Un acto franquista en un colegio concertado y el silencio que lo permite
- Un centro sostenido con dinero público cedió su espacio a la exaltación de una dictadura mientras las autoridades miraban hacia otro lado.
El 20 de enero, Zaragoza amaneció con una denuncia que no admite matices ni equidistancias. En las instalaciones del Colegio San Vicente de Paúl, un centro privado concertado, se celebró un acto de exaltación del franquismo organizado por la Fundación Francisco Franco, coincidiendo con el 50 aniversario de la muerte del dictador. No fue un error logístico ni una cesión inocente. Fue una decisión política en un espacio educativo financiado con fondos públicos.
La coordinadora antifascista de Zaragoza exige la dimisión inmediata de la directora y del equipo directivo del centro. Y no es una demanda retórica. Permitir la apología de una ideología responsable de represión, asesinatos y persecuciones en un lugar destinado a la educación infantil vulnera los valores democráticos que el propio sistema educativo dice defender. Más aún cuando el acto había sido cancelado previamente en un hotel tras una campaña de denuncia pública y acabó encontrando refugio en un colegio.
Entre quienes intervinieron estuvieron el general Juan Chicharro Ortega, el agitador Eduardo García Serrano y un sacerdote identificado como Juan Antonio. Entre el público se encontraba el diputado de Vox en las Cortes de Aragón, Fermín Civiac. La normalización de estos perfiles en un entorno escolar no es neutralidad ideológica: es complicidad institucional.
UN COLEGIO CONCERTADO NO ES UN ESPACIO PRIVADO
El centro es concertado. Esto importa. Recibe dinero público. Y, por tanto, está sujeto a un deber reforzado de diligencia democrática. La dirección del colegio negó inicialmente los hechos y, más tarde, reconoció que el acto se celebró en sus instalaciones alegando que fue “un favor personal” y que desconocían el contenido. No es creíble. No lo es cuando el organizador es una fundación conocida por su apología de la dictadura. No lo es cuando el motivo del encuentro era conmemorar los 50 años de la muerte de Franco. No lo es cuando el propio historial de algunas y algunos ponentes incluye insultos misóginos en televisión y discursos de odio contra el colectivo LGTBIQ+.
Ceder un aula o un salón de actos no es un gesto administrativo. Es una decisión con consecuencias. Y hacerlo en un centro educativo implica legitimar simbólicamente ese mensaje ante la comunidad escolar. Las niñas y los niños no asistieron al acto, dirán. La pedagogía del silencio también educa. Educa en la idea de que el franquismo puede camuflarse como “opinión”, de que la memoria democrática es negociable y de que el dinero público no exige responsabilidades.
La Fundación Francisco Franco, que se encuentra en proceso de disolución por incumplir la Ley de Memoria Democrática, presumió en su web de haber mantenido el lugar “con toda discreción” para evitar presiones o boicots. La discreción como estrategia para burlar la ley. La clandestinidad blanqueada como acto “privado y respetuoso”. El lenguaje del franquismo adaptado al siglo XXI.
LA IMPUNIDAD FRANQUISTA SIGUE ENTRANDO POR LA PUERTA DE ATRÁS
Desde la Gobierno de Aragón, la Consejería de Educación se ha limitado a recordar que en los centros concertados corresponde a la dirección el “uso responsable de los espacios” y que toda ideología debe quedar fuera de las aulas. Una afirmación correcta que llega tarde y se queda corta. Porque aquí no se coló una ideología cualquiera, sino la exaltación de un régimen criminal. Y porque mirar hacia otro lado también es una forma de permitir.
Las entidades antifascistas lo dicen con claridad: el franquismo no es una opinión. Es una ideología criminal. Su exaltación no puede tener cabida en centros educativos ni en ningún espacio sostenido con dinero público. Por eso anuncian la incorporación del Colegio San Vicente de Paúl a su campaña pública de denuncia contra los espacios de extrema derecha.
Este episodio no es una anécdota local. Es el síntoma de una impunidad que persiste, de una derecha que blanquea y de unas instituciones que administran la memoria como si fuera un trámite. Mientras se recortan recursos educativos y se invoca la neutralidad, el franquismo sigue encontrando salas, micrófonos y complicidades.
Cuando una dictadura entra en un colegio, no lo hace sola: alguien le ha abierto la puerta.
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