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miércoles, 11 de febrero de 2026



 

Cuando te vistes para agradar a “Dios”

Pues, resulta que al dios de la Biblia no le es para nada indiferente cómo te vistas. Él no sólo tiene sus gustos peculiares y muy específicos en cuanto al diseño de tu ropa, sino que es además —como en todo— sumamente exigente con tu outfit. Y tú ya sabes que con Diosito no se juega —ya lo conoces—, así que más te conviene saberlo y tenerlo presente.

Bueno, lo cierto es que los redactores de la Biblia desconocían algo que nosotros ahora sabemos desde la antropología: la vestimenta humana no surge de ningún “pecado” ni castigo divino, sino simplemente de nuestra adaptación cultural y ambiental. La Biblia, compendio de mitos tribales elevados a dogma universal, propone una explicación muy distinta: el ser humano empezó a vestirse porque —como consecuencia de haber pecado— “se dio cuenta” de que estaba desnudo. Como si la desnudez fuera un error recién descubierto, y no la condición natural de todos los mamíferos, incluidos nuestros ancestros primates.

Veamos cómo el texto bíblico transforma un fenómeno cultural completamente neutro, en un instrumento de culpa, control y obsesión moral:

Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos…” (Génesis 3:7).

O sea que para la Biblia la desnudez fue un “descubrimiento traumático”, algo que, desde una perspectiva antropológica, resulta casi cómico. Porque según el Génesis, Adán y Eva no sabían que estaban desnudos hasta que comieron del fruto prohibido. Es decir, caminaban sin ropa, se miraban mutuamente, tenían cuerpos humanos completos, pero misteriosamente no se habían dado cuenta… Por supuesto, esto no es biología, es literatura moralizante.

La desnudez aquí no es un estado físico, sino un símbolo de culpa. Sin embargo, el texto no explica por qué sería problemática; simplemente la declara vergonzosa por decreto divino. Y nace así una de las ideas más influyentes —además de dañinas— de la tradición judeocristiana: el cuerpo humano es aceptable sólo cuando está cubierto.

Desde la antropología sabemos ahora que la vergüenza corporal no es innata; es aprendida culturalmente, apareciendo por primera vez en sociedades jerárquicas y moralizadoras. Por tanto, el Génesis no describe el origen de la ropa, lo que describe es el origen de la culpa.

Por otra parte, el dios bíblico se comporta también como un inspector de vestuario:

No vestirá la mujer traje de hombre, ni el hombre vestirá ropa de mujer…” (Deuteronomio 22:5).

La Biblia da aquí un salto del mito a la policía de género. Y el problema es evidente, porque la ropa no tiene género biológico. A lo largo de la historia, los hombres han usado túnicas, faldas, tacones, maquillaje y joyas, y las mujeres han usado pantalones, armaduras y prendas funcionales. Así, lo “masculino” y lo “femenino” en la ropa, ha cambiado según la época y cultura.

Entonces, ¿qué prohíbe realmente “Dios” en este versículo? En realidad, no prohíbe la ropa, sino la transgresión de roles sociales rígidos. Lo que este supuesto mandato divino revela es miedo a la ambigüedad, obsesión por el orden social, y necesidad de controlar el cuerpo y la expresión individual. Y que el texto califique esto como una “abominación”, dice más sobre la mentalidad tribal del antiguo Israel, que sobre una supuesta moral universal.

Pero vemos qué dice “Dios” —usando la pluma de Pablo— sobre cómo deben vestir las mujeres. Sí, para ellas hay una regulación especial. Adivinaron: la Biblia fue escrita por hombres… y también obsesionados por la “modestia” femenina:

que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia…” (1 Timoteo 2:9).

Un pasaje que es clásico ejemplo del control religioso del cuerpo femenino. Pero, cuando una cultura insiste obsesivamente en la modestia femenina, no es que esté protegiendo a la mujer; está revelando su incapacidad para controlar el deseo masculino.

El mensaje implícito es claro: si un hombre tiene deseos, la culpa es de la ropa de la mujer, porque el cuerpo femenino es peligroso. Por tanto, la mujer debe vigilarse a sí misma para no “provocar” —no es el hombre quien debe controlar sus instintos. Como vemos, este texto “curiosamente” no exige lo mismo a los hombres; no habla de autocontrol masculino, y no cuestiona el deseo, sino el cuerpo deseado. Esto, desde la antropología, es un patrón clásico de sociedades patriarcales: culpabilizar al objeto, no al sujeto.

Y tenemos además el gusto peculiar de Diosito por las telas que debes usar:

No te pondrás vestidos con mezcla de hilos” (Levítico 19:19); “No vestirás ropa de lana y lino juntamente” (Deuteronomio 22:11).

¿Algún cristiano cumple con este mandato divino? —Entramos aquí en el terreno del absurdo ceremonial, tomando en consideración que estas prohibiciones no tienen base biológica, base higiénica, base moral, ni base funcional. Son solamente tabúes rituales, típicos de sociedades antiguas obsesionadas con “la pureza” simbólica. Para ellos, mezclar fibras era “impuro”, no porque hiciera daño, sino porque rompía un orden imaginario.

Nuevamente, estas normas cumplen antropológicamente una función clara: reforzar la identidad grupal, diferenciar “nosotros” de “ellos”, y mantener obediencia a través de reglas arbitrarias. Pues nada crea sumisión más eficaz que prohibiciones sin sentido racional.

En otras palabras, el patrón general es ropa, religión y control. Y si unimos todos estos pasajes, el mensaje bíblico sobre la vestimenta es coherente, aunque profundamente problemático:

1. La desnudez es vergonzosa.

2. El cuerpo es sospechoso.

3. La ropa debe marcar jerarquías.

4. La mujer debe ocultarse.

5. La diferencia de género es sagrada.

6. La obediencia importa más que el sentido común.

O sea, para la Biblia la vestimenta deja de ser una forma de protección, adaptación o expresión cultural, para convertirse en un símbolo de culpa, instrumento de control social, y marcador de sumisión religiosa. Dichosamente, no vemos a nuestro alrededor a muchos cristianos cumpliendo devota y rigurosamente estos “mandatos divinos”, y mucho menos a los fabricantes y comerciantes de telas y de la industria de la moda adaptándose a esos estándares, lo cual nos demuestra lo selectivos que son los creyentes en el cumplimiento de las órdenes de su “Dios”.

Por supuesto, desde una visión antropológica la obsesión bíblica con la ropa no tiene nada que ver con la moralidad, y mucho menos con la biología. Tiene que ver con el poder. La Biblia no explica por qué nos vestimos; justifica por qué debemos obedecer. No habla del cuerpo humano tal como es, sino del cuerpo humano tal como debe ser controlado. Y quizá la mayor ironía es esta: un “Dios” que crea al ser humano desnudo, pero luego se escandaliza de su propia creación.

[Godless Freeman]

[Crédito de imagen: JesusFLix]

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