UN ANÁLISIS CRÍTICO A LA NARRATIVA JOB
El día en que “Dios” apostó con el Diablo la tragedia de una familia
Pocas historias bíblicas son tan reveladoras —y tan incómodas— como el conocido caso de Job. No porque enseñe “paciencia” o “fe inquebrantable”, como suele repetirse desde los púlpitos, sino porque deja al descubierto una imagen de “Dios” difícil de conciliar con los atributos que la teología tradicional insiste en adjudicarle: omnisciencia, bondad y justicia. El libro de Job, leído sin un filtro doctrinal, es menos una lección moral y más un retrato inquietante de un dios que hace apuestas, permite la destrucción, y trata a sus adoradores más fieles como piezas intercambiables, como cosas que le pertenecen pero que carecen de valor, que puede tratar como le dé la gana, y que son reemplazables.
Según el relato bíblico, había en el reino de Edom, al sur del Mar Muerto, un lugar llamado Uz, donde vivía un hombre llamado Job, que no sólo le tenía miedo a “Dios” (lo que al parecer era un mérito), sino que era un “hombre perfecto y recto… y apartado del mal.” (Job 1:1). Era además un hombre muy próspero, padre de siete hijos y tres hijas (Job 1:2-5). Sin embargo, un día ocurre una escena sorprendente: “vinieron a presentarse delante de Jehová los hijos de Dios, entre los cuales vino también Satanás” (Job 1:6).
Sí, como lo lees, el mismísimo Satanás es hijo de “Dios”, junto a otros que desconocemos. Y esto resulta incómodo para la teología cristiana posterior, obsesionada con la idea de que Jesús es el “Hijo único” del Creador. Pero es que en el contexto hebreo antiguo, los “hijos de Dios” (bene elohim) eran seres celestiales subordinados, una especie de corte divina. Y Satanás no era todavía un enemigo externo, sino un miembro del séquito, un funcionario celestial con permiso para actuar. No es un rebelde autónomo ni una fuerza opuesta al poder divino, sino que hace exactamente lo que “Dios” le permite hacer. En otras palabras, para los hebreos de la antigüedad, Satanás no actúa contra “Dios”, sino que actúa para “Dios”, dentro de los límites que Él mismo establece.
Pero independientemente de esto, ya desde aquí surge la primera grieta teológica: “Dios” decide iniciar una conversación con su hijo Satanás, y termina planteándole un desafío: probar si Job le era fiel a él por convicción o por conveniencia. Y la pregunta entonces es inevitable: ¿Cómo puede un ser omnisciente y completamente seguro de sí mismo, sentir la necesidad de probar algo?
Es obvio que como ser omnisciente “Dios” sabía cuál sería el comportamiento de Job bajo cualquier circunstancia, por lo que no necesitaba demostrárselo a sí mismo, y como ser soberano, tampoco necesitaba demostrárselo a nadie, mucho menos provocando una cadena de tragedias sólo para que alguien “viera lo que pasaba”. ¿O será que aun sabiendo lo que ocurriría, quiso entretenerse de esa manera con Satanás jugando a las apuestas, sin importarle el sufrimiento de personas buenas que lo adoraban fielmente? Eso lo despojaría de su supuesta bondad.
Pero veamos a lo ocurrido. Conversando amenamente con Satanás, “Dios” le comenta: “¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?” (Job 1:8). En otras palabras: “¿No te has fijado en mi adorador Job, cómo me es completamente fiel?”. Y Satanás le responde con suspicacia: “¿[Acaso] No le has cercado alrededor a él y a su casa y a todo lo que tiene?” (Job 1:10). Es decir, “Job te es fiel sólo porque lo tienes especialmente protegido y beneficiado, de lo contrario ya habría renegado de ti”. “Dios” entonces plantea a Satanás el reto: “Todo lo que [Job] tiene está en tu mano [lo dejo en tus manos]; solamente no pongas tu mano sobre él [no le quites la vida]” (Job 1:12). Lo que traducido a lenguaje llano es: “Te desafío entonces a que sometas a prueba a Job, haz con él todo que quieras, así como con su familia, sus bienes y sus criados; pero no le quites la vida, porque no podrías saber el resultado de nuestra apuesta”.
