Cuando observo la rigidez de quienes defienden al pie de la letra la genealogía bíblica, no puedo evitar sentir una profunda extrañeza. Se aferran a la idea de que toda nuestra especie desciende de un solo par de seres humanos, Adán y Eva, y cuando se les confronta con la imposibilidad lógica y biológica de poblar el mundo sin recurrir al incesto sistemático, su respuesta es el silencio o una huida hacia la fantasía de una "pureza genética" original que jamás existió.
Es fascinante y, a la vez, desalentador ver cómo el ser humano es capaz de sacrificar la razón en el altar del dogma. Al tratar un texto literario antiguo —rico en símbolos, arquetipos y verdades teológicas— como si fuera un manual de biología moderna, estos grupos terminan atrapados en una contradicción que ellos mismos consideran aborrecible. Lo hacen porque, para ellos, cuestionar la literalidad de ese origen significaría admitir que la historia de la "Caída" y la necesidad de una redención externa es una construcción humana, y no un hecho histórico inamovible.
Cuando leo esos textos, no veo un registro civil, sino la voz de una cultura antigua intentando dar sentido a su existencia a través de relatos fundacionales, tal como lo hicieron otros pueblos del Oriente Próximo con sus propios mitos. Pero al despojar al Génesis de su riqueza simbólica, los fundamentalistas lo reducen a una narrativa que, analizada desde la realidad, se vuelve insostenible. Prefieren sostener que la humanidad comenzó a través de uniones consanguíneas, ignorando lo que la ciencia y la historia nos enseñan, solo para no dejar que su castillo de naipes se derrumbe.
La verdadera grandeza del conocimiento no reside en forzar la realidad para que encaje en libros escritos hace milenios, sino en entender la evolución de nuestro pensamiento. Reconocer que la Biblia es un documento humano —producto de su tiempo, de su cultura y de sus limitaciones— no le quita valor; al contrario, le devuelve su humanidad. Es mucho más noble, creo yo, buscar la verdad en el estudio riguroso, en las lenguas originales y en la historia crítica, que refugiarse en una ceguera voluntaria que, al final, solo genera más ignorancia y un fanatismo que se alimenta de negar lo evidente.
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