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CENSURADA
Desde la retórica religiosa, del cristianismo primitivo paulino y en el mundo cristiano evangélico, siempre se ha inculcado este dogma humano como si fuera divino. Desde niños nos dicen que hemos nacido pecadores y que Jesús murió por nosotros. Pero, sinceramente, ¿alguien puede tener un pensamiento tan infantil como para creer que un Dios omnipotente, creador del universo —de miles de galaxias, billones de planetas y billones de estrellas— necesita sacrificios humanos, ver sangre de borregos o incluso sangre humana?
Y más aún, resulta todavía más enfermizo pensar que ese mismo Dios haya planificado, desde la preexistencia, la ejecución de su propio hijo, enviándolo a un planeta remoto, cósmicamente insignificante, habitado por una raza humana igualmente limitada, para que lo torturen y lo ejecuten, y que esa misma ejecución sirva para darle perdón a esa misma creación. Es una idea profundamente infantil, incluso esquizofrénica en su estructura. Claramente estamos ante una construcción teológica posterior.
Esto responde, en gran medida, a una elaboración post-paulina. Lo que hace Pablo es releer, en retrospectiva, Isaías 53 e introducir a Jesús en ese relato para hacerlo encajar, para darle sentido a una ejecución que, en su origen, fue política y religiosa. A partir de ahí, el enfoque cambia: ya no se trata de un conflicto contra los romanos, sino contra enemigos metafísicos como el pecado y la muerte. Es decir, se da una inversión completa: de lo político a lo metafísico. Y eso es, claramente, una estrategia teológica.
Además, la idea de que Jesús ya sabía que iba a morir, o que todo era parte de un plan divino, no proviene del Jesús histórico, sino de los evangelistas, que ponen esas palabras en su boca. Son construcciones teológicas posteriores para sostener la idea de que él no fue capturado ni ejecutado como víctima, sino que “se entregó”. Pero eso es teología, no historia.
Históricamente, Jesús murió acusado de sedición, bajo cargos políticos ante Roma. Seguramente había tensiones religiosas de fondo, pero las autoridades judías no tenían el poder ni la autoridad para ejecutar a nadie. Por eso tuvieron que presentarlo bajo acusaciones políticas: que incitaba a no pagar impuestos, que promovía una insurrección contra Roma, que se proclamaba Mesías en sentido político, que aspiraba a ser rey en Judea.
Al final, lo que muchos creen como historia es teología reinterpretada, reconstruida —especialmente a partir de Pablo—. Pero la realidad histórica es mucho más simple: Jesús fue acusado de un delito político ante Roma, y Roma aplicó el derecho romano vigente en sus provincias. La crucifixión no era un castigo por predicar ideas religiosas, sino una pena reservada para insurrectos, zelotes, esclavos y todo aquel considerado una amenaza para el orden imperial. Siempre bajo cargos políticos, no teológicos.
posdata: siento no ser tan amable o diplomático como Ehrman
( Osmin Zaldaña, profesor en ciencias bíblicas)
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