A menudo nos venden una historia edulcorada, una versión de la Iglesia como la gran protectora de las artes y la madre de las universidades, pero es hora de diseccionar ese mito con el bisturí de la realidad histórica. Seis siglos. Seis siglos de Inquisición. ¿De verdad pretenden hacernos creer que, en seiscientos años de un poder omnímodo y un control absoluto sobre el pensamiento, el saldo de ejecuciones es tan insignificante como nos cuentan? Las cifras oficiales son un insulto a la inteligencia; solo hay que observar lo que ocurrió con los templarios, donde una sola purga superó por mucho los miles que pretenden registrarnos como el total histórico. Es una contabilidad de la muerte que no cuadra, y que ignora a las legiones de personas cuyas vidas fueron devoradas por un sistema que no dejaba rastro de sus víctimas.
Y no puedo dejar de señalar esa otra gran falacia: la de los científicos del Renacimiento que, según ellos, creían porque querían creer. Es una lectura cínica de la historia. ¿Qué libertad de conciencia podía existir cuando el precio de la duda era la hoguera? Muchos de esos genios no eran devotos por elección, sino por necesidad; estaban atados a una confesión obligatoria para no ser ejecutados. El intelecto, en aquella época, no era libre; era un rehén que aprendió a sonreírle a su carcelero para poder sobrevivir. Es momento de dejar de llamar 'aportes' a lo que en realidad fue una supervivencia bajo el terror, y de reconocer que la historia que nos han contado ha sido, durante demasiado tiempo, la historia que el verdugo escribió para limpiar su propia imagen.
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