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lunes, 5 de enero de 2026

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La lección del miliciano

Autora : Montserrat Álvarez

Este viernes, Día de Reyes, pensemos en las palabras de un oscuro miliciano que, gracias a la curiosidad de un poeta bohemio metido a periodista, salió brevemente a la luz pública para darnos una lección a todos.

Era guapo, alto y bien plantado, de rectos hombros, aquel pobretón, que creció en un antro sin techo que la indigencia había forzado a sus padres a alquilar junto al cementerio de su León natal. Y quiso ser poeta: se marchó a Madrid y gastó sus escasas monedas en crearse una estampa de dandy. Dandy absurdo, de capa remendada –pero útil para envolverse al dormir a la intemperie en los bancos de la Castellana– y chambergo de segunda mano. Fue bautizado como José García, pero firmó como Mario Arnold, sus poemas y libros primero, sus artículos después. Durante la Guerra Civil se hizo cronista, y escribió desde el frente de batalla para El Heraldo y para El Liberal, entre otros medios de prensa, mientras defendía la República en las filas de la División de Líster. Exiliado después del fin de la contienda, moriría en Venezuela en fecha incierta (dicen unos 1958, y otros, 1962). Hoy, a tres días del 6 de enero, lo recordamos por una entrevista publicada en Mundo Gráfico.

Mundo Gráfico fue una revista semanal que aparecía los miércoles en Madrid entre 1911 y 1938 con entrevistas, reportajes y noticias sobre actrices, actores, toreros y demás famosos de la época y en cuyas páginas, antes de sumirse los dos en el olvido parcial o total, Mario Arnold coló de alguna manera su breve encuentro con alguien que no era famoso y nunca lo sería: el anarquista Clemente Famaraza Sandegui, de Guipúzcoa.

Esta historia sucedió en España, pero es universal; sucedió hace mucho, pero es eterna. Y si no lo es aún, un día lo será.

Hacía ya varios meses que, en julio de 1936, el ejército se había sublevado, desatando una lucha «entre dos concepciones distintas de la vida», como recordará Jesús Galíndez: de un lado, «los que todo lo tenían y aún querían más, y de otro, los que nada tenían y querían algo». Apoyaron a los militares las fuerzas reaccionarias y los señoritos de la Falange, y trabajadores, obreros, intelectuales de todo el país –y de todos los países– defendieron la República. En medio de los letales silbidos de las balas y los escombros y ruinas del frente, un frío día de enero de 1937, en Madrid, Mario Arnold entrevistó a ese humilde miliciano. Fue a buscarlo a las trincheras para conversar con él por curiosidad, porque se acababa de enterar de que aquel hombre se había presentado días atrás al comandante Lizarraga, de las Milicias Vascas, en cuyas filas combatía, y le había dicho:

Tengo ahorrados cuarenta duros y quiero que compre usted juguetes para los hijos de nuestros milicianos.

Mario Arnold quería conocer los motivos por los cuales aquel combatiente pobre, de esos que no suelen cargar ni una peseta en los bolsillos, había donado todo el dinero que poseía para que con él se regalaran juguetes a los niños el Día de Reyes. Le dijeron que era un anarquista donostiarra llamado Clemente Famaraza Sandegui. «A continuación –nos cuenta el reportero–, busqué a Clemente en la trinchera. Me interesaba oír de sus labios el motivo principal que le impulsó a desprenderse de las doscientas pesetas». La entrevista apareció impresa con dos fotos de Clemente en el parapeto; en una lo vemos de pie junto a otros milicianos, en la otra posa ante la cámara él solo, y en ambas empuña el fusil. «¿Por qué has dado tanto dinero para comprar juguetes a los niños?», le pregunta el poeta leonés. «Yo nunca supe –le responde Famaraza– de estas pequeñas alegrías. En el Hospicio, primero, y en casa de los que me adoptaron, después, la vida fue dura conmigo».

