La mujer que fue discriminada y humillada por Jesús por no ser judía como él
A los cristianos podrá parecerles extraño este titular, porque, aunque refleja una realidad de sus evangelios que se encuentra allí (Marcos 7:24-30, Mateo 15:21-28), en los púlpitos se prefiere ignorar. Primero entremos en contexto: Tenemos que darnos cuenta en primer lugar de que la Biblia es en sus orígenes un libro sagrado escrito por y para la comunidad judía de la antigüedad. La primera y principal parte, conocida como Antiguo Testamento o Tanaj, fue redactada originalmente por autores judíos en hebreo y arameo antiguo, cubriendo la historia, leyes y teología del pueblo de Israel entre los siglos XII AEC y el inicio de la era común. Sus principales personajes son también judíos. Y esto incluye al mismo Jesús de Nazaret, en torno a cuya figura se formó posteriormente el cristianismo.
Efectivamente, Jesús —en caso de haber existido—fue judío. Esto, a pesar de que los evangelios tratan de insinuar que él, su familia y sus seguidores, no pertenecían a esa comunidad. Pero Jesús nunca pretendió renunciar a su grupo étnico-cultural ni a su religión: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas —dijo—; no he venido para abrogar, sino para cumplir” (Mateo 5:17).
Y el hecho de que Jesús era judío implicaba no sólo que observaba esa fe religiosa con sus escrituras sagradas, sus rituales y sus festividades, sino que pertenecía a una comunidad con una identidad que se percibía a sí misma como un grupo privilegiado, por creer que tenían una relación exclusiva con su dios, “más que todos los pueblos que están sobre la tierra (Deuteronomio 7:6, Deuteronomio 14:2). Y por eso marcaban una frontera entre ellos y los no judíos, a quienes denominaban “gentiles”… Y obviamente, Jesús tenía esa misma percepción.
Así que, aclarado esto, no es de extrañarse lo que pasó aquel día en que, según los evangelios de Marcos (7:24-30) y Mateo (15:21-28), Jesús se dirigió con sus discípulos a la región de Tiro y Sidón (en Fenicia), donde llegó a buscarlo una mujer griega sirofenicia (cananea, como dice Mateo), cuya hija tenía un “demonio” o “espíritu inmundo” que la atormentaba (padecía de un trastorno mental o neurológico). Al llegar la mujer ante Jesús se tendió a sus pies, y llamándolo “Señor, Hijo de David” (es decir, identificándolo como judío de linaje aristocrático), le rogó que expulsara el demonio que tenía su hija.
Según Mateo, Jesús —que sabía que la mujer no era judía como ellos— ni siquiera se dignó a responderle, por lo que sus discípulos se le acercaron rogándole que la despachara, porque gritaba detrás de ellos (no era porque le tuvieran compasión, sino porque no aguantaban el escándalo que la desesperada madre hacía). Jesús entonces le advirtió a la mujer que él no había sido enviado más que para atender a “las ovejas perdidas de la casa de Israel” (es decir, sólo a los judíos alejados de la Ley mosaica). Pero la mujer se derribó ante él y continuó rogándole, por lo que Jesús le soltó esta frase demoledora: “Deja primero que se sacien los hijos [de Abraham, se entiende, es decir, los judíos], porque no está bien tomar el pan de los hijos [de ellos, el pueblo elegido] y echarlo a los perrillos” (Marcos 7:27).
Obviamente se refería como “perrillos” a los “extranjeros”, los “gentiles”, es decir, a los no judíos. ¿Perrillos o perros? —En los textos griegos de Marcos y Mateo aparece la palabra κυνάρια (kynária), diminutivo de κύων (kyōn, “perro”). Literalmente significa “perrillos” o “perritos”. Y la mayoría de las traducciones cristianas aprovechan ese diminutivo para suavizar el impacto, como si Jesús hubiera usado un término cariñoso. Pero esto es, en el mejor de los casos, una maniobra apologética.
Porque resulta que en el mundo judío del siglo I, los perros (o “perrillos”) eran considerados por los judíos como animales despreciables, asociados con la impureza, el peligro y la bajeza moral. Esto porque en aquella época y lugar, eran animales que solían ser semisalvajes, que vagaban por las calles consumiendo basura o cadáveres. Por eso, comparar a alguien con un perro —o incluso con un “perrillo”— era uno de los insultos más grandes en la cultura hebrea, tal como se observa en el Antiguo Testamento (Proverbios 26:11, 1 Reyes 21:23, Éxodo 22:31); pero también en el Nuevo Testamento, como lo hace Pablo en sus epístolas (Filipenses 3:2), o como lo hace el Apocalipsis (22:15), refiriéndose a los perros en forma despreciable. Sin embargo, también como lo hace Jesús con la mujer cananea o sirofenicia.
Y es que para los judíos de la época de Jesús, considerarse el pueblo elegido por su “Dios” era una distinción fundamental para su identidad, además de ser parte de sus creencias religiosas. Y quienes no pertenecían a su grupo eran seres "fuera del pacto"… eran para ellos “seres inmundos”, igual que los perros.
Pero volvamos a la mujer cananea. Desesperada por buscar la salud de su hija, le respondió a Jesús que hasta los perros comían las migajas que caían de la mesa de los amos, dándole a entender que se conformaba con las sobras de un “milagro” que pudiera hacerle. Y es hasta entonces que Jesús, al verla humillada a tal extremo, le dice que debido a que su fe en él era tan grande, por aquellas palabras que había pronunciado decretaba que se cumpliera su voluntad, pidiéndole que se fuera de regreso, porque el “demonio” ya había salido de su hija... Por supuesto, los demonios no existen, así que Jesús, en resumen, no hizo nada; pero aquella pobre mujer al menos sintió que había hecho todo lo posible por sanar a su hija.
Siempre exagerados como son, Marcos y Mateo aseguran que la hija de la mujer quedó sanada en aquél mismo instante, por lo que cuando la sirofenicia llegó a su casa, la encontró “sin el demonio” y acostada en la cama (Marcos 7:24-30, Mateo 15:21-28). No se sabe cómo lo supieron, ni cómo se sincronizaron los relojes para medir la exactitud del evento, o si fue sólo una estrategia de Jesús para deshacerse de aquella bulliciosa (y “perrilla”) mujer extranjera. En todo caso, por lo visto, le agradó tanto la fe que ella (sin ser judía) tenía en él, que decidió al menos atenderla, dándole aunque fuera una migaja de los beneficios sobrenaturales que tenía reservados para sus paisanos.
Este episodio en todo caso muestra a un Jesús que llama “perros” a los no judíos, que delimita la gracia por fronteras étnicas, y que sólo cede cuando la humillación alcanza niveles extremos. Un retrato que no encaja con la imagen catequética del “amor incondicional” de Jesús, y que por eso suele minimizarse, silenciarse o edulcorarse con diminutivos piadosos. Sin embargo ahí está, en los mismos textos que los concilios de Hipona (393) y Cartago (397) declararon “inspirados” y “exactos”. No pudieron borrarlo, porque formaba parte de una tradición demasiado antigua y demasiado conocida. Y precisamente por eso es tan valioso para el historiador crítico: porque deja ver al Jesús “real” —si es que hubo alguno— no al “Cristo” teológico.
[Godless Freeman]
[Crédito de imagen: Diego Andrés]
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