El detalle no es menor. A “Dios” no le importa que Job lo pierda todo: hijos, hijas, sirvientes, animales. En una demostración de orgullo divino, vidas humanas y no humanas quedan convertidas en fichas de un juego. “Pero deja que Job siga viviendo, para que nuestro entretenimiento no termine.” Y con esto se cae otra pieza clave del discurso teológico: la supuesta bondad de “Dios”. Porque es obvio que un ser bondadoso no utilizaría a sus criaturas como medios para ganar discusiones y entretenerse un poco. Mucho menos cuando se trata de un adorador fiel, “perfecto y recto”, que según el propio texto no ha hecho absolutamente nada para merecer semejante trato.
El mensaje implícito es perturbador: la fidelidad no protege del sufrimiento; al contrario, puede convertirte en candidato ideal para un experimento celestial. Y la vida no tiene valor intrínseco, sino instrumental. Si hay que destruirla para demostrar un punto, se hace. Aunque a todo esto, hay otro detalle curioso: ¿Quién estaba allí escuchando esta conversación celestial para luego anotarla en un libro sagrado?
Pero bueno, el caso es que Satanás, ni corto ni perezoso, asumió el desafío de su Padre, dedicándose desde ese momento a hacerle la vida imposible a Job, con un único objetivo: ver si el pobre hombre renegaba de su dios, y de esa forma le ganaba la apuesta a Jehová. Satanás causa entonces a Job múltiples desgracias: enfermedades, ataques a sus criados, le quita la vida a su ganado, lo sumerge en pobreza, su mujer lo repudia, y hasta sus hijos también pierden la vida. Sin embargo, Job nunca reniega de su dios, por lo que al final Jehová sale triunfante en medio de la desgracia de su fiel adorador, por lo que decide, como “premio”, no darle una vida mejor que la que tenía antes, sino solamente restituírsela parcialmente, no devolviéndole la vida a los hijos que ya tenía, sino dándole otros hijos, además de otros bienes materiales (Job 42:10). Y como en los cuentos de hadas, dice la Biblia que “Después de esto vivió Job ciento cuarenta años, y vio a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, hasta la cuarta generación. Y murió Job viejo y lleno de días” (Job 42:16-17).
Pero tenemos aquí otro dato revelador que rara vez se menciona: las vidas que Satanás quita durante este reto —los hijos de Job y algunos criados— son las únicas víctimas fatales de Satanás en toda la Biblia. En contraste, “Dios” es responsable, directa o indirectamente, de miles y miles de víctimas mortales en el Antiguo Testamento: diluvios, plagas, exterminios masivos y castigos colectivos. Pero curiosamente, el título de “malvado” se lo lleva Satanás.
Sin embargo, la historia de Job desmonta esta narrativa. Aquí Satanás sólo actúa con autorización divina, mientras “Dios” observa, evalúa… y gana la apuesta. Y al final del relato, “Dios” supuestamente “restaura” a Job. Le devuelve bienes, le concede larga vida y… nuevos hijos. Pero no los mismos. No los resucita. Simplemente los reemplaza. Como si los primeros hubieran sido prescindibles, intercambiables y desechables. Esto, desde una perspectiva humana, no es justicia ni consuelo. Es sólo una lógica fría y contable: perdiste diez, aquí tienes otros diez. Y todo el mundo feliz.
Pero al final, gracias a esta absurda historia, Job es hoy un santo que tiene hasta su propia fiesta litúrgica (el 10 de mayo), siendo venerado como modelo de paciencia y fe ante la adversidad. Job es considerado santo principalmente por la Iglesia Católica, pero también por las iglesias ortodoxas y orientales, además de ser para los drusos un profeta, con un santuario en su honor en Niha, Líbano.
Todavía hoy el caso de Job es enseñado en las iglesias como un ejemplo de virtud: un hombre aplastado por una apuesta divina, que se convierte en ejemplo moral para millones. Y no olvidemos que todo su relato es “Palabra de Dios”. Sin embargo, uno no puede evitar pensar: si esta es la bondad, la justicia y la sabiduría divinas… quizás el problema no sea nuestra falta de fe, sino nuestra excesiva capacidad para normalizar lo absurdo y la crueldad, cuando vienen envueltas en lenguaje sagrado. Porque sí, el relato de Job puede ser visto como una linda historia, pero sólo si se lee con los ojos cerrados.
[Godless Freeman]
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