“Una de las grandes tragedias de la humanidad es que la moralidad ha sido secuestrada por la religión. Esto no es un llamado a las armas, sino un llamado a la conciencia: una invitación a recuperar un derecho de nacimiento que hemos entregado con demasiada facilidad.
Hemos sido condicionados a una narrativa que plantea la virtud como derivada de la doctrina y la conducta ética como una concesión de lo divino. Sin embargo, un examen más profundo y riguroso de nuestra historia revela un origen mucho más antiguo e innato. Antes de la construcción de templos, de la inscripción de escrituras o de la invocación de dioses por su nombre, los fundamentos de la moral ya estaban siendo establecidos en la propia trama de nuestro ser.
Este cimiento de la ética no está inscrito en pergamino sagrado, sino en nuestra biología: se manifiesta en el gesto empático de dolor ante el sufrimiento ajeno, en el espíritu colaborativo que nos permite construir sociedades y reparar rupturas, en el amor profundo y desinteresado que impulsa a un padre o a una madre a proteger a sus crías. Estas no son órdenes celestiales; son imperativos terrestres, afinados durante milenios por los mecanismos inexorables y elegantes de la selección evolutiva. Somos criaturas morales no por mandato divino, sino por necesidad social, unidos por la lógica inmutable de un destino compartido.
Esta arquitectura moral innata surgió de las realidades pragmáticas de nuestro pasado profundo. Nuestros ancestros descubrieron que principios como la reciprocidad, la equidad y el altruismo no eran virtudes abstractas, sino estrategias esenciales de supervivencia. Una comunidad que cuidaba a sus miembros más vulnerables, honraba sus acuerdos y mediaba sus conflictos era una comunidad que prosperaba. Ese ethos pre-religioso y empírico es el sustrato fundamental de la ética humana. La religión no inventó este sistema; llegó después para formalizarlo, narrativizarlo y, en última instancia, apropiarse de estos principios evolucionados, presentándolos como revelaciones trascendentes. En un acto magistral de apropiación cultural, se atribuyó un monopolio sobre la virtud, persuadiendo a la humanidad de que nuestras intuiciones éticas más profundas no eran nuestras, sino que dependían de una autoridad superior.
Esto nos conduce a la distinción crucial del filósofo Daniel Dennett: muchas personas operan desde una “creencia en la creencia”. Creen que creer en Dios es lo que les otorga a ellos —y a la sociedad— moralidad. Esta convicción, sin embargo, se ve contundentemente contradicha por la realidad empírica. Como podría observar Dennett, si la religión fuera la única o la principal fuente de freno moral, esperaríamos que su ausencia se correlacionara fuertemente con la criminalidad. Sin embargo, a menudo ocurre lo contrario: nuestras cárceles no están desbordadas de ateos y agnósticos, sino que están pobladas de manera desproporcionada por personas que profesan creer en Dios. Esto sugiere que la moralidad genuina brota de un manantial distinto, más arraigado, que la adhesión teológica.
Por lo tanto, la religión no puede atribuirse haber inventado la misericordia, el coraje o la compasión. A veces los ha codificado; con frecuencia los ha dramatizado; y en ocasiones los ha restringido o distorsionado. Pero no los creó. Afirmar lo contrario implica una profunda degradación de la humanidad: sugiere que, en ausencia de la promesa del paraíso o de la amenaza de la perdición, caeríamos en una depravación básica. Sin embargo, la llama de la decencia se encendió mucho antes de que se alzara el primer altar.
Somos la descendencia de un cosmos vasto, antiguo e imparcial: un universo indiferente a los conceptos de pecado o salvación, pero gobernado por principios implacables de causa y efecto. Nuestra moralidad es una propiedad emergente natural de esta realidad: la comprensión de que nuestras acciones generan ondas en la red interconectada de la existencia humana, que la bondad cultiva resiliencia y que la confianza es el capital indispensable de una comunidad funcional.
Dejemos, entonces, de externalizar nuestra ética a textos antiguos y deidades lejanas. Volquemos la mirada, en cambio, hacia los demás: hacia el proyecto compartido y continuo de la humanidad, y hacia el mundo frágil y magnífico que habitamos en común. Nuestra brújula moral no es un préstamo del cielo que deba pagarse con piedad; es una herencia de la propia tierra: codificada en nuestros genes, validada por milenios y a la espera de nuestra elección consciente de sostenerla.
Esta es la base elegante y profunda de una moralidad madura: no requiere aval divino. Exige únicamente nuestra atención lúcida, nuestra empatía cultivada y nuestro compromiso valiente de actuar con justicia, no por una recompensa en un más allá hipotético, sino por un futuro mejor y más compasivo en el aquí y ahora innegable.”
(Arthur C. Clarke)