Con Franco éramos pobres pero éramos felices
Me contaba mi madre y algunos viejos de Pinarejo que allí se adelantaba el tiempo porque el tiempo, caprichoso, siempre venía mal dado para los pobres. Se segaba antes, se vendimiaba antes y hasta la aceituna se arrancaba sin terminar de madurar, como un suspiro, no por ansia de cosecha sino por la prisa de llegar a Ciudad Real o a Córdoba: Socuéllamos, Villarrobledo , Tomelloso o en Córdoba, Montoro, eran los destinos de las abarcas y los pies cansados.
Allí el jornal que alcanzaba apenas para sobrevivir, pero en Pinarejo, ni eso, porque el abuso era mayor. Por esa razón, los pinarejeros, como los de Bilbao, cada uno nacía en un lado. En Arenas de San Juan, nació mi bisabuelo Lorenzo, de ahí nuestro apodo, en Montoro, mi tía Victoria.
Por esas sendas marchaba la familia entera, desde el crío aún oliendo a calostro hasta el abuelo que ya caminaba más de recuerdo que de piernas con la garrota gastada, los más jóvenes en el tren de San Fernando, unos ratos a pie y otros caminando, los más viejos, los más pequeños o las mujeres a punto de parir, en los carros. Tres, cinco, diez días de camino; nunca se sabía, porque el hambre alargaba las veredas y los pensamientos. El sol apretaba y la tierra, reseca, parecía respirar cansada, como si también ella quisiera escapar de los caciques que pagaban por debajo del jornal y aún tenían arrestos para avisarlo en todos los sentidos:
--Dices que pasaste el invierno, ¿pero cómo lo pasaste? Por cada costal, me tienes que devolver dos, y tres jornales de balde...
El que no tragara, haría el camino con las manos vacías.
Caminos de polvo, callos y sudor, para comer gachas de harina de almortas para almorzar, para comer y por la noche una hogaza y una olla compartida con duelos y quebrantos que al menos calentaban el estómago. Y entre cucharada y cucharada, alguno soltaba con media sonrisa lo que luego repetirían los nietos como quien reza una superstición: «Somos pobres, pero somos felices, o al menos eso dicen». Reían la ocurrencia y metían la cuchara, porque oveja que bala, pierde bocado. Y el viento, que todo lo escucha, solía guardar silencio por respeto o por vergüeza.
Ahora los nietos, o algunos desmemoriados, suelen seguir repitiendo:
«Éramos pobres, pero éramos felices».
Y, seguro que alguno llega a creerselo, para no admitir las noches en blanco que pasaron andando caminos con el hambre en los bolsillos rotos y los estómagos vacíos, pero con Franco se vivía mejor.
Lo dicen como quien arroja una piedra a un pozo para ver si tiene agua en el fondo, aunque esté más seco que el ojo de Benito.
Paco Arenas, mi último libro ha sido "Las abarcas desiertas", también soy autor de "Magdalenas sin azúcar" y unos cuantos libros más.
Foto de Francisco Ontañon (Toledo 1959)
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