rodantes y un cambio religioso que resuena incluso hoy en día. Nuestros días son una mezcla explosiva de política y alcoba, donde la búsqueda de un heredero y el placer carnal se convirtieron en una sola cosa, una obsesión capaz de destruir a cualquiera que se interpusiera en su camino, ya fuera esposa, amante o amiga.

Prepárense porque la historia es mucho más oscura que lo que cuentan las novelas románticas de época. Antes de adentrarme en esta red de intrigas y placeres prohibidos, necesito preguntarles una cosa. Aquí respiramos una historia auténtica, sin florituras y con una inmersión profunda. Así que haz tu parte, suscríbete al canal, activa la campanita para no perderte los próximos viajes en el tiempo y, sobre todo, deja un comentario diciéndonos dónde estás escuchando esta historia y qué hora es.

Es nuestra forma de conectar la fría Inglaterra Tudor con tu presente. Ahora vayamos al grano. La corte de Enrique, vista desde lejos, era un esplendoroso renacimiento, una etapa de oro y seda donde la caballerosidad y la virtud parecían reinar, ¿verdad? Pero quienes la habitaban sabían que eso era solo la cáscara.

Bajo esas ropas caras, esas capas de telas pesadas y joyas brillantes, un hervidero de ambición, un deseo desenfrenado y una moral, digamos, bastante flexible, en todo para los cercanos al trono. Era una época de flagrantes contradicciones. ¿Sabes? La Iglesia Católica, antes de la gran disrupción, predicaba el pecado en cada rincón, siendo la abstinencia y la castidad el ideal.

Pero la realidad de la nobleza era una burla total de estas contradicciones. Preceptos. Piénsenlo. Los matrimonios eran acuerdos políticos, contratos por tierras y poder, no uniones de amor. ¿Dónde se manifestaría entonces el verdadero deseo? Precisamente entre bastidores, en rincones ocultos donde las reglas del matrimonio no se aplicaban. La corte era un hervidero de jóvenes con hormonas descontroladas, sin muchas perspectivas amorosas, pero con muchas oportunidades para, digamos, la distracción. El rey era el reflejo de todo esto.

Enrique Opando, en la cima de su juventud y poder, era un atleta, un intelectual, pero sobre todo un hombre de enormes apetitos. Servir como un príncipe sobrio, lejos de la rigidez impuesta a su hermano mayor, Arturo, le dio una libertad de costumbres que nunca abandonaría. No era solo el monarca, era el alfa, el centro de gravedad donde convergían todas las atenciones y todos los favores, y si el rey quería algo bueno, lo conseguía.


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