El malteísmo: ¿Por qué “Dios” tiene que ser bueno para poder existir?
La historia del pensamiento humano está lejos de ser un duelo simplista entre creyentes y ateos. En ese espectro de posturas surge una idea embarazosa, casi provocadora: el malteísmo (o disteísmo). Una corriente que no niega la existencia de “Dios”, sino que cuestiona algo mucho más profundo y, para muchos, más perturbador: la supuesta bondad de ese “Dios”. En otras palabras, el malteísta no dice “Dios no existe”, sino que, “si acaso existe, no merece ser amado ni obedecido”.
Surge entonces una pregunta que rara vez se formula con honestidad: ¿Por qué damos por sentado que un hipotético Ser Supremo creador del universo, tiene que ser moralmente bueno? Esa suposición parece más un deseo humano que una conclusión lógica. Es, en el fondo, un acto de fe dentro de la propia fe.
El malteísmo encuentra uno de sus pilares en la antigua paradoja atribuida a Epicuro:
«¿Es que Dios quiere prevenir el mal, pero no es capaz? Entonces no es omnipotente.
¿Es capaz, pero no desea hacerlo? Entonces es malévolo.
¿Es capaz y desea hacerlo? ¿De dónde surge entonces el mal?
¿Es que no es capaz ni desea hacerlo? Entonces, ¿por qué llamarlo Dios?»
Si nos fijamos bien, este razonamiento no sólo desafía la existencia de “Dios”, sino que abre una posibilidad incómoda: quizá el problema no es que “Dios” no exista, sino que no es como nos gustaría que fuera. ¿Por qué “Dios” tiene que ser bueno para poder existir? A fin de cuentas, si existiera una divinidad trascendente incluso a nuestra capacidad de conocerlo, no podemos asegurar que una de sus características definitorias sea ser bueno.
Por otra parte, ese dios adorado por las tres grandes religiones monoteístas, el dios de Abraham, definitivamente no parece ser bueno. Si dejamos de lado las idealizaciones teológicas y observamos el texto bíblico sin filtros devocionales, la imagen de “Dios” que allí emerge, dista mucho de la de un ser benevolente. En múltiples pasajes (Éxodo 4:14; Números 11:1, 10, 33; 12:9), se muestra como una entidad irritable, explosiva y desproporcionada en su reacción. No se trata de un ser que practica una justicia serena, sino alguien que sufre de arrebatos emocionales que recuerdan más a un tirano que a un ser moralmente perfecto.
Y si nos fijamos en Números 31:1-2, “Dios” ordena actos de venganza colectiva, donde no hay rastro de perdón ni de compasión. Sólo hay castigo, exterminio y lógica tribal. ¿Es esto compatible con la idea de un ser moralmente superior?
Por otra parte, en Levítico 19:14, 19:32 y Deuteronomio 6:13, queda claro que “Dios” no sólo se siente bien que sus adoradores experimenten temor hacia él, sino que hasta lo exige. No pide comprensión ni empatía, sino una reverencia basada en el miedo. Y esto se parece más a la dinámica de poder de un déspota, que a una relación ética con un ser digno de admiración.
Pero más allá de los supuestos textos “sagrados”, hay un argumento aún más contundente: la realidad. El sufrimiento humano —guerras, enfermedades, injusticias, desastres— sigue existiendo sin interrupción. Y si “Dios” existe y tiene poder para intervenir, pero no lo hace, conforme al razonamiento de Epicuro hay entonces dos opciones:
1. No quiere hacerlo, lo que sugiere indiferencia o crueldad.
2. No puede hacerlo, lo que niega su omnipotencia.
El malteísmo toma esta observación y la lleva a su conclusión lógica: la inacción divina no es un misterio, es un indicio de carácter. Pero además el malteísmo propone una idea radical: ¿Y si “Dios” es indigno de adoración? Después de todo, la adoración no debería ser automática, sino merecida. ¿Por qué tendríamos que venerar a un ser que castiga colectivamente, que exige sumisión mediante el miedo, y que permanece pasivo ante el sufrimiento?
Hay malteístas que incluso plantean que la “existencia” de “Dios” depende más bien de la creencia humana, por lo que dejar de adorarlo sería una forma de liberarse de él. Es una idea que, aunque especulativa, revela algo interesante: la religión podría sostener aquello mismo que dice obedecer.
Entre el malteísmo, el gnosticismo y el escepticismo
No es casual que el malteísmo nos recuerde a ciertas corrientes gnósticas, donde el creador del mundo material (el Demiurgo) es visto como un ser imperfecto o incluso maligno. En ambos casos, la conclusión es similar: no todo lo que se llama “Dios” merece ese título en un sentido moral.
Sin embargo, desde una perspectiva atea más estricta, cabe una crítica adicional: atribuir maldad a “Dios” podría ser tan infundado como atribuirle bondad, dado que no hay evidencia de su existencia. Por tanto, calificar a un ser inexistente —sea positiva o negativamente—sería simplemente un juego semántico.
Conclusión: desmontando una suposición cómoda
Lo que sí nos parece importante es que el malteísmo cumple una función filosófica valiosa: rompe una suposición profundamente arraigada: que cualquier concepto de “Dios” tiene que referirse, como condición sine qua non, a un dios bueno. Y esto nos obliga a enfrentar una pregunta incómoda pero necesaria: Si “Dios” existiera, ¿por qué tendría que ser bueno?
Después de todo, tal vez la idea de un “Dios” bondadoso no sea una verdad descubierta, sino una necesidad psicológica: la de creer que el universo tiene un sentido moral y que alguien, en última instancia, “está de nuestro lado”. El problema es que, cuando se examinan los textos y la realidad sin filtros, esa imagen se desmorona. Y entonces quedan sólo tres opciones:
1. Dios no existe.
2. Existe, pero no es como lo pintan.
3. Existe, pero no se merece adoración.
Y el malteísmo se instala precisamente en la tercera posibilidad, desafiando no sólo la fe, sino también la comodidad intelectual de quienes nunca se han atrevido a cuestionar la bondad de su propio “Dios”.
[Godless Freeman]
No hay comentarios:
Publicar un comentario