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lunes, 16 de febrero de 2026

 


Hablar de Bertrand Russell y su rechazo del cristianismo no es simplemente referirse a una postura personal de incredulidad, sino a una consecuencia coherente de su método filosófico. Russell fue ante todo un lógico. Su formación en matemáticas y su papel central en el desarrollo de la filosofía analítica lo llevaron a adoptar un criterio muy claro: una creencia solo es racionalmente aceptable si está respaldada por evidencia suficiente y si sus argumentos resisten el análisis lógico. Cuando aplicó ese mismo estándar a la religión, el resultado fue su distanciamiento del cristianismo.

En su conferencia publicada como Why I Am Not a Christian, Russell no comienza con ataques emocionales ni con ironías, sino examinando qué significa realmente “ser cristiano”. Para él, no bastaba con admirar la figura ética de Jesús; implicaba aceptar la existencia de Dios y reconocer a Cristo como el mejor y más sabio de los hombres. Es precisamente en esos dos puntos donde centra su crítica.

En primer lugar, analiza los argumentos clásicos a favor de la existencia de Dios. Frente al argumento cosmológico —la idea de que todo tiene una causa y, por tanto, el universo necesita una causa primera— Russell observa que si todo debe tener causa, entonces Dios también la necesitaría. Y si se permite una excepción, podría aplicarse al universo mismo. No ve en este argumento una necesidad lógica, sino una detención arbitraria de la cadena causal.

En cuanto al argumento del diseño, que sostiene que el orden del mundo implica un diseñador inteligente, Russell señala que el mundo dista mucho de mostrar perfección moral o estructural. El sufrimiento humano, la violencia natural y la imperfección biológica plantean, a su juicio, serias dificultades para atribuirle a la realidad un diseño benevolente. La teoría evolutiva, consolidada tras Charles Darwin, ofrecía además una explicación natural para la complejidad de la vida, reduciendo la necesidad de apelar a una mente creadora.

Pero la crítica de Russell no se limita a la metafísica. También aborda la dimensión moral del cristianismo. Aunque reconoce enseñanzas valiosas en los evangelios, cuestiona la originalidad absoluta de Jesús y compara su ética con la de figuras como Sócrates o Buda. Considera problemáticas doctrinas como el castigo eterno o el infierno, pues le parecen incompatibles con una ética verdaderamente compasiva. A su juicio, el miedo al castigo ha sido un instrumento frecuente de control religioso.

En obras posteriores como Religion and Science, Russell amplía su análisis y sostiene que históricamente la religión institucional ha entrado en conflicto con el avance científico. No niega que la religión haya tenido funciones sociales importantes, pero insiste en que esas funciones no justifican la aceptación de afirmaciones metafísicas sin evidencia.

Un aspecto central de su pensamiento es la llamada “carga de la prueba”. Russell ilustra este principio con la famosa analogía de una tetera orbitando el Sol: si alguien afirmara su existencia, no correspondería a los demás demostrar que no está allí; quien hace la afirmación debe aportar la evidencia. De igual modo, sostiene que la existencia de Dios es una afirmación extraordinaria que requiere pruebas proporcionales, pruebas que él no encontraba convincentes.

Russell no era cristiano ni religioso porque, desde su perspectiva filosófica, la fe no satisfacía los criterios de claridad conceptual y evidencia empírica que exigía a cualquier otra afirmación sobre la realidad. Su postura no fue simplemente negativa; estuvo acompañada de una defensa del humanismo racional, la libertad de pensamiento y la convicción de que el progreso moral e intelectual depende más del cuestionamiento crítico que de la adhesión a dogmas.

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