Y es que Clemente, nacido en la ciudad de San Sebastián, en Guipúzcoa, había conocido en su infancia el dolor del Hospicio, asilo al que van a parar pobres, abandonados y huérfanos, y quería que otros niños pudieran tener en Reyes los juguetes que él nunca tuvo. Lo leemos así en el reportaje, a lo largo del cual un par de trazos puntuales del escritor nos hablan de la rutinaria familiaridad con la muerte que se palpaba en el Frente de Madrid:

«Los proyectiles pasan cerca de nosotros, dejando en el aire un silbido trágico.

¿Oyes? –le digo, después de un silencio azaroso, tras del que volvemos a miramos.

Bien cerca pasó...»

Y Mario Arnold insiste: «Esos cuarenta duros podían haberte ayudado mucho». A lo cual Famaraza contesta, sencillamente: «¡Bah! Una sonrisa infantil vale medio mundo. Deja que los niños rían. Ellos son los hombres de mañana, y deben crecer lejos de toda amargura, para que tengan un porvenir dichoso, sin recuerdos oscuros como los míos...»

La entrevista habla de anhelos que nunca sabremos si se cumplieron o terminaron rotos. Si el rumbo posterior del leonés es incierto, el del donostiarra se eclipsa para siempre luego de esa breve salida a la luz pública. Clemente quería ser marino una vez que hubiera concluido la guerra, para viajar a otros países y sumarse en cada uno a quienes lucharan «por devolver trabajo, alegría y pan a los hogares pobres». «Pasaremos –anuncia, soñando en alta voz– de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad con una canción feliz que nos enseñará la victoria».

La guerra vuelve a presentarse, para interrumpir la conversación entre el poeta bohemio y el anarquista. Mario Arnold explica a los lectores que la entrevista debe concluir porque acaban de llamar a Famaraza a «un servicio importante», y con ese final abierto a la vida o la muerte del entrevistado cierra su escrito, mientras lo ve alejarse, fusil al hombro.

Releemos estas viejas páginas amarillentas de Mundo Gráfico, extraña reliquia de una era tan lejana y tan próxima. «Muchas veces, en la calle, recuerdo que me quedaba embobado ante los escaparates de juguetería y caminaba detrás de un niño cualquiera que tuviese en sus manos lo que a mí nunca me dieron», le contaba al escritor y periodista leonés aquel hombre bajito de estatura y magro de carnes y bolsillos, olvidado, al igual que tantos, por la Historia, Clemente Famaraza Sandegui, de vocación nómada y sin fronteras, que quería hacerse a la mar para conocer todas las tierras y hermanar a los distantes, huérfano criado en un asilo de pobres –«hospiciano»–, que trabajó de canillita, que estuvo en la cárcel por sus ideas antes de entrar en las Milicias Antifascistas Vascas y que acababa de donar todo el dinero de sus nóminas navideñas para que aquellos niños que el 5 de enero de 1937 se fueran a la cama tristes y sin esperanzas se toparan al despertar con sus regalos de Reyes, paradójico milagro de un modesto anarquista que no creía en cetros ni coronas.

El martes, cuando muchos niños se duerman tristes y sin esperanzas, y el miércoles, cuando despierten sin encontrar ningún milagro, recordemos la lección de este pobre miliciano, que mereció mucho más que cualquiera de nosotros los honores que no quería.

Fuentes consultadas y citadas en este artículo:

Jesús de Galíndez: Los vascos en el Madrid sitiado, Buenos Aires, Editorial Vasca Ekin, 1945, p. 9.

Entrevista a Clemente Famaraza Sandegui en Mundo Gráfico, por Mario Arnold, miércoles 10 de febrero de 1937, p. 6.

Sobre el anarquista y miliciano vasco Clemente Famaraza: «La magia del anarquista que no creía en los reyes» (por «Crononauta»), en este Suplemento Cultural, 06/01/2019. En línea: https://www.abc.com.py/.../la-magia-del-anarquista-que-no...

