El apagón del NO-DO: así murió la voz oficial del franquismo
Un recorrido por el lento y silencioso final del
noticiario que marcó a varias generaciones de españoles
Suren Gasparyan
8-12-25
ElPlural
Antes de Netflix, antes de los tráilers y antes de que los
móviles iluminaran las butacas, hubo una voz que dominó los cines
españoles: la del NO-DO. Aquella narración
grave, casi ceremonial, se adelantaba siempre a la película que el
público había ido a ver, funcionando como un recordatorio
obligatorio de que, incluso en los momentos de ocio, el Estado era
quien tenía la primera y la última palabra. Su desaparición fue
más que el final de un noticiario obligatorio; fue el primer
silencio real de una España que empezaba a hablar con libertad, el
comienzo de un país que podía narrarse a sí mismo sin
intermediarios, sin catecismos audiovisuales, sin una voz oficial
dictando lo que debía sentir.
Para entender la dimensión de ese cambio, conviene recordar cómo
el NO-DO impregnó la vida cotidiana. Poco después de la Guerra
Civil, en 1942, el régimen franquista creó el Noticiario
y Documentales Cinematográficos con un objetivo
claro: controlar el relato y garantizar
que cualquier español, viviera donde viviera, recibiera una versión
única y disciplinada de la realidad nacional. El cine, que entonces
era un acto social multitudinario, se convirtió en un vehículo
perfecto para ese propósito. Antes de que empezara la función, la
pantalla devolvía al público un país cuidadosamente editado:
Franco inauguraba pantanos, España cosechaba éxitos deportivos, las
ciudades prosperaban, los campos florecían. Ningún espectador podía
escapar a ese mensaje, porque la ley obligaba a todos los cines a
proyectarlo.
A lo largo de décadas, millones de personas
interiorizaron aquel ritual sin cuestionarlo demasiado. El
NO-DO formaba parte del paisaje mental del país. Había quienes lo
veían como una molestia inevitable, quienes lo recibían con
indiferencia y quienes, especialmente en los años más duros de la
posguerra, lo consideraban una ventana al mundo moderno, aunque esa
ventana fuera estrecha y estuviera empañada por la propaganda. En
una España con escasa prensa independiente y sin televisión hasta
mediados de los cincuenta, aquellas imágenes tenían un peso
simbólico enorme: construían el imaginario colectivo, fijaban la
idea de progreso y proyectaban una normalidad que ocultaba,
deliberadamente, la falta de libertades.
Pero el NO-DO también creaba silencios.
Silencios sobre la represión, las huelgas, la miseria y el exilio.
Silencios sobre la oposición clandestina, sobre las críticas
internacionales, sobre cualquier episodio que pudiera cuestionar la
imagen de un país unido y en permanente avance. Ese
relato parcial moldeó generaciones enteras. Muchos
españoles crecieron creyendo que la voz del locutor era la voz de la
objetividad, sin saber que estaban escuchando una representación
cuidadosamente construida. La estética en blanco y negro reforzaba
la sensación de autoridad: sobria, incontestable, casi sagrada.
¿Eres capaz de descubrir la palabra de la
memoria escondida en el pasatiempo de hoy?
Cuando murió Franco en 1975, el NO-DO continuó
emitiéndose, pero ya se intuía su anacronismo. La
Transición abrió las puertas a un pluralismo que había permanecido
clausurado durante décadas. Las nuevas publicaciones, los debates
políticos, las primeras elecciones y el creciente protagonismo de la
televisión transformaron el paisaje informativo del país. De
repente, el NO-DO parecía un eco del pasado, una voz que ya no
encajaba en la España que estaba naciendo. Su obligatoriedad decayó
y, poco a poco, dejó de proyectarse, más por irrelevancia que por
prohibición.
El final del NO-DO, sin embargo, no fue un acto formal ni un
titular rotundo. No hubo un día exacto en el que alguien anunciara
solemnemente su desaparición. Fue un apagado lento,
discreto, casi silencioso, acorde con la naturaleza del propio
noticiario: un aparato que funcionaba por inercia y que dejó
de hacerlo cuando la sociedad dejó de necesitarlo. Con su retirada,
las salas de cine se transformaron. Donde antes había un discurso
unidireccional, apareció un espacio vacío. La película comenzó a
ser, por fin, el único protagonista de la pantalla. Ese silencio
previo, aparentemente trivial, simbolizaba un giro cultural profundo:
el Estado renunciaba a ocupar automáticamente el primer plano de la
vida social.
Ese vacío fue, en realidad, una forma de liberación.
España estaba aprendiendo a escucharse sin mediaciones oficiales.
Los nuevos medios dieron voz a debates hasta entonces impensables, y
la ciudadanía empezó a verse reflejada en informativos más
abiertos, más plurales, más imperfectos también, pero sobre todo
más reales. Frente a la épica monolítica del NO-DO, la Transición
trajo el ruido democrático: discrepancias, tensiones, opiniones
encontradas. Y en ese ruido emergió la posibilidad de la libertad.
Paradójicamente, hoy el NO-DO tiene una segunda vida en los
archivos digitalizados. Sus imágenes son objeto de
análisis histórico, de humor en redes sociales y de estudios sobre
la propaganda y la construcción de la memoria. Ver un
NO-DO en 2025 no produce obediencia, sino distancia crítica. Muchos
jóvenes se sorprenden de su tono grandilocuente, de sus silencios
selectivos, de su insistencia en inaugurar obras sin cesar. Esa
distancia permite comprender mejor el funcionamiento de un régimen
que pretendía controlar no solo la política, sino también la
estética, la narrativa y la emoción.
Hoy, las imágenes del NO-DO sobreviven como documento, como
advertencia y como espejo deformado de un país que ya no existe. El
día —o, mejor dicho, el proceso— en que el NO-DO dejó de sonar
marcó algo más que el fin de un noticiario: marcó el nacimiento de
un país capaz de narrarse en sus propios términos. Y en ese
silencio inicial, que abrió paso a todas las voces posibles, se
encuentra una de las victorias simbólicas más profundas de la
democracia española.