A mi página suelen llegar "forasteros" religiosos con un fanatismo evidente, pero que, como es típico, resultan ser personas iletradas en el área bíblica. Es comprensible que nadie pueda dominar todas las materias —sea física, biología o historia general—, pero si alguien se define como religioso, es imperativo que conozca su propia área. Resulta patético e incoherente que un investigador crítico conozca mejor los textos sagrados que aquel que dice seguirlos.
Muchos de estos visitantes cometen el error de confundirme con un "ateo digital" que solo utiliza la filosofía para criticar superficialmente. Mi labor, por el contrario, nace del estudio profundo del judaísmo del Segundo Templo, de los textos de Qumrán y del análisis diacrónico de la teología del antiguo Israel. Al dominar el método histórico-crítico, el método comparado y la filología del hebreo masorético (nūsaḥ ham-māṣōrēt / נוסח המסורה) y el griego (koiné / κοινή), la refutación teológica se vuelve imposible para el iletrado.
Debemos entender que la Biblia no es una irrupción divina en la historia; son escritos humanos arcaicos, proyectados y sistematizados a lo largo de los siglos bajo el rótulo de "palabra divina". Son ideas tan humanas como las de Marx, Saramago o Galeano. La creencia de que una deidad descendió para entregar leyes a Moisés no es más que un relato teológico-literario.
Desde mi análisis comparado, es evidente que el mito del Sinaí es una adaptación de modelos previos, como el Código de Hammurabi, donde el dios Shamash entrega las leyes al monarca. No hubo una entrega metafísica, sino una evolución de ideas humanas que hoy, por falta de estudio, el fanático confunde con una revelación absoluta. Mi trabajo no es simplemente criticar, es aplicar la autopsia histórica a un texto que, por siglos, ha sido protegido por la ignorancia de su propia feligresía.
Para comprender la evolución del pensamiento bíblico, se debe aplicar una autopsia filológica a sus términos fundamentales desde el método histórico-crítico, libre de dogmas. El concepto de "Hijo del Hombre", en su raíz semítica, es Ben Adán (Ben ‘Adam / בן־אדם); una expresión que en el Antiguo Israel denotaba simplemente la condición humana, finita y terrenal. Sin embargo, en el tránsito hacia el griego neotestamentario, este se traduce como Huios tou Anthrōpou (Huios tou Anthrōpou / υἱός τοῦ ἀνθρώπου), adquiriendo una carga mítica de "humano-divino" o Theos-anēr (Theos-anēr / θεός-ἀνήר) que el texto hebreo jamás pretendió.
Esta transformación se agudiza en la teología soteriológica paulina. Pablo de Tarso rompe con la escatología judía —que buscaba una liberación política y física en la tierra— para introducir la Sōtēria tēs psychēs (Sōtēria tēs psychēs / σωτηρία τῆς ψυχῆς), es decir, la "salvación del alma", y la promesa de la Zōē aiōnios (Zōē aiōnios / ζωὴ αἰώνιος) o "vida eterna". Este enfoque es puramente helenístico y dualista, ajeno a la Yeshu‘ah (Yeshu‘ah / יְשׁוּעָה) del hebreo masorético, que se refiere a una salvación tangible, una victoria nacional o un rescate terrenal en el "aquí y ahora".
La ruptura definitiva se observa en la construcción del Logos (Logos / λόγος) joánico. Mientras que el pensamiento hebreo operaba bajo la tríada de la Jojmá (Jojmá / חָכְמָה) o sabiduría, la Biná (Biná / בִּינָה) o entendimiento, y el Dabar (Dabar / דָּבָר) como la palabra creativa y dinámica; el cuarto evangelio secuestra estos conceptos para helenizarlos.
El Logos de Juan no es el Dabar hebreo; es un concepto filosófico griego personificado, una entidad metafísica que preexiste y se encarna, algo que resulta incompatible con la ontología monoteísta del Israel antiguo. Lo que los fanáticos defienden como una unidad doctrinal es, en realidad, un desplazamiento lingüístico donde la sabiduría hebrea fue sustituida por el idealismo platónico. Aquellos que no dominan estas lenguas están condenados a adorar una traducción, no una realidad histórica.
De esta forma, se puede entender a profundidad cómo ha sido la evolución, transformación e hibridación del contenido paulino, el cual se alejó de cualquier secta apocalíptica judía original. Solo estudiando con esta precisión y profundidad se puede saber realmente qué dice el texto. Mi labor es estudiar los textos que sí existen y educar a las personas (las que quieran escuchar)
Entiendo estos escritos a profundidad en sus idiomas originales, hebreo y griego; por ello, sé perfectamente qué estoy diciendo. Al analizar el paso del Ben Adán (Ben ‘Adam / בן־אדם) al Huios tou Anthrōpou (υἱός τοῦ ἀνθρώπου), queda en evidencia la construcción de un Theos-anēr (θεός-ανήר) humano-divino que es ajeno a la antropología semítica.
Asimismo, la sustitución de la Yeshu‘ah (Yeshu‘ah / יְשׁוּעָה) masorética —una salvación terrenal y física— por la Sōtēria tēs psychēs (σωτηρία τῆς ψυχῆς) paulina —una salvación metafísica del alma—, demuestra que el cristianismo no es una evolución del judaísmo, sino una transmutación helenística. Lo mismo ocurre al contrastar el Dabar (דָּבָר) hebreo con el Logos (λόγος) joánico: pasamos de la "palabra en acción" a una entidad platónica personificada. Quien no conoce estas raíces, simplemente está repitiendo un adoctrinamiento sistematizado a través de los siglos.
-- Osmin Zaldaña profesor en ciencias bíblicas
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