Sobre el poeta leonés Mario Arnold (José García): «Cazador de Luceros», por Juan Manuel de Prada, ABC, 18/04/2018. En línea: https://www.abc.es/.../abci-cazador-luceros-201804180121...

Extraído de:

https://www.abc.com.py/.../01/03/la-leccion-del-miliciano/

#MemoriaAnarquista




Luis López Martínez

   Un 5 de enero de 1937 es asesinada Aurora Picornell junto a Belarmina González Rodríguez, Catalina Flaquer Pascual y sus hijas Antònia y Maria Pasqual que pasarán a la historia como Las Rojas del Molinar.

Durante el debate para derogar la ley balear de Memoria democrática el Presidente del Parlamento Gabriel Le Senn de Vox rompería su fotografía delante del resto de parlamentarios.

Aurora fue una joven a la que su familia le inculcó desde pequeña la defensa de las clases más desfavorecidas y de las libertades. Comienza a trabajar de modista y alzará la voz en defensa de los derechos de las trabajadoras y comenzará a escribir, en diferentes publicaciones, señalando a aquellos que las explotaban laboralmente.

Detenida, torturada y violada es asesinada y tirada a una fosa común junto a sus compañeras.

¡Que la memoria de Aurora Picornell, sus compañeras asesinadas y tantas mujeres que lucharon por la libertad no se borren de la historia!


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Durante décadas, el bombardeo de Dresde en febrero de 1945 ha sido recordado como uno de los episodios más devastadores de la Segunda Guerra Mundial. Pero el verdadero horror no se comprendió del todo hasta años después, cuando se abrió un refugio antiaéreo que había permanecido sellado desde el final de la guerra.

Había quedado sepultado bajo toneladas de escombros. Nadie pudo entrar durante casi siete años. No fue hasta comienzos de la década de 1950, alrededor de 1952, que los equipos de limpieza lograron abrirlo.

Lo que encontraron dentro no tenía relación directa con las bombas.

La gente no murió por impacto ni por metralla. Murió por el fuego… y por el aire.

La tormenta de fuego que arrasó Dresde elevó la temperatura de la ciudad a niveles extremos. Las llamas consumieron el oxígeno del ambiente y generaron enormes cantidades de monóxido de carbono. El refugio, construido para ser resistente y hermético, cumplió su función estructural… pero selló también toda posibilidad de respiración.

Las paredes resistieron.

El aire no.

Mientras afuera la ciudad ardía, dentro el oxígeno se agotaba lentamente. Sin darse cuenta de inmediato, las personas comenzaron a asfixiarse. El monóxido de carbono llenó el espacio cerrado. Perdieron el conocimiento. Y murieron.

Cuando el refugio fue finalmente abierto, el interior estaba seco, cerrado y sin circulación de aire desde hacía años. Algunos cuerpos estaban parcialmente momificados. En otros sectores, el calor había sido tan intenso que solo quedaban restos irreconocibles.

No hubo signos de pánico violento.

No hubo huellas de estampida.

Solo la quietud de personas que se habían quedado sin aire en el lugar donde creían estar a salvo.

Ese refugio no fue una tumba creada por la intención de matar, sino por la ilusión de protección en un contexto que ya no obedecía a las reglas humanas.

Es uno de los recordatorios más duros de que en la guerra no solo muere quien está en el frente. Muere quien confía. Quien espera. Quien se esconde. Quien no puede huir.

Y muere incluso donde la ingeniería prometía seguridad.

No hay refugio que sea más fuerte que una ciudad convertida en horno.

Y no hay tecnología que vuelva humana una tormenta de fuego.

