¿Sabías que en la Biblia hay un hombre que fue destruido… por algo que DIOS ya sabía que iba a pasar?
La historia de Job no es un ejemplo de fe.
Es un ejemplo incómodo de lo que pasa cuando se lleva la idea de un DIOS omnisciente hasta sus últimas consecuencias.
Job era “perfecto”: fiel, justo, intachable.
Y según el propio relato, DIOS sabía exactamente quién era Job. No había duda. No había incertidumbre.
Entonces aparece el punto perturbador:
DIOS permite que SATANÁS le quite todo.
Sus hijos mueren.
Pierde su riqueza.
Su salud se destruye.
Termina sufriendo en el suelo, cubierto de dolor.
¿Para qué?
Para “probar” algo…
que un DIOS omnisciente ya sabía.
Ese es el problema que muchos evitan:
Si DIOS lo sabe todo, entonces no necesitaba ninguna prueba.
No necesitaba sufrimiento.
No necesitaba destruir a nadie.
Pero lo hizo.
Y no por ignorancia.
No por error.
Sino con pleno conocimiento de lo que iba a pasar.
Eso no es una prueba.
Es una ejecución innecesaria del sufrimiento.
Y lo más inquietante llega al final…
DIOS “recompensa” a Job dándole nuevos hijos, nuevas riquezas…
como si las vidas perdidas fueran reemplazables.
Como si el dolor fuera intercambiable.
Entonces la pregunta no es si Job fue fiel.
La verdadera pregunta es:
¿Qué clase de ser, sabiendo todo de antemano, decide permitir ese nivel de sufrimiento solo para demostrar un punto?
Porque si eso es justicia…
la definición de justicia está profundamente rota.
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