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lunes, 23 de febrero de 2026

 


EL GOBIERNO VA A DESCLASIFICAR LO QUE SUCEDIÓ EN EL 23M. A PARTIR DEL MIERCOLES SE PODRÁ EMPEZAR A SABER LO QUE SUCEDIÓ DE VERDAD CON AQUEL GOLPE DE ESTADO CONTRA LA DEMOCRACIA. YO HOY OS CONTARÉ LO QUE YO Y MIS COMPAÑEROS DE LA COORDINADORA EUROPEA DE EMIHGRANTES ESPAÑOLES HICIMOS.

Vicente Ballester Gil.

HOY HACE YA 45 AÑOS QUE QUISIERON VOLVERNOS A LOS NEGROS TIEMPOS DE LA DICTADURA. 44 AÑOS DESPUES, TRUMP Y SUS ACÓLITOS LO ESTÁN VOLVIENDO A CONSEGUIR. ¡PLANTÉMOLES CARA!

Vicente Ballester Gil.

Momentos de una vida: ¡Al suelo, coño!

¡Al suelo, todos, al suelo...gilipollas!

Aquel 23 de febrero de 1981 me encontraba en Madrid como miembro de una delegación de la Coordinadora Europea de Asociaciones Españolas. Estuvimos toda la mañana reuniéndonos con los partidos políticos, sindicatos y diversas administraciones para exponerles los problemas de los emigrantes españoles en Europa, pero, sobre todo, para pedirles su apoyo para poder celebrar el I Congreso de Asociaciones de Emigrantes Españoles en Europa. Yo, además, estaba recabando apoyos para poder celebrar en Madrid un encuentro de jóvenes emigrantes españoles.

La Coordinadora representaba a unas 450 asociaciones de emigrantes españoles de toda clase y condición, desde asociaciones de padres o alumnos, hasta clubes de fútbol, juveniles, de mujeres y centros españoles de 8 países europeos. Su órgano de dirección lo componían representantes de los 8 países, elegidos en sus asambleas nacionales. Gran parte de sus miembros eran militantes del PCE o CC.OO.

Habíamos pasado la mañana reuniéndonos con el PSOE, UGT, Tierno Galván y UCD, y por la tarde teníamos una reunión con los senadores, CC.OO., PCE y AP. En ninguna de las reuniones habíamos sacado nada en claro, excepto con la que tuvimos con el alcalde de Madrid.

A esta reunión solo asistimos Ramón y un servidor. Yo me llevé una grata impresión de Tierno Galván. Al "Viejo Profesor" se le notaba que estaba acostumbrado a tratar con gente joven, y después de exponerle el proyecto para celebrar un encuentro de jóvenes emigrantes españoles en Madrid, el alcalde mostró gran interés en que se celebrase, pidiéndole a su secretario que tomase buena nota y mantuviese contacto conmigo para solucionar cualquier problema. "Menos mal" pensaba yo al terminar la reunión, "menos mal que alguien de la administración tiene en cuenta a los emigrantes y apoya sus proyectos".

Por la tarde, cuatro o cinco delegados llegamos al Senado para tratar con los senadores los problemas de los emigrantes. Pasaban unos minutos de las 6 de la tarde cuando llegó el compañero de Inglaterra, con la cara desencajada, diciéndonos muy exaltado que en la radio del taxi que lo traía al Senado habían dicho que el ejército había entrado en el hemiciclo del Parlamento, que en ese momento estaba reunido en pleno para investir a Calvo Sotelo como presidente del Gobierno.

Todos se lo tomaron a broma, dado que era muy bromista. En ese momento nos invitaron a pasar a la reunión con el senador encargado de la emigración y dos o tres senadores más. Apenas llevábamos un par de minutos de reunión, cuando dos senadores del PSOE entraron en el salón con las caras destempladas, y nos dijeron que tenían que anular la reunión porque la guardia civil había tomado el Parlamento.

