La
infidelidad en la Biblia: un concepto humano, desigual y
profundamente contradictorio
Desde
una perspectiva antropológica, uno de los aspectos más reveladores
de la Biblia es su manera de regular —con notable obsesión— la
vida íntima de las personas. Así, entre los mandamientos atribuidos
a Yahvé y supuestamente entregados a Moisés, aparece la conocida
prohibición: “No cometerás adulterio” (Éxodo 20:14;
Deuteronomio 5:18), que suele interpretarse como “No fornicar”,
porque en el lenguaje moderno “fornicación” es sinónimo de
infidelidad conyugal o adulterio, entendido esto como conducta sexual
fuera del vínculo conyugal.
Sin
embargo, lo primero que salta a la vista es que este mandato no tiene
nada de “espiritual”, sino que es una norma social que invade
directamente la vida privada, particularmente la sexualidad, y que
responde más a necesidades culturales y estructurales, que a
principios divinos universales. Porque resulta que la sexualidad
humana —como la de la mayoría de las especies— no es
naturalmente monógama, ni la llamada “infidelidad” es una
anomalía biológica, sino una conducta frecuente en el reino animal,
incluida nuestra especie. Y más bien, desde el punto de vista
evolutivo, la diversidad genética favorecida por múltiples parejas,
puede incluso considerarse una ventaja adaptativa.
Pero
a pesar de esta realidad biológica, los redactores bíblicos
convierten la infidelidad en un delito extremadamente grave. Según
Levítico 20:10 y Deuteronomio 22:22, el adulterio debe castigarse
con la muerte, específicamente mediante lapidación, por lo que no
estamos ante una simple norma moral, sino ante una legislación penal
extrema, que ve a la infidelidad como un crimen capital.
Sin
embargo, esa severidad no se distribuye de forma equitativa, porque
las exigencias recaen con mucho mayor peso sobre las mujeres. Y es
que en sociedades antiguas, sin pruebas de ADN, la fidelidad femenina
garantizaba la certeza de la paternidad, lo cual tenía implicaciones
económicas, hereditarias y sociales. Así, la moral sexual bíblica
no es más que una extensión del control patriarcal sobre el cuerpo
femenino.
La
contradicción se hace más evidente cuando observamos que la Biblia
permite —y hasta normaliza— la poligamia masculina. Deuteronomio
21:15-17 regula la convivencia de un hombre con varias esposas, y
figuras centrales del judaísmo, como David (2 Samuel 5:13-16) y
Salomón (1 Reyes 11:3), tenían múltiples esposas y concubinas, sin
que esto se considere adulterio. De Salomón dice la Biblia, sin
ningún rubor, que tuvo 700 mujeres reinas, es decir, esposas, y 300
concubinas. E incluso Jesús estaba de acuerdo con que un hombre
tuviera en su casa varias mujeres, tal como se observa su el ejemplo
de las diez muchachas vírgenes que esperaban a su esposo, quien se
tardaba en llegar (Mateo 25:1-13).
La
mujer en cambio, estaba obligada a una fidelidad absoluta. Incluso
Números 5:11-31, describe un ritual llamado “el agua de los
celos”, una especie de juicio mágico mediante el cual un sacerdote
determinaba si una mujer había sido infiel. Pero no existía un
equivalente para los hombres. O sea, es difícil no ver aquí una
mezcla de superstición, control social y paranoia masculina
institucionalizada.
Y
el Nuevo Testamento, lejos de corregir estas inconsistencias, las
profundiza. Jesús introduce una idea todavía más radical, el
“adulterio mental”, porque para Jesús, el adulterio no sólo se
comete con actos, sino hasta con pensamientos. En Mateo 5:27-30
afirma que cualquiera que mire a una mujer con deseo ya adulteró “en
su corazón”. Y la solución que propone es radical: si el ojo o la
mano inducen a este “pecado”, deben ser arrancados o cortados.
Claro, hay aquí una contradicción evidente, si nos fijamos en el
ejemplo de las diez muchachas vírgenes (Mateo 25:1-13).
Pero
aparece también un concepto inquietante: el delito de pensamiento,
donde el deseo, una función natural del cerebro humano, es
criminalizado. Obviamente, si los creyentes fueran honestos y tomaran
en serio esa instrucción de Jesús, la sociedad cristiana estaría
llena de hombres mutilados. La ironía es evidente: el mismo “Dios”
que habría creado los impulsos sexuales, exige su supresión
mediante la violencia contra el propio cuerpo. Pero curiosamente,
este rigor se dirige exclusivamente a los hombres. No hay
instrucciones equivalentes para mujeres que deseen a hombres. Lo cual
refleja, nuevamente, un sesgo cultural más que una moral universal.
Paradójicamente,
Jesús aparece también como protector de mujeres acusadas de
infidelidad conyugal, tal como se observa en el episodio de la mujer
adúltera (Juan 8:1-11), a la que evita su lapidación. Un gesto que
parece humanitario, pero que contrasta con la dureza de sus propias
enseñanzas sobre el instinto sexual masculino. Y aún más llamativo
es el relato del origen mismo de Jesús: según los evangelios, fue
concebido cuando María, estando comprometida o casada con José,
quedó embarazada por “la sombra del poder de Yahvé”, mientras
el espíritu de este dios “llegaba” sobre ella (Lucas 1:35). Como
sea, desde una lectura estricta de la ley mosaica, esto encaja en un
caso de infidelidad.
Incluso
José, al descubrir que su mujer estaba embarazada, sabiendo que ese
hijo no era suyo, se sintió engañado (Mateo 1:18). Pero por ser un
hombre bueno, no quiso “infamarla”, es decir, rechazarla, aunque
consideró secretamente la idea de abandonarla (Mateo 1:18-20). Esto
evitó que María fuera muerta a pedradas como estaba prescrito por
Yahvé (Deuteronomio 22:20-21). José, sin embargo, decidió no
hacerlo, desobedeciendo implícitamente la “ley de Dios”, para
guiarse por la ética humana, gracias a lo cual, Jesús pudo nacer.
Una contradicción difícil de ignorar: el mismo sistema moral que
condena la infidelidad, es el que, aplicado coherentemente, habría
impedido el evento central del cristianismo… Pero uno no puede
evitar preguntarse: ¿será por eso que Jesús protegía a las
mujeres infieles?
Ahora,
en cuanto al divorcio, se observa un doble rasero: Jesús permite la
separación de la pareja sólo en casos de adulterio (Mateo 5:31),
pero el enfoque sigue siendo desigual. La preocupación principal es
la conducta de la mujer. En Marcos 10:11-12 se menciona que tanto el
hombre como la mujer cometen adulterio al volver a casarse, pero el
contexto cultural hace evidente que la iniciativa del divorcio estaba
en manos masculinas, porque la idea de que una mujer pudiera repudiar
a su marido era prácticamente impensable. Así, incluso cuando
parece haber cierta simetría en el discurso, la estructura social
sigue siendo profundamente desigual.
En
fin, desde una mirada antropológica, el concepto bíblico de
infidelidad no es más que un constructo cultural propio de
sociedades patriarcales antiguas. Su función principal no es
espiritual, sino social: controlar la sexualidad, garantizar la
herencia y mantener estructuras de poder.
En
otras palabras: eso que la Biblia presenta como “mandato divino”,
es en realidad un conjunto de normas humanas, llenas de
contradicciones, dobles estándares y elementos mágicos. Pero la
supuesta moral absoluta de la Biblia se desmorona, cuando se analiza
con herramientas históricas, biológicas y antropológicas.
[Godless
Freeman]