Buscar este blog

lunes, 20 de julio de 2026

 


Noventa años después

Hace noventa años no comenzó únicamente una guerra. Comenzó también un largo silencio. Un silencio que todavía hoy sigue respirando bajo la tierra de las fosas comunes y en la memoria de miles de familias que jamás pudieron cerrar sus heridas.

Mi abuelo, Álvaro Ordiz Sánchez, fue uno de aquellos hombres.

Fue encarcelado. Fue fusilado el 28 de julio de 1938. Y después fue arrojado a la fosa común del cementerio de San Salvador, en Oviedo, como si una vida pudiera borrarse con un puñado de tierra.

La fotografía que acompaña estas palabras es el documento que certifica su ejecución. Me estremece la frialdad con la que una máquina de escribir fue capaz de resumir el final de un ser humano. Una hora. Un trámite. Una firma. Un nombre escrito a mano. Nada más.

Pero detrás de esa tinta había una esposa esperando.

Mi abuela murió sin saber qué había sido de su marido. Nunca pudo abrazar un cuerpo. Nunca pudo llevar una flor a una tumba. Nunca tuvo la certeza de que había sido asesinado y yacía en aquella fosa común del cementerio de San Salvador. Vivió esperando una respuesta que jamás llegó.

Pienso muchas veces en ella.

Pienso en todas las noches en las que debió de mirar la puerta creyendo escuchar unos pasos que nunca regresaron. Pienso en la crueldad de una dictadura que no solo arrebató vidas, sino también el derecho de las familias a conocer la verdad.

Hoy ya sé dónde descansa mi abuelo.

Sé que continúa en la misma fosa común donde fue arrojado después del fusilamiento. Lo que aún permanece pendiente no es encontrarlo, sino hacer justicia a su memoria. No lo digo movido por el rencor. El rencor solo prolonga el dolor. Lo digo porque nadie debería permanecer en el olvido bajo una tumba sin nombre.

Hay quien dice que remover el pasado abre heridas.

Yo pienso justamente lo contrario.

Las heridas nunca se cerraron. Permanecen abiertas mientras existan hijos, nietos y bisnietos que contemplan cómo sus seres queridos continúan en una fosa común o en una cuneta sin que la historia les haya devuelto plenamente la dignidad que les fue arrebatada.

La memoria no es venganza.

La memoria es justicia.

Es devolver un nombre a quien quisieron convertir en un número.

Es romper el silencio que otros impusieron con el miedo.

Es impedir que el tiempo termine de asesinar a quienes ya fueron asesinados una vez.

Noventa años después del levantamiento militar contra la República, sigo creyendo que un país solo puede caminar con dignidad cuando es capaz de mirar de frente su propia historia, sin odio, pero también sin amnesia.

Porque mientras mi abuelo Álvaro Ordiz Sánchez continúe en la fosa común del cementerio de San Salvador, la historia de este país seguirá teniendo una deuda pendiente.

Y mientras yo tenga voz, seguiré pronunciando su nombre.

Para que nunca vuelva a ser solo una firma perdida entre papeles amarillentos.

Para que vuelva a ser lo que siempre fue.

Un hombre. Un esposo. Un padre.

Mi abuelo.

©️ Nicanor García Ordiz


No hay comentarios:

Publicar un comentario