#fblifestyle


 


 


El “Día de los Inocentes”: Cuando “Dios” decidió salvar sólo a su hijo de un exterminio

Cada 28 de diciembre (una fecha realmente arbitraria), el cristianismo celebra con solemnidad —y a veces con bromas de mal gusto— el “Día de los Santos Inocentes”. Según la tradición, se recuerda el exterminio de todos los niños menores de dos años que vivían en Belén y alrededores, ordenado por el rey Herodes I el Grande, para eliminar al que supuestamente se convertiría en el “rey de los judíos”. Pero como ocurre con tantos relatos bíblicos, mientras más cerca se mira, más se deshace la trama. Y mientras más se examina su teología, más grotesco se vuelve el supuesto “plan divino”.

El relato se encuentra sólo en el Evangelio de Mateo (2:13-18), lo cual es ya sospechoso. Marcos, Lucas y Juan —tan aficionados a los milagros y señales— no mencionan ni una palabra sobre semejante mort4ndad. ¿Un exterminio local de bebés ordenado por un rey famoso por sus excesos, y ninguno de ellos lo recuerda? ¿Un evento de tal magnitud, que ni la literatura judía o romana de la época registran?

Flavio Josefo —el historiador judío que narró hasta las intrigas menores de la corte herodiana— guardó silencio absoluto al respecto. Y esto que Josefo detestaba a Herodes, por lo que si el viejo tirano hubiera hecho algo tan bestial, el historiador habría llenado capítulos enteros, señalándolo como ejemplo supremo de crueldad. Pero no: nada, ni una línea.

Desde el punto de vista histórico, este episodio se muestra más como recurso literario, que como un registro factual. Es la típica trama mitológica del rey temeroso que intenta impedir el ascenso de un héroe divino, que está presente en los relatos sobre Moisés, Sargón de Acad, Horus, Krishna, Zaratustra, y como se menciona en los textos del Mar Muerto, también en la historia mítica de Abraham, perseguido por el babilonio Nemrod.

Mateo simplemente tomó un molde muy usado, hasta desgastado: “profecía que anuncia un niño poderoso → rey malvado que se asusta → persecución → intervención divina → héroe que escapa”. Un patrón tan reciclado que ya ni Disney se atrevería a repetirlo.

Pero por puro entretenimiento intelectual asumamos por un momento que dicha mort4ndad de niños ocurrió tal como Mateo la narra. Surge entonces la pregunta más incómoda: ¿Qué clase de “Dios” omnipotente diseña un plan de salvación que incluye permitir el exterminio de docenas o cientos de bebés inocentes, sólo para proteger a uno en particular? ¿Qué opciones tenía? Veamos sólo algunas:

1. “Dios” pudo, por ejemplo, haberle provocado una mu3rte fulminante a Herodes. Un coágulo, un infarto, un aneurisma: castigos que él mismo aplica con frecuencia en la Biblia para ciertos personajes.

2. “Dios” pudo haber enviado a José, María y Jesús a Egipto, antes de que naciera Jesús, evitando así el peligro.

3. “Dios” pudo haber impedido simplemente que Herodes se enterara del nacimiento de Jesús.

Pero no: el plan perfecto, el plan luminoso y “amoroso”, fue dejar que Herodes exterminara niños al azar, para abrirle paso a Jesús, el favorito divino. Y todo porque ciertos “magos” —sin nombres, sin reinos y sin camellos en el texto original— tuvieron la indiscreción de preguntar por un “rey de los judíos” al paranoico monarca.

La lógica celestial parece funcionar así: “Salvaré al Mesías… pero los demás bebés, que se j0dan.” Un razonamiento que, si proviniera de un gobernante humano, sería catalogado como t3rr0rismo de Estado.

Pero lo más llamativo es la lectura devota que los creyentes hacen del episodio. Para los cristianos, este relato no evidencia un “Dios” negligente, brutal o incompetente, sino un conmovedor milagro: Jesús fue salvado. ¡Gloria a Dios! ¿Y los demás niños?… bueno, se “ganaron el cielo”, dicen algunos, como si eso borrara el hecho de que fueron sacrificados por un plan que, francamente, podría haber sido diseñado por un sujeto delirante.

