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sábado, 17 de enero de 2026

 



El pensamiento dicotómico de Jesús

Tener pensamiento dicotómico significa ver el mundo en extremos, en categorías de "todo o nada", "blanco o negro", sin matices ni zonas grises, clasificando experiencias, personas y situaciones como completamente buenas o malas, perfectas o inútiles, lo que lleva a decisiones y percepciones polarizadas, siendo ésta una distorsión cognitiva que puede estar asociada a la ansiedad, la depresión o los trastornos de personalidad.

Bien, pues resulta que desde la psicología crítica —y sin el lastre de la devoción—, hay una frase atribuida a Jesús en Mateo 12:30 (“El que no es conmigo, contra mí es”), que es muy representativa de su modo de ver el mundo, y que encaja de forma casi perfecta con en el pensamiento dicotómico, constituyendo además un ejemplo muy característico de la falacia del falso dilema. Se trata de un encuadre mental que reduce la complejidad humana a un interruptor binario: sí o no, lealtad o enemistad, salvación o condena. No hay matices o puntos intermedios, no hay duda legítima, no hay espacio para el desacuerdo razonable. Hay adhesión… o hay culpa.

¿Y quiénes son las personas que más aplican esta forma de pensamiento? —Según la psicología, es más común en los niños (por su pensamiento concreto), pero además en personas con cualquiera de estas tres características:

1. Trastorno Límite de la Personalidad (TLP).

2. Ansiedad, depresión, trastorno obsesivo compulsivo (TOC), o bien trastornos alimentarios.

3. Personas con rasgos narcisistas o de alta autoexigencia.

¿Y en cuál de estas categorías encajaría Jesús? —Pues, quien haya leído los cuatro evangelios canónicos detenidamente y en su totalidad, se dará cuenta de que Jesús se sentía con toda la autoridad que le daba ser, según él, “el príncipe de este mundo” (Juan 16:11), el príncipe de todas las naciones, próximo a coronarse (o más bien ungirse) como rey. Según el texto evangélico Jesús llegó a creer que lo que estaba escrito en la Torá respecto al Mesías se refería a él, y así directamente lo decía: “Escudriñad las Escrituras”, agregando: “ellas son las que dan testimonio de mí.” (Juan 5:39). Incluso cuando se refería a Moisés, supuesto autor de los primeros cinco libros de la Biblia, decía: “si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él.” (Juan 5: 46).

A la mujer samaritana que le dio a beber agua en medio del desierto, le dijo: si supieras “quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías” (Juan 4:10). El mensaje es claro: “Yo soy superior a ti”. Por eso la mujer, dándose cuenta del plano de grandeza en que Jesús se estaba ubicando, le preguntó si acaso se creía superior a Jacob-Israel, patriarca de los judíos, y también de los samaritanos. “¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob – le preguntó – que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?” (Juan 4:12). Y cuando ella le comentó a Jesús que todavía el Mesías estaba pendiente de venir (según la creencia judaica), él le afirmó tajantemente: “Yo soy, el que habla contigo” (Juan 4:25-26).

De hecho, identificándose claramente como el Rey judío, Jesús llegó a verse como el protagonista de los planes que “Dios” tenía para el mundo desde el momento de la creación, “desde la fundación del mundo” (Mateo 25:34); y en su papel de Mesías, se veía además como gobernante de todos los países del mundo, “reunidas delante de él todas las naciones” (Mateo 25:31-32).

Incluso Jesús se imaginaba que su investidura como nuevo rey universal sería catastrófica, pero a la vez espectacular; con conflictos bélicos entre países, ira sobre el pueblo judío, Jerusalén rodeada de ejércitos, y destruida y humillada por los “gentiles”; judíos abatidos al filo de la espada, o llevados cautivos a otras naciones como había sucedido antes. Aseguraba Jesús que al final todos verían “al Hijo del Hombre [a él], que vendrá en las nubes con gran poder y gloria.” (Lucas 17:29-36, Marcos 13:8, Marcos 13:15-19, Mateo 24:6-7, Mateo 24:16-20, Mateo 24:27-30, Lucas 21:10-11, Mateo 24:32-44, Lucas 21:10-11, Marcos 13:26-27).