Salimos del Senado en dirección al hotel intentando asimilar la noticia. El desconcierto era unánime. Yo, que, junto con otro compañero de Holanda, no pertenecíamos a ningún partido, estaba tan indignado y tan fuera de mí, que todo el trayecto hasta el hotel lo pasé recriminando a mis compañeros la falta de visión política y las luchas con otros partidos de izquierda, por conseguir la hegemonía política, mientras la derecha, los de siempre, jamás se desunirían en lo básico y aprovecharían cualquier ocasión, fuera con los métodos que fueran, para perpetuar su poder.

El trayecto hasta el hotel lo hicimos a pie. Madrid estaba con la normalidad de siempre, no parecía que hubiese sucedido nada especial. El tráfico como siempre en hora punta. Nada reflejaba que la Guardia Civil o el Ejercito hubiese secuestrado al Gobierno y a los representantes del Pueblo. Todo era normal, todo menos las caras de los compañeros. Sus caras reflejaban una mezcla de incredulidad, rabia, estupor y miedo. Incluso alguno miraba a su alrededor buscando a algún exaltado que se abalanzase sobre ellos. El único que no dejaba de hablar era yo, maldiciendo una y mil veces la ceguera de los partidos y sindicatos, al enzarzarse en luchas entre sí, y no darse cuenta de que el franquismo estaba tan vivo y presente. Esa lucha entre trabajadores y emigrantes, que solo conseguían odio entre iguales; y ahora, de golpe y porrazo, unos militares, hijos del franquismo, se aprovechaban de esa desunión y esas guerras políticas, metiéndonos a todos en el mismo saco y amenazaban con volvernos a la dictadura. "Burros, burros", no dejaba de murmurar. Los demás, incluso Punter, el compañero de Holanda, que solo asentía con la cabeza, callaba.

Al llegar al hotel si notamos que algo había pasado. En el hotel se hospedaban muchos hombres de negocios suramericanos y se les notaba más alegres de lo normal. Al personal del hotel si se le notaba mucho más preocupados. La televisión solo ponía música militar, pero ni media palabra sobre lo ocurrido. El grupo decidió reunirse en el restaurante, que a esa hora estaría vacío, después de dejar sus cosas en las habitaciones y haberse refrescado algo, para decidir qué hacer después de haberse informado.

Al salir de mi habitación para ir al restaurante, escuché una radio que una mujer de la limpieza llevaba en el bolsillo de su delantal. Aquel transistor estaba radiando lo que estaba sucediendo en el Parlamento en esos momentos. Le pedí a la mujer si me podía prestar el transistor por unas horas, y la señora me lo prestó con una sonrisa, sin querer aceptar el dinero que quería darle.

Yo no sabía cómo era posible que la Cadena Ser pudiera estar radiando minuto a minuto lo que había sucedido en el hemiciclo, pero al fin pudimos enterarnos de lo ocurrido.

En el restaurante el grupo decidió que cada uno procurase llamar a sus amigos o familiares en España, para conocer la situación en otras provincias. También decidieron ponerse en contacto con sus Asociaciones en Europa para que se presentasen en los Consulados, Embajadas, Casas de España u otros organismos para, o bien apoyarles en la defensa de la democracia, o bien ocuparlas si el golpe de estado tenía éxito. Acordamos también hacer un llamamiento a través de nuestras organizaciones en Europa, para que los emigrantes españoles se posicionaran contra el golpe. Asimismo, acordamos contactar con partidos políticos europeos, asociaciones, periodistas extranjeros que conociéramos y todo aquel que pudiese apoyar a la democracia española.