Por supuesto, no deja de ser significativo que la empatía cristiana se dirige a un único niño—el suyo, el protagonista— y no a las víctimas colaterales. A Jesús lo celebran; a los demás los convierten en “santos inocentes”, en una anécdota piadosa. Es como cuando alguien celebra que su casa no se quemó, sin inmutarse porque el incendio destruyó toda la cuadra.

Ahora bien, si algo interesante ofrece esta narrativa es un detalle cronológico involuntario. Se sabe históricamente que Herodes el Grande falleció en la primavera del año 4 antes de la era común. Así que, si Mateo estuviera contando algo real (que no lo está), Jesús habría tenido que nacer entre los años 6 y 4 AEC. Lo cual convierte el concepto de “año 1 después de Cristo” en una simpática anomalía teológica: que Jesús nació varios años “antes de Cristo”. Un error que, por supuesto, no molesta a los creyentes. La precisión histórica nunca ha sido una virtud en ellos.

En resumen, el exterminio de los niños inocentes es un relato teológicamente cruel, históricamente dudoso y moralmente incómodo. Y, sin embargo, es celebrado como símbolo de la “providencia divina”. Que un “Dios” supuestamente amoroso salve sólo a un niño dejando perecer a muchos… eso, al parecer, no es un problema para quienes justifican cualquier cosa con tal de que el protagonista celestial salga bien librado.

Y si esto es “sabiduría divina”, uno no puede sino preguntarse si la humanidad no estaría más segura sin esa clase de control de un ente supuestamente todopoderoso.

[Godless Freeman]

[1] https://es.wikipedia.org/wiki/Nemrod

 


20 de julio de 1944. La bomba que no cambió la historia.

Ese día, a las 12:42 del mediodía, una bomba explotó en la “Guarida del Lobo”, el cuartel general de Adolf Hitler en Prusia Oriental.

El hombre que la había colocado se llamaba Claus Schenk Graf von Stauffenberg.

Era coronel del ejército alemán. Aristócrata bávaro. Oficial condecorado. Gravemente herido en África del Norte: había perdido una mano, dos dedos de la otra, y un ojo.

Y había llegado a una conclusión que pocos dentro del régimen se atrevían siquiera a formular en voz alta:

Hitler debía morir.

No por ambición personal.

No por poder.

Sino porque continuar obedeciéndolo significaba seguir participando en una maquinaria que destruía Alemania y exterminaba millones de vidas inocentes.

La conspiración recibió el nombre de Operación Valquiria.

Su objetivo no era solo matar a Hitler, sino tomar el control del Estado inmediatamente después, arrestar a la cúpula nazi y negociar el fin de la guerra.

Stauffenberg colocó el explosivo en una maleta bajo la mesa donde Hitler estaba reunido con sus oficiales. Luego salió de la sala y voló de regreso a Berlín convencido de que lo había logrado.

Pero una casualidad mínima cambió todo.

Alguien movió la maleta unos centímetros detrás de una gruesa pata de roble de la mesa.

La explosión mató a cuatro personas.

Hitler sobrevivió.

Y el mundo siguió ardiendo.

Esa misma noche, Stauffenberg y la mayoría de los conspiradores fueron arrestados y ejecutados. Algunos fusilados. Otros ahorcados lentamente con cuerdas de piano. Sus familias fueron castigadas. Sus nombres borrados.

Durante décadas, fueron considerados traidores.

Hoy, muchos los recuerdan como lo contrario.

Stauffenberg era católico practicante. Antes de actuar, buscó consejo moral. Sabía que su decisión implicaba matar. Sabía que eso, en términos cristianos, no es un asunto ligero.

Pero también conocía otra tradición.

Desde la Edad Media, pensadores cristianos como Santo Tomás de Aquino habían reflexionado sobre el tiranicidio: la idea de que eliminar a un tirano puede ser moralmente lícito cuando no existe otra autoridad capaz de detenerlo y cuando su poder se ejerce contra el bien común.

