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viernes, 10 de julio de 2026


 

EL 9 DE JULIO DE 1939 MORÍAN MÁS DE UN CENTENAR DE PERSONAS EN LA EXPLOSIÓN EN PEÑARANDA DE BRACAMONTE, UNA TRAGEDIA CENSURADA Y OLVIDADA

Hacía tan solo tres meses que había terminado la Guerra Civil. El dolor y el desgarro por una terrible situación de penalidades y privaciones dominaba a una sociedad que estaba fuertemente controlada. El hambre y la lucha cotidiana por la supervivencia eran los principales denominadores a los que tenía que hacer frente un país que estaba totalmente devastado y a merced de los acontecimientos.

En medio de ese contexto, de incertidumbre y aspereza generalizadas, poco más de 90 días después del fin del conflicto bélico, el 9 de julio de 1939 la localidad salmantina de Peñaranda de Bracamonte sería escenario de una gran tragedia, que sería ocultada a la práctica totalidad de la sociedad de la época, que ya bastante atareada se encontraba en su propia supervivencia y en un devenir cotidiano plagado de dudas.

En la fecha antes indicada, concretamente en torno a las 11:19 horas de la mañana de un caluroso día del mes de julio, domingo para más señas, un tren militar cargado de bombas, munición y mercancías estaba estacionado en la vía junto a un polvorín central que había pertenecido al ejército republicano.

El tren de mercancías número 352 entró en la estación de Peñaranda de Bracamonte con una de las ruedas de sus vagones al rojo vivo debido a la fricción. El calor extremo o una chispa fortuita de esa rueda alcanzó la carga del propio convoy.

El convoy transportaba amonal (una mezcla altamente inestable de nitrato amónico, TNT y polvo de aluminio) junto con otros vagones cargados de munición. Al hacer contacto con el fuego de la rueda, los vagones estallaron en plena vía.

La brutal onda expansiva y el calor de la explosión del tren alcanzaron de manera inmediata al polvorín militar principal, ubicado justo al lado de las vías de la estación. En ese almacén se guardaban más de 300 toneladas de bombas de la Guerra Civil, que explotaron en un segundo estallido masivo que terminó por borrar del mapa la estación y los barrios colindantes.

El desastre causó más de un centenar de muertos y unos 1.500 heridos. Varias manzanas del municipio quedaron completamente arrasadas. El propio tren de mercancías y tres de sus vagones volaron literalmente por los aires. Se calcula que hubo entre 100 y 125 víctimas mortales en total. De muchas de ellas, alrededor de unas 45 personas, nunca se pudieron localizar los cuerpos debido a la pulverización causada por la onda expansiva.

Los heridos superaron los 1.500 civiles. Teniendo en cuenta que la localidad rondaba los 4.500 habitantes en aquella época, prácticamente la tercera parte de la población sufrió lesiones de diversa gravedad, lo que da una idea de la magnitud que provocó aquella tragedia, hoy en día muy desconocida para una gran parte de la sociedad española.

La gran mayoría de las víctimas mortales y heridos fueron población civil local. Dado que la explosión ocurrió en pleno casco urbano, justo al lado de viviendas e industrias locales, el impacto sobre los habitantes de Peñaranda de Bracamonte fue devastador.

La brutal doble explosión destruyó por completo unas 1.000 viviendas, dejando a miles de familias civiles en la calle de la noche a la mañana. Las industrias colindantes a las vías, como las fábricas de harinas y la de caucho, quedaron completamente arrasadas, sepultando a los civiles que se encontraban trabajando en su interior en ese momento.

Muchos niños y jóvenes de la época relataron que al escuchar el primer estruendo pensaron inmediatamente que la Guerra Civil no había terminado. Al ver los fogonazos y cascotes, la primera reacción de las familias fue correr a esconderse debajo de las camas o en los sótanos, creyendo que la aviación enemiga regresaba a bombardear el pueblo.