Cada uno marchó a intentar comunicarse con quien pudiera, quedando en volverse a reunir en una hora en el restaurante. No era fácil contactar con nadie por teléfono. Las líneas estaban sobrecargadas. Yo pude contactar con mi mujer, para decirle que me tendría que quedar unos días más en Madrid por que no habíamos terminado el trabajo. (Yo quería tranquilizar a mi mujer, que estaba embarazada de 6 meses). "No mientas, Vicente, sabemos lo que ha pasado", contestó mi mujer. "Meli, me tengo que quedar aquí, ¿lo entiendes, ¿verdad? "Sí, lo entiendo. Ten mucho cuidado".

También logré comunicarme con mi amigo, Toni, en Valencia. El jarro de agua fría fue tremendo: Valencia estaba bajo el toque de queda militar y los tanques ocupaban las calles. Aquello fue un golpe tremendo. No era algo aislado, era un levantamiento militar en toda regla. Logré comunicarme con Thomas, un periodista de la televisión alemana, muy amigo mío. Éste estaba al tanto y se había puesto en contacto con algunas asociaciones españolas en Frankfurt. No pudieron hablar más y ya no pude contactar con nadie más.

De vuelta al restaurante, cada uno informó de lo qué sabía. Nos dimos cuenta de que la cosa iba muy en serio. Redactarnos un comunicado de la Coordinadora para mandarlo a todos los medios de información, españoles o europeos, en donde, entre otras cosas, pedíamos a nuestras asociaciones y a todos los demócratas emigrantes que tomasen las embajadas, consulados, casas de España, etc.

En aquel momento tan incierto, hubo un momento muy emotivo que no olvidaría en mi vida. Un camarero del restaurante, un chico de poco más de 20 años y que seguramente había escuchado algo de la conversación, se nos acercó, y con voz muy bajita nos ofreció su casa en Vallecas, por si no nos fiábamos de quedarnos en el hotel. "No hay demasiado espacio, pero es segura", dijo. "Gracias por el ofrecimiento, pero nos quedamos", le respondimos, "pero gracias, de todas maneras".

En mitad de la cena, que todos tragaban con desgana, un ruido de cadenas en la calle nos hizo levantarse asustados y salir a ver qué pasaba, "Ya están aquí los tanques", pensaron todos. Pero, no, no eran los tanques. La paranoia nos había hecho creer que el ruido que producía un camión de la basura que vaciaba los contenedores, eran tanques. Volvimos a la mesa aliviados, pero con una cara de idiotas de aquí te espero, al comprobar que el miedo nos hacía efecto.

Yo estaba muy inquieto, quería saber más de lo que estaba pasando en el Congreso. Tomé una decisión, y sin decirle nada a nadie, salí del hotel para dirigirme al Parlamento. Necesitaba ver y comprobar in situ qué estaba sucediendo. Tomé el metro en San Bernardo con la intención de bajar en Sol y acercarme lo más posible a las puertas del Congreso. No pude hacerlo porque la estación estaba bloqueada por la policía, que no permitía a nadie que se apease, y tuve que apearme en Atocha y desandar el camino hasta los alrededores del Parlamento. No pude pasar de la fuente de Neptuno, porque un cordón policial impedía que se acercara nadie a las puertas del Congreso de los Diputados. Pude observar como un grupo bastante numeroso de fascistas increpaban a las muchas personas que se estaban concentrando allí, mientras gritaban, "¡Tejero, mátalos, Tejero, ¡mátalos!", sin que la policía hiciese nada.

Decidí volver al hotel a pie. Las calles de Madrid estaban desiertas. Ni coches circulando por las siempre concurridas calles, ni peatones andando por las aceras, ni personas en bares o restaurantes, la mayoría cerrados. Las ventanas de los edificios con las cortinas o las persianas echadas, como si de una ciudad fantasma se tratara. Ni siquiera me crucé con un solo taxi que circulase por las solitarias calles. Solo el alumbrado y algunos, pocos, anuncios luminosos delataban que Madrid existía. Ya estaba llegando al hotel cuando a la altura de Alberto Aguilera escuché el ruido de un motor que se acercaba. Era una furgoneta de "El País" que iba a repartir la primera edición del periódico. Le hice señas al conductor y éste tuvo la amabilidad de parar. Yo quería saber si el conductor tenía alguna noticia nueva, éste me dijo que estaba repartiendo los periódicos a los quioscos que estuviesen abiertos y me dio uno a mí, sin querer aceptar ningún dinero.