En fin, las ilusiones de grandeza de Jesús eran de tal magnitud, que el psiquiatra francés Charles Binet-Sanglé (1868-1941) lo diagnosticó como un esquizofrénico con delirios de teomegalomanía. Y es que sobre la conducta megalómana de Jesús abundan los ejemplos (Mateo 4:7, Mateo 4:10, Mateo 19:27-28, Mateo 25:31-44, Mateo 28:18, Lucas 2:49, Lucas 4:8, Lucas 4:12, Lucas 22:28-30, Lucas 24:49, Juan 1:49-50, Juan 3:13, Juan 4:10, Juan 4:12, Juan 5:16-18, Juan 5:19, Juan 10:33, Juan 5:20, Juan 5:21, Juan 5:22, Juan 5:24, Juan 5:25, Juan 5:26-27, Juan 5:30, Juan 5:28-29, Juan 5:36, Juan 5:37-38, Juan 5:39, Juan 5:46).

Pero volvamos al pensamiento dicotómico. Se trata de una tendencia mental de personas con incapacidad para tolerar ambigüedades. Para ellos la realidad se fuerza a extremos, porque los grises generan ansiedad. Sin embargo, tienen otras características psicológicas:

1. Egocentrismo moral: confunden cualquier discrepancia con un ataque personal. “Si no me das la razón, me agredes.”

2. Necesidad de control y sumisión: exigen un alineamiento total a ellos, que reduce su incertidumbre y refuerza su poder como líderes.

3. Paranoia relacional leve: perciben la neutralidad como una hostilidad encubierta.

4. Autoritarismo afectivo: dividen el mundo en “los míos” y “los otros”, “los que están conmigo” y “los que están contra mí”, legitimando el rechazo del disidente.

Aunque este perfil en realidad no es exclusivo de líderes religiosos; es transversal a caudillos políticos, jefes sectarios y gurús de toda laya. Para ellos la frase “conmigo o contra mí” no es un argumento: es una orden emocional.

Por otra parte, los evangelios atribuyen también a Jesús advertencias explícitas de división familiar: “El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí” (Mateo 10:37). “Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo.” (Lucas 14:26)

Más allá de la literalidad, el mensaje psicológico es claro: la lealtad a la doctrina debe prevalecer sobre los vínculos primarios. En términos clínicos, esto favorece dinámicas de ruptura del apego y dependencia del líder, dos ingredientes clásicos de los sistemas de control ideológico.

El caso es que Jesús habría definido claramente: “El que no es conmigo, contra mí es” (Mateo 12:30), y resulta que el paralelismo histórico de esta frase es evidente. Tras los atentados del 11 de septiembre, George W. Bush declaró ante el Congreso (el 20 de septiembre de 2001): “Cada nación, en cada región, tiene ahora una decisión que tomar. O están con nosotros, o están con los t3rr0ristas”. El contexto era el shock colectivo y la urgencia de construir un frente global. Y el recurso retórico fue eficaz… y profundamente dicotómico: simplificó el debate, deslegitimó posiciones intermedias, y convirtió la cautela en sospecha. Y esto funciona igual en la religión: cerrar el espectro para acelerar la obediencia.

Así, el cristianismo institucional heredó y amplificó esta lógica. La tesis central es binaria: creyente = salvación; no creyente = condena. Incluso después de esta vida, el menú es binario y extremo: cielo o infierno. No hay puntos intermedios. No existe un continuum que refleje la conducta humana real —mezcla inevitable de aciertos, errores, contextos y aprendizajes—. La moral se convierte aquí en un interruptor moral (ON y OFF), no en una evaluación ética.

Y para colmo, la propia tradición se desdice. Porque como comenta el filósofo francés Michel Onfray sobre la Biblia: “¿Una cita dice lo contrario? Sí, pero la tercera afirma lo contrario de lo contrario. Y desglosamos otra frase que, al contradecir lo contrario, restablece la primera proposición.” Y el evangelio de Marcos (9:40) atribuye a Jesús una idea opuesta: “el que no es contra nosotros, por nosotros es”. ¿En qué quedamos? ¿La neutralidad es enemistad, o apoyo tácito?

Y es que la inconsistencia no es un detalle menor: revela que el falso dilema no describe la realidad, sino que sirve a la conveniencia del momento. Cuando conviene sumar aliados, la neutralidad vale; pero cuando conviene presionar, se criminaliza.

En fin, la psicología lo dice sin rodeos: el “conmigo o contra mí” es una herramienta de coacción cognitiva. Reduce la libertad de conciencia, castiga la duda, y transforma en traición el desacuerdo. Y el hecho de que una figura religiosa la haya popularizado no la vuelve virtuosa; la vuelve peligrosa. Que siglos después la repitan líderes políticos, lo único que demuestra es que no estamos ante una verdad profunda, sino ante un atajo autoritario para controlar mentes. Pero la realidad humana no es binaria. Quien insiste en que lo sea, no busca diálogo: lo único que busca es obediencia.

[Godless Freeman]

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