El ridículo facha
La ultraderecha ya no necesita botas brillantes ni marchas militares para avanzar. Ahora entra por la pantalla, por el algoritmo, por el meme, por la provocación de baratillo y por esa falsa rebeldía de señoritos que se creen peligrosos porque insultan desde un podcast. Darío Adanti lo resume en el nuevo Manual antifascista de Mongolia, que llega a librerías el 8 de julio con una idea muy simple y muy necesaria: hay que reírse de la ultraderecha porque son peligrosos, sí, pero también objetivamente ridículos. Y eso les molesta. Mucho. Porque el fascismo necesita miedo, solemnidad, obediencia y caras serias. La sátira le baja los humos.
El problema es que el fascismo digital no viene solo. Viene financiado, amplificado y envuelto en estética de modernidad. Adanti apunta a la ambición de los tecnoligarcas, esos nuevos amos del mundo que han descubierto que la democracia les estorba para competir, acumular y mandar sin límites. Elon Musk, Peter Thiel, Alex Karp. Nombres propios de un capitalismo que vende libertad mientras diseña herramientas para vigilar, disciplinar y enriquecer a unos pocos a costa de todas y todos. Y, mientras tanto, la batalla cultural se libra en redes creadas por los mismos intereses que alimentan a la ultraderecha. Bonito tablero. Fichas trucadas desde el principio.
Luego está la gran estafa del lenguaje. Los reaccionarios se llaman “libertarios” mientras atacan derechos básicos, se presentan como rebeldes mientras obedecen al dinero, dicen combatir al Estado mientras lo toman para reprimir protestas y perseguir a personas migrantes. Steve Bannon entendió hace tiempo que controlar las palabras es preparar el terreno para que lo intolerable parezca normal. Y cuando la cosa se les desmonta con humor, aparece la otra cara: amenazas, acoso judicial y matonismo. Mongolia denuncia protección policial en shows en Valencia antes de la pandemia, ultras en Cartagena, amenazas en Sevilla, nazis expulsados de teatros durante Chistes contra Franco y una campaña judicial desde 2023 impulsada por agrupaciones ultras como HazteOir. Esa es la “libertad” que defienden: poder señalar sin que nadie se ría de ellos. Pues mala suerte. El fascismo también se combate señalando lo que más odia admitir: que debajo del odio, la pose y el dinero, hay mucho ridículo.