Zalmen
Gradowski sabía que los nazis lo matarían en cuanto dejara de ser
útil. Por eso escribió a escondidas, protegió sus páginas y las
enterró junto a los crematorios de Auschwitz, con la esperanza de
que su voz sobreviviera cuando su cuerpo ya hubiera desaparecido.
No
era un empleado ni un colaborador voluntario. Era un prisionero judío
obligado por las SS a integrar el Sonderkommando, una unidad
compuesta principalmente por cautivos forzados a trabajar en el
centro mismo del sistema de exterminio.
Debían
retirar los cuerpos de las cámaras de gas, cortar el cabello,
recoger joyas y objetos de valor y trasladar los restos hasta los
hornos o las fosas de cremación. Además de soportar aquella
realidad, sabían que periódicamente serían eliminados para impedir
que contaran lo que habían presenciado.
Gradowski
había nacido en 1910 en Suwałki, Polonia. Antes de la guerra
aspiraba a convertirse en escritor. En diciembre de 1942 fue
deportado a Auschwitz junto con su esposa y varios miembros de su
familia. Muchos de ellos fueron asesinados poco después de llegar,
mientras él fue seleccionado para realizar aquel trabajo forzado.
Desde
el interior del campo comenzó a escribir en yidis. Lo hacía en
secreto, rodeado por guardias y consciente de que ser descubierto
significaba una muerte inmediata. Sus páginas no formaban un diario
cotidiano como el de Ana Frank, sino una mezcla de testimonio,
lamento y mensaje dirigido a las generaciones futuras.
En
la introducción dejó escritos los nombres de las personas que más
amaba: su madre Sarah, sus hermanas Libe y Esther-Rokhl, su esposa
Sonia, su suegro Raphael y su cuñado Wolf. También recordó a su
padre, a sus hermanos y a otra hermana cuyo destino desconocía.
No
podía ofrecerles una tumba ni detenerse a llorarlos. Sus palabras
eran la única sepultura que podía construir para ellos.
“De
esta manera espero inmortalizar los nombres queridos y amados de
aquellos por quienes ahora ni siquiera puedo derramar una lágrima”,
escribió desde lo que describió como un infierno donde resultaba
imposible comprender la magnitud de sus pérdidas.
Gradowski
también participó en la resistencia clandestina del Sonderkommando.
Los prisioneros lograron reunir explosivos introducidos secretamente
por mujeres que trabajaban en una fábrica de municiones y comenzaron
a preparar una rebelión contra las SS.
El
7 de octubre de 1944, al saber que otro grupo estaba a punto de ser
eliminado, los prisioneros se levantaron. Atacaron a varios guardias,
incendiaron el crematorio IV y algunos lograron atravesar las
alambradas antes de ser perseguidos.
La
revuelta fue sofocada y más de 400 prisioneros perdieron la vida
durante el enfrentamiento y las represalias. Gradowski murió
probablemente aquel mismo día. Tenía alrededor de 34 años.
Antes
de la rebelión había escondido sus manuscritos cerca del crematorio
III, dentro de recipientes destinados a protegerlos de la humedad y
del paso del tiempo. Estaba convencido de que alguien los encontraría
cuando el campo fuera liberado.
Su
esperanza se cumplió.
En
marzo de 1945, Shlomo Dragon, otro antiguo integrante del
Sonderkommando, ayudó a localizar uno de los textos enterrados.
Otros fragmentos aparecieron posteriormente bajo la tierra y las
cenizas de Birkenau.
“Solo
les transmito una pequeña parte de lo ocurrido”, había advertido
Gradowski. Sabía que su testimonio no podía abarcar todo lo que
había visto, pero confiaba en que bastaría para que el mundo
comprendiera cómo habían intentado destruir a su pueblo.
Sus
manuscritos nunca alcanzaron la fama del diario de Ana Frank, pero no
quedaron completamente olvidados. Fueron conservados, traducidos y
publicados, y hoy son considerados uno de los testimonios más
importantes escritos desde el interior de Auschwitz mientras los
crímenes todavía estaban ocurriendo.
Zalmen
Gradowski no sobrevivió para ver la liberación ni para saber que
sus palabras serían leídas décadas después.
Los
nazis intentaron convertir a su familia en cuerpos sin identidad y
cenizas sin sepultura.
Él
consiguió devolverles sus nombres.