Feijóo nunca está cuando se le necesita: ni con la luz, ni con la gasolina, ni con la gente
Feijóo se abstuvo porque sabía que el decreto iba a salir adelante. Sabía que su voto no era decisivo, que no hacía falta para aprobar las medidas
MiguelAngel Heredia Díaz
28-3-26
ElPlural
Esta semana ha vuelto a ocurrir. En un momento en el que miles de familias y empresas miran al Congreso de los Diputados esperando respuestas, Alberto Núñez Feijóo eligió no estar. Ni sí ni no: abstención. Una decisión calculada que dice mucho más de lo que parece: cuando toca implicarse en proteger a la ciudadanía, como siempre, el expresidente gallego nunca está y nunca da la cara.
El Gobierno sacó adelante un real decreto para amortiguar el impacto económico de la guerra de Irán en la vida cotidiana. Medidas concretas, con efecto directo en el bolsillo. No era un debate menor: era la factura de la luz, el precio del combustible, la estabilidad de miles de pequeñas empresas. Y, una vez más, Feijóo decidió no apoyar. Se opone sistemáticamente a cualquier medida que mejore la vida de la gente.
El decreto aprobado no es un tema secundario. En un contexto internacional inestable, con tensiones que disparan los precios de la energía, el Gobierno de Pedro Sánchez intenta contener el golpe en lo cotidiano. Por ejemplo, actuar sobre el precio de los combustibles significa algo muy concreto: que quienes dependen del coche —trabajadores, autónomos, transportistas— no vean cómo su economía se desmorona cada vez que sube el petróleo. No es un dato técnico, es una realidad diaria. Es poder seguir yendo a trabajar sin que llenar el depósito sea un problema.
Lo mismo ocurre con la electricidad. Cuando se toman medidas para contener el precio de la luz, lo que se hace es evitar que miles de hogares tengan que elegir entre encender la calefacción o llegar a fin de mes.
Y no solo hogares: también pequeñas y medianas empresas que viven al límite en situaciones como estas. Un bar, una tienda, un taller… negocios que dependen de cada factura para seguir abiertos. Cuando sube la energía sin control, muchos de ellos no aguantan. Por eso, este tipo de decretos no son ideológicos: son herramientas para sostener el tejido social y económico del país.
En ese contexto, la abstención de Feijóo es importante. Es una decisión política con significado. Porque no estamos hablando de una ley simbólica, sino de medidas concretas que alivian la vida de la gente. Y aun así, el aún líder del PP decidió no apoyarlas.
Pero hay algo más relevante. Feijóo se abstuvo porque sabía que el decreto iba a salir adelante. Sabía que su voto no era decisivo, que no hacía falta para aprobar las medidas, y por eso eligió esa posición sin implicarse. En el fondo, ha tratado de escaquearse. Porque, si su voto hubiese sido necesario, habría sido un “no”, como ha hecho sistemáticamente con casi todas las iniciativas que han supuesto avances sociales o mejoras económicas para la mayoría.
Ese es el patrón: cuando puede tumbar una medida, vota en contra; cuando no puede, se abstiene para evitar el coste político. Pero en ningún caso se implica en mejorar la vida de la gente. Nunca acompaña. Nunca construye. Nunca está.
Mientras tanto, el discurso del líder del PP sigue girando en torno a una promesa recurrente: bajar impuestos. Una promesa que choca con los antecedentes de su propio partido. Nunca nadie ha subido más los impuestos en España que un Gobierno del PP: fueron más de 50 veces. Eso sí, solo a las clases medias trabajadoras, porque a los más ricos se los bajaron, aprobando amnistías fiscales para los grandes defraudadores.
Conviene recordarlo con ejemplos concretos. Fue el PP quien aprobó una de las mayores subidas del IVA de la historia reciente, elevando el tipo general del 18% al 21% y el reducido del 8% al 10%, con impacto directo en el consumo y en el bolsillo de millones de ciudadanos.
Pero no fue solo el IVA. También se incrementó el IRPF, afectando especialmente a las clases medias. Se endurecieron tasas y se multiplicaron figuras impositivas en distintos ámbitos. En conjunto, se produjeron numerosas subidas de impuestos durante su etapa en el Gobierno.
También subieron, y mucho, las tasas universitarias; y hay otro elemento que no se puede olvidar: la implantación del copago sanitario. Una medida que trasladó directamente a los ciudadanos el coste de los medicamentos, afectando especialmente a pensionistas y personas con menos recursos. Resulta difícil sostener un discurso de bajada de impuestos tras decisiones de ese calibre.
Esa es la contradicción central del discurso de Feijóo: prometer alivio fiscal mientras se ignora —o se intenta minimizar— un historial de subidas generalizadas y recortes encubiertos. Y, al mismo tiempo, no apoyar medidas actuales que sí buscan aliviar el coste de la vida de forma directa.
Porque, al final, la política no se mide en eslóganes. Se mide en decisiones concretas, en votos, en momentos como el de ayer. Y ahí es donde se ve quién está dispuesto a implicarse y quién prefiere mantenerse al margen.
Feijóo no estuvo con quienes dependen del coche para trabajar. No estuvo con quienes miran con preocupación la factura de la luz. No estuvo con los pequeños negocios que necesitan estabilidad para sobrevivir. No estuvo, en definitiva, con la mayoría social de este país.
Se puede defender la abstención como una posición legítima. Pero lo que no se puede ocultar es lo que significa: no querer asumir responsabilidad; no querer apoyar; no querer estar.
España necesita una oposición que critique, sí, pero también que proponga y acompañe en momentos difíciles; que esté a la altura cuando la situación lo exige; que entienda que hay decisiones que van más allá del interés partidista.
Pero Feijóo ha elegido otro camino: el de la distancia, el de la negativa constante o la abstención calculada, el de no implicarse cuando las medidas son necesarias, pero no le resultan rentables políticamente.
Y eso tiene un coste. No para él, sino para la calidad del debate público y, sobre todo, para quienes esperan soluciones reales a problemas reales.
Porque, al final, todo se reduce a una pregunta muy sencilla: ¿dónde está Feijóo cuando se le necesita? El jueves, en el Congreso, volvió a quedar claro. No estaba.
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