Quienes lograron salir a la calle describieron un cielo completamente negro de donde caían proyectiles sin explotar, metralla, piedras y restos del propio tren. Varios testigos narraron cómo la onda expansiva los levantó del suelo y los arrojó a metros de distancia, arrancándoles la ropa o dejándolos sordos temporalmente por la rotura de tímpanos generalizada.

Los supervivientes recordaban cavar con sus propias manos en las fábricas de harina y casas hundidas. El impacto psicológico más duro que relatan los mayores del pueblo fue el descubrir que decenas de vecinos, amigos o familiares directamente habían desaparecido por completo sin dejar rastro, desintegrados por la fuerza térmica del polvorín.

Los civiles supervivientes contaban cómo abandonaron Peñaranda a pie, descalzos, heridos y cubiertos de ceniza, caminando por las carreteras hacia localidades vecinas como Macotera o Nava de Sotrobal en busca de refugio.

Posteriormente, se creó el Patronato para la Reconstrucción de Peñaranda. Los medios censurados dejaron de hablar de los muertos y pasaron a centrarse exclusivamente en la supuesta "ayuda ejemplar" del gobierno y en el modelo de la nueva España, ocultando que muchas promesas de reconstrucción jamás llegaron a completarse.

La censura imperante silenció y minimizó la catástrofe de manera inmediata. Ocurrió apenas tres meses después de finalizar la Guerra Civil, en un momento en que el nuevo régimen intentaba proyectar una imagen de orden absoluto, paz, control y eficiencia. El aparato oficial ocultó el número real de muertos (que superaba el centenar).

Los periódicos de la época, tales como la prensa regional y nacional, recibieron órdenes drásticas para minimizar el impacto del trágico accidente. Se presentaron cifras de fallecidos drásticamente inferiores a las reales para no alarmar a la población.

Al estar tan reciente el fin de la guerra, el estallido generó el pánico generalizado de que se tratara de un atentado o un bombardeo de la resistencia republicana. Para cortar los rumores de inestabilidad política o fallos graves de la logística militar, el régimen impuso rápidamente la versión oficial de que se trató de un puro y fortuito accidente técnico (un sobrecalentamiento del eje de una rueda del tren).

Con estos mimbres, y en una situación todavía mucho más crítica que tres meses antes, los vecinos de Peñaranda de Bracamonte reiniciaban una muy dura y cruel posguerra, que para ellos se veía trágica y dramáticamente acrecentada por una gran tragedia a la que no fue ajeno ni un solo habitante de esta localidad. Ellos mismos, y nadie más, fueron quienes irguieron de nuevo a una gran villa que había quedado reducida casi a cenizas, al igual que si sufriesen el peor impacto de dos guerras juntas.

Tuvieron que pasar tres cuartos de siglo, hasta el año 2014, coincidiendo con el 75.º aniversario de la tragedia, para que se hiciese un mínimo de justicia con las víctimas de esa gran tragedia, para que cuando menos no decayesen en el olvido definitivo. El 9 de julio de 2014 el Ayuntamiento de Peñaranda de Bracamonte inauguró una escultura conmemorativa en memoria de las víctimas.

El monumento está situado de forma simbólica en el Paseo de la Estación, la zona que sufrió el impacto directo y donde se originó el estallido del tren y el posterior polvorín.

Cada 9 de julio, las autoridades municipales y los vecinos se reúnen junto a este monolito para realizar una ofrenda floral y guardar minutos de silencio. El tañido de las campanas de la localidad acompaña el acto para honrar a los fallecidos y heridos.

A pesar de la existencia de esta escultura en la estación, algunos familiares de las víctimas y colectivos locales todavía reclaman que se cumplan antiguas promesas, como la instalación de un gran monolito con los nombres de todos los fallecidos en el cementerio o la asignación de una calle dedicada específicamente a ellos.

FOTO DE LA EXPLOSIÓN DE PEÑARANDA DE BRACAMONTE. ARCHIVOS DE LA JUNTA DE CASTILLA Y LEÓN.


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