No es una doctrina cómoda. No es simple. No es limpia.

Es trágica.

Plantea una pregunta que no tiene respuesta perfecta:

¿Es más moral obedecer a un Estado criminal…

o desobedecerlo para intentar detener el crimen?

¿Es más cristiano no matar nunca…

o impedir que se sigan matando millones?

Stauffenberg eligió cargar con el pecado de matar para intentar impedir un mal mayor.

No lo logró.

Pero dejó algo que todavía incomoda:

La idea de que la verdadera traición no siempre es contra el Estado, sino contra la conciencia.

Que a veces obedecer es más peligroso que rebelarse.

Y que hay decisiones que no se toman para salvarse uno mismo, sino para intentar salvar a otros… incluso cuando se sabe que probablemente no habrá recompensa, ni victoria, ni perdón.

Solo responsabilidad.

Y una bomba que no estalló donde debía.

#fblifestyle

 


 


 


 


 


 


 


Santa Pedofilia y Santa Pederastia, mártires

 


 


 


 


 


 


 


 

Foto: Luis Viadel

 

Foto: Luis Viadel

 Tiro y arrastre

Foto: Luis Viadel

 Praga

Foto: Luis Viadel

 


SIT. Baile de las silla

Manicomic. Truhan

Actuación especial de tricicle con Les Luthiers

 


"APACHE" (Guitar instrumental)

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FEIJÓO PILLADO MINTIENDO A LA JUEZA. VA A TENER UN PROBLEMA.

 


 


 


 



Durante el Holocausto hubo personas cuya crueldad no fue solo resultado del sistema, sino que pareció convertirse en una elección personal.

Uno de esos nombres fue Amon Göth.

Göth fue un oficial de las SS y comandante del campo de concentración de Płaszów, cerca de Cracovia, en la Polonia ocupada. El campo funcionaba como centro de trabajos forzados, castigo y exterminio progresivo. Decenas de miles de judíos pasaron por allí. Muchos no salieron.

Los supervivientes lo recordaron no solo como un burócrata del terror, sino como alguien que ejercía la violencia de forma directa y cotidiana.

Vivía en una villa situada en lo alto de una colina desde donde se dominaba visualmente el campo. Desde allí, según numerosos testimonios, observaba a los prisioneros y en ocasiones disparaba contra ellos con su rifle. No porque hubieran cometido una falta concreta, sino porque podía hacerlo.

Para las personas dentro del campo, la violencia no era solo impredecible: era arbitraria. Podía caer sobre cualquiera, en cualquier momento, sin explicación.

Göth también utilizaba perros entrenados para atacar a los prisioneros como forma de castigo e intimidación. No era una medida de seguridad: era una herramienta de terror psicológico constante.

Quienes sobrevivieron describieron el mismo patrón una y otra vez:

no había diálogo, no había advertencias, no había justicia interna posible. Solo poder absoluto sobre personas completamente indefensas.

Cuando terminó la guerra, Göth fue capturado por los Aliados, extraditado a Polonia y juzgado por crímenes contra la humanidad.

Durante el juicio, antiguos prisioneros declararon sobre asesinatos, palizas, ejecuciones arbitrarias y torturas. No hablaban desde el odio. Hablaban desde la necesidad de que aquello no fuera olvidado.

Göth fue declarado culpable y ejecutado en 1946.

Su nombre no se conserva para recordarlo a él.

Se conserva como advertencia.

Como ejemplo de hasta dónde puede llegar un ser humano cuando el poder no tiene límites y la ideología convierte a otros en “cosas”.

La historia de Amon Göth no es importante por quién fue él.

Es importante por lo que representó para miles de personas que no tenían ninguna posibilidad de defenderse.

Y por lo que nos recuerda hoy:

Que el mal no siempre es anónimo.

A veces tiene rostro, nombre, cargo… y balcón.

Y que recordar no es un acto del pasado.

Es una responsabilidad del presente.

#fblifestyle