Sweet Sprout
Las atroc!dades cometidas por los soldados alemanes contra las prisioneras de guerra francesas embaraz@das eran peores de lo que puedes imaginar.
La nieve caía con fuerza sobre Tann, un pueblo olvidado de la región de Alsacia, en aquel 14 de enero de 1943. El silencio solo era roto por el crujido de las botas alemanas sobre el hielo y por los llantos ahogados de mujeres arrastradas fuera de sus casas. No había gritos, no había resistencia, solo el terr0r mudo de aquellas que sabían que esa noche lo cambiaría todo para siempre.
Entre las cautivas se encontraba Marguerite Roussell, de treinta años y embarazada de seis meses. No pertenecía a la Resistencia, no escondía armas ni transmitía información. Solo era una costurera que vivía sola desde que su marido, Henry, había desaparecido en el frente en 1940. Pero alguien la había denunciado, y bajo la ocupación alemana, una denuncia bastaba. Una simple palabra, un nombre susurrado, y tu vida ya no te pertenecía.
Cuando los soldados de la Wehrm@cht irrumpieron en su puerta, Marguerite estaba sentada a la mesa de la cocina, cosiendo una manta para el bebé que esperaba. La débil luz de una vela iluminaba su rostro pálido, marcado por las privaciones del invierno. Un oficial alto, de ojos claros y voz firme, le ordenó que se levantara. Ella obedeció, temblando, sintiendo que las piernas le fallaban. Él miró su vientre prominente y luego los papeles que sostenía en las manos: una lista donde su nombre estaba marcado en rojo, como una condena ya dictada.
«Queda usted detenida bajo sospecha de colaboración con elementos subversivos», dijo el oficial sin la menor emoción. Marguerite intentó explicar que no sabía nada, que estaba sola y que solo quería dar a luz a su hijo en paz. Él no respondió y simplemente hizo un gesto. Dos soldados la agarraron por los brazos y la arrastraron hacia la calle helada. Sus pies resbalaban sobre el suelo congelado, y el frío se colaba a través de su ropa demasiado ligera.
Fuera, otras mujeres ya esperaban, alineadas bajo la amenaza de los fusiles. Algunas lloraban en silencio, otras mantenían la mirada fija en el suelo. Marguerite reconoció a algunas: Simone, la enfermera del pueblo, embarazada de siete meses, con el rostro agotado; Hélène, esposa de un profesor desaparecido, con el vientre aún pequeño; Louise, que apenas tenía 18 años, ocultando su embarazo bajo un abrigo demasiado grande; Juliette, Élise, Camille, todas jóvenes, todas llevando en su interior niños por nacer, todas culpables de nada más que existir.
Las casas oscuras parecían observar la escena sin poder intervenir. Algunas cortinas se movieron, siluetas miraron unos segundos antes de desaparecer. Nadie se atrevía a salir; el m!ed0 había sellado todas las bocas.
Si estás escuchando esta historia ahora, ten en cuenta que lo que estás a punto de descubrir ha permanecido oculto durante décadas. Nombres, fechas y documentos fueron borrados para que nadie pudiera probar jamás lo que ocurrió. Pero existen testimonios, huellas y una verdad que ya no puede ser silenciada. Si esta historia te conmueve, deja un comentario diciendo desde dónde la estás escuchando y suscríbete para que esta memoria no muera, porque el silencio alimenta el olvido.
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