Buscar este blog

sábado, 14 de marzo de 2026

La inteligencia de EEUU abre una guerra contra Trump Los informes de seguridad contradicen el relato de la Casa Blanca sobre Irán y agravan la presión sobre el presidente Suren Gasparyan ElPlural 14-3-26 No está claro qué busca exactamente Estados Unidos en la guerra con Irán, pero sí empieza a quedar claro algo más incómodo para Donald Trump: ni el Pentágono comparte del todo su relato ni la inteligencia estadounidense avala que los bombardeos vayan a derribar al régimen de Teherán. A medida que el conflicto avanza hacia su segunda semana, en Washington empieza a aflorar una grieta que va más allá del debate táctico. No se trata solo de cuánto puede durar la ofensiva o de qué respuesta puede articular Teherán. Lo que está en juego es algo más delicado: la distancia entre el discurso político de la Casa Blanca y las conclusiones que manejan los propios aparatos de seguridad del Estado estadounidense. Esa discrepancia ya no puede esconderse demasiado. El Pentágono ha sostenido que no había un riesgo nuclear inminente que justificara ciertos tonos de urgencia. También ha confirmado que el Tomahawk utilizado era estadounidense, despejando cualquier intento de ambigüedad sobre la implicación militar de Washington. Y, al mismo tiempo, ha enfriado una de las tesis más sensibles para Trump: la idea de que la presión militar pueda desembocar en la caída del régimen iraní. Ese diagnóstico, compartido por informes de inteligencia citados por Reuters a partir de fuentes familiarizadas con el asunto, deja al presidente ante una evidencia incómoda. La guerra puede escalar. Lo que no está nada claro es que sirva para cumplir los objetivos que se sugieren desde la Casa Blanca. Según esas evaluaciones, el liderazgo iraní permanece prácticamente intacto y no afronta un riesgo real de colapso a corto plazo. La estructura de poder de la República Islámica no habría sufrido una erosión decisiva pese a los ataques. Tampoco se aprecia, al menos por ahora, una fractura interna capaz de convertir el castigo militar en un derrumbe político. Eso desmonta uno de los marcos que sobrevuelan cada vez que Estados Unidos o Israel elevan la presión sobre Teherán: el de una implosión del régimen como desenlace más o menos plausible. El Pentágono desmonta el relato de Trump La fotografía que dibujan esos informes no invita precisamente al triunfalismo. La eliminación del ayatolá Ali Jamenei en el primer día de ofensiva, lejos de haber desarticulado el sistema, no habría debilitado la cohesión de la autocracia iraní. Más bien al contrario. El aparato del régimen conserva el control del país, mantiene sus resortes coercitivos y sigue proyectando una imagen de continuidad. La designación del hijo de Jamenei como nuevo líder supremo refuerza esa lectura: frente a cualquier expectativa de apertura o desorden interno, el poder ha optado por cerrar filas y garantizar una sucesión alineada con los sectores más duros del Estado, incluida la Guardia Revolucionaria. Ese movimiento no es menor. En una situación de guerra, la continuidad importa tanto como la fuerza. Que el núcleo dirigente iraní haya sido capaz de asegurar el relevo sin señales públicas de descomposición lanza un mensaje hacia dentro y hacia fuera. Hacia dentro, de control. Hacia fuera, de resistencia. Y esa realidad choca con la lógica política que Trump necesita vender. Porque una ofensiva de este calibre exige algún tipo de horizonte. Si no hay colapso del régimen, si no hay neutralización total de la amenaza nuclear y si tampoco está claro cuál es el final deseado, la pregunta se impone casi sola: ¿para qué exactamente se está librando esta guerra? La inteligencia estadounidense tampoco considera especialmente viable una de las alternativas que a veces se deslizan en este tipo de escenarios: fomentar un derrocamiento desde los márgenes, en este caso mediante las milicias kurdas iraníes asentadas en Irak. Los informes manejados por el Pentágono apuntan a que esos grupos carecen de la capacidad militar necesaria para una operación de ese calibre. No tienen efectivos suficientes. Tampoco potencia de fuego. Donald Trump ya descartó el sábado esa opción al reconocer que la entrada de los kurdos haría la guerra “más compleja de lo que ya es”. La frase, más que despejar dudas, revela hasta qué punto la Casa Blanca se mueve entre opciones malas y peores. Con ese tablero, Washington se enfrenta a una disyuntiva sin salida limpia. Puede intentar cerrar el conflicto cuanto antes, limitando daños y vendiendo algún tipo de éxito parcial. O puede optar por intensificar la ofensiva, incluso con una implicación militar mayor sobre el terreno, con la esperanza de que el aumento de la presión altere por fin el equilibrio interno en Irán. El problema es que ninguna de esas dos rutas garantiza una resolución estable. Ninguna permite asegurar que el escenario resultante vaya a ser mejor que el actual. Una retirada prematura dejaría a un Irán herido, pero no neutralizado. Golpeado, pero todavía operativo. Y quizá más inclinado que nunca a sacar conclusiones estratégicas de lo ocurrido. Ahí entra en juego un factor central. El Organismo Internacional de Energía Atómica cree que Teherán aún conserva reservas de uranio enriquecido al 60% de pureza, un nivel muy cercano al 90% requerido para fabricar un arma nuclear. Esas reservas estarían guardadas en un complejo de túneles en Isfahán que apenas sufrió daños durante la guerra de doce días del pasado junio, cuando Israel y Estados Unidos fijaron como objetivo la destrucción del programa nuclear iraní. La lectura que puede hacer Teherán es tan obvia como inquietante. Si incluso después de ser atacado sigue en el punto de mira de sus enemigos, la tentación de dotarse finalmente de la bomba gana peso. No como gesto de desafío abstracto, sino como póliza de seguros. Como garantía de supervivencia. Corea del Norte aparece inevitablemente en ese espejo. También es un régimen hermético. También vive enfrentado a Washington. Pero dispone de misiles nucleares, y eso cambia toda la ecuación. Nadie se atreve a golpearlo del mismo modo. El riesgo de una escalada sin salida clara Irán, además, ha comprobado durante esta guerra que no necesita vencer militarmente a sus adversarios para dañar sus intereses. Le basta con tensionar algunos puntos neurálgicos del sistema regional y global. El bloqueo del estrecho de Ormuz, o incluso la amenaza creíble de hacerlo, tiene capacidad para alterar mercados, encarecer la energía y sembrar incertidumbre internacional. A eso se suma la posibilidad de bombardear a vecinos del Golfo, una maniobra que multiplica la presión sobre las petromonarquías de la zona y exhibe las limitaciones de la protección estadounidense.

No hay comentarios:

Publicar un comentario