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CENSURADA
Historias de teología oscura está con Axel Drummer y Christopher Claudio.
La clave real del éxito del cristianismo, tanto en el mundo antiguo del Mediterráneo como hasta nuestros días, radica en su promesa central: ofrecer la vida eterna “gratis”, simplemente por la fe. Esta propuesta resultó revolucionaria y extremadamente atractiva en contextos donde la muerte y la incertidumbre sobre el más allá eran una constante, porque ofrecía un futuro seguro, un premio que trascendía la vida terrenal.
Siempre me he preguntado: si no existiera este sistema de recompensa y castigo, si no hubiera promesa de vida eterna, ¿realmente las personas se comportarían moralmente de la misma manera? ¿Evitarían el exceso, la infidelidad, la violencia o el robo, simplemente por convicciones internas, sin la presión de un cielo que premia y un infierno que castiga? Mi impresión es que probablemente no. El sistema cristiano funciona, en buena medida, como un intercambio: “Yo me porto bien, tú me das la vida eterna”. La moral se convierte entonces en un contrato, no en un juicio personal sobre lo que es correcto o justo.
Quien se pregunta “¿quién me libra del castigo eterno?” lo está haciendo dentro de esa lógica de intercambio. Y es precisamente aquí donde la crítica histórica‑crítica se vuelve importante: si la conducta moral depende del miedo o de la promesa de recompensa, entonces no estamos ante un comportamiento genuinamente ético, sino ante una obediencia condicionada.
Voltaire señalaba algo fundamental al respecto: la moral no debería depender del chantaje o de la amenaza del cielo y el infierno; la razón humana es suficiente para discernir lo que es correcto y decidir actuar de manera ética. Estoy de acuerdo con esa perspectiva, aunque mi propia teoría sobre el origen del mal es más compleja y no la desarrollaré aquí.
Pero lo que sí puedo afirmar es que muchos cristianos, históricamente y hoy, probablemente no actuarían de la misma manera si no existiera la promesa de vida eterna ni el castigo del infierno.
El cristianismo, entonces, construyó su éxito sobre esta estrategia psicológica y social: ofrecer un premio intangible y eterno, que motivara la conducta de sus seguidores más allá de la vida terrenal. Es un triunfo de la retórica sobre la razón moral, un sistema que transforma la ética en un contrato entre el ser humano y la divinidad, con la vida eterna como moneda de cambio.
-- Osmin Zaldaña
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