José María Quiñones
Seguramente usted, mi estimado Pelayo, no sepa que un día como hoy, hace 153 años que se proclamó la Primera República Española, después de la estampida, más que huida, de Amadeo I de Saboya, un "tolay" que se buscó de urgencia, después de ofrecer el trono español por las cortes de toda Europa, tras el, "adiós y con Dios muy buenas", de la borbona Isabel II, que se largó sin despedirse, pero llevándose el botín, claro; y aquel "tolay" italiano aguantó las zancadillas de los de siempre, los curas y la "gracia" del español dos años, en los que entre todos le hicimos la vida imposible y lo de la gobernanza cosa de titanes, pero antes de refugiarse en la embajada de su papá el rey Víctor Manuel II de Italia y volver a casita en un barco, Su Majestad Amadeo I nos dejó un mensaje de advertencia que de nada nos ha servido y ahí siguen los de siempre, los curas y la "gracia" del pueblo español: "si los enemigos de España fueran extranjeros, yo mismo los combatiría; pero todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra agravan y perpetúan los males de la Nación son españoles”, el caso mi estimado Pelayo es que la I República nos llegó plena y sin consolidar un 12, tras haber sido proclamada el día anterior, a toda prisa y sin saber muy bien qué hacer con ella, porque la mayoría de edad les llegó a los españoles siendo muy niños en la cosa esa de la libertad, y en mitad de un clima político convulso, marcado por la incapacidad de la monarquía para estabilizar el país, desde luego, pero también por la resistencia de los privilegiados, curas incluidos, a renunciar a ni uno solo de sus privilegios y arrimar el hombro en eso de hacer grande a la patria, en especial a la cosa de los tributos, porque aquellos privilegiados de la época ya pensaban como sus herederos de hoy, que una cosa es ser patriota, y otra distinta tener que sostener la patria, habiendo pobres para eso.
De modo que entre risas y caras circunspectas, nos alumbraron aquella I República, que era en realidad un experimento para poder comprobar si los españoles nos habíamos hecho adultos o seguíamos necesitando pañales, y resultó que sin el pañal monárquico, de la Iglesia y los de siempre, los españoles amanecíamos de cacota hasta las orejas, un pueblo acostumbrado a obedecer, a servir, a las cadenas y callar, de repente tuvo su destino en las manos y fue incapaz de tomarlo y construir un país, aún potencia mundial y adaptarlo a los nuevos tiempos industriales y de librepensamiento.
La cosa derivó en que republicanos federales, unitarios y radicales defendían modelos de república que eran incompatibles, lo que provocó tensiones entre el republicanismo desde el primer día, mientras que los de siempre, los monárquicos, los curas y los estómagos agradecidos a la corona, esperaban agazapados el momento de desenvainar el sable.
Durante su exigua existencia, la República sufrió una sucesión de presidentes que ríase usted de la lista de los reyes godos, una insurrección cantonalista (independentismo a "titplen", la guerra carlista y una crisis económica, como siempre.
La falta de apoyo en el ejército, como siempre, y entre las élites, unida a la ausencia de una base social sólida, la sentenció y finalmente, un general, Manuel Pavía acabó con el experimento en enero de 1874 y, meses después, otro general, esta vez general Martínez Campos, le clavó la tapa al ataúd republicano, y abrió la puerta a otro Borbón, Alfonso XII, que resultó tan chorizo como los demás, pero duró poco.
No hay comentarios:
Publicar un comentario