Era solo la portada y contra portada de "El País". El resto de el periódico era el suplemento deportivo de los lunes. En la portada había una foto del Congreso de los Diputados, una breve descripción de lo que había sucedido y un apartado en donde se decía, "¡Viva la Constitución!". Yo no cabía en mí de gozo; por lo menos la prensa estaba allí y plantaba cara. Aceleré el paso para mostrarles lo antes posible el periódico a mis compañeros.

Hacia la una de la madrugada llegué al hotel, donde mis compañeros me dieron una bronca fenomenal por el susto que les había dado al no saber nada de mí. Entramos en el bar del hotel para tomar un café, casi en el mismo momento que el Rey comenzaba su tardío mensaje a la Nación. Cuando terminó de hablar el Rey, yo, sin poderme contener, grité, "¡Viva la Democracia!", y los muchos huéspedes del hotel se me quedaron mirando con cara de pocos amigos, lo que motivó que los compañeros se me llevasen de allí para evitar enfrentamientos violentos, sin que yo dejase de gritar con todo mi vozarrón el, ¡viva la Democracia!, por todo el hotel hasta llegar a la habitación.

La noche la pasamos en la habitación de Ramón y mía, convertida en una especie de puesto de mando, preparando comunicados, intentando comunicarse con los diferentes países para organizar las ocupaciones de los consulados y casas de España, las manifestaciones que se estaban programando y las acciones que habría que hacer si el golpe de Estado tenía éxito. Y siempre con el oído apegado al transistor de radio.

Bien temprano, decidieron ir todos al Congreso de los Diputados para apoyar en lo que hiciera falta.

Marchamos a pie y pude comprobar la gran diferencia con la noche anterior. Coches circulando había pocos, pero si había una gran cantidad de personas que como nosotros iban en la misma dirección, hacia el Congreso. No pudimos ir por la Carretera de S. Jerónimo y acercarse al Parlamento, así que decidimos instalarnos en un repecho del Paseo del Prado, junto a la Fuente de Neptuno, de donde podíamos ver perfectamente la Puerta de los Leones. Había un enorme dispositivo policial y militar, que impedía a los miles de personas que allí se encontraban acercarse al Parlamento. La gente allí congregada estaba en una espera tensa con los oídos apegados a los transistores. Desde el Museo del Prado salían esporádicamente grupos de ultras que intentaban agredir a los manifestantes, con la intención de violentar el ambiente y que hubiese una represión. La policía a caballo cargó contra los ultras y fue la primera vez que aplaudí por primera vez en mi vida a la fuerza pública. Poco a poco, y mientras escuchaban a través de la radio lo que estaba sucediendo dentro del hemiciclo, veíamos como los guardias civiles saltaban por las ventanas del Congreso, dejando solo a Tejero.

Cuando por fin vimos como salían los parlamentarios del Congreso, un clamor inundó la plaza y los cantos y vivas a la democracia salieron de aquellas gargantas, que por fin volvían a poder tragar saliva.

Pletóricos y sonrientes volvimos al hotel. A pesar de la alegría que sentía yo, no me cansé de repetirles a mis compañeros, "¿y ahora, ¿qué, vais a seguir como antes, peleándoos entre vosotros?".

La respuesta vendría poco después, aunque esto es cuestión de explicarlo en otro capítulo.

Vicente Ballester Gil.

(ESPERO QUE AHORA QUE POEMOS SABER LA VERDAD, ACTUEMOS EN CONSECUENCIA Y UNAMOS NUESTRA DEMOCRATICAS FUERZAS)



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