Esclavos de Franco
Esa famosa España que dicen que levantó Franco es, en realidad, un gigantesco monumento a la esclavitud. Es fascinante cómo los nostálgicos del régimen repiten el mantra de que el dictador creó la infraestructura del país, cuando la verdad es que España no se construyó con la visión de un iluminado, sino con el sudor, la sangre y la muerte de los vencidos. Mientras los vencedores se repartían los cargos y los negocios, los verdaderos constructores de la nación estaban desnutridos, encadenados y obligados a trabajar en condiciones de exterminio en los campos de concentración y los batallones de trabajadores.
Desde Miranda de Ebro hasta Castuera, pasando por los destacamentos penales repartidos por toda la geografía, el sistema fue un modelo de explotación industrializada. Los prisioneros, hombres que habían defendido la legalidad de la Segunda República, fueron utilizados como mano de obra gratuita para construir las carreteras, pantanos y edificios que los franquistas luego se pavoneaban de haber regalado a los españoles. Fueron ellos quienes abrieron túneles, drenaron marismas y levantaron puentes, a menudo cayendo muertos por agotamiento o disparados por sus guardianes, mientras sus familias sufrían el estigma y la miseria.
Así que, cuando alguien te suelte la boutade de que el Caudillo modernizó España, recuérdale que el progreso tiene nombre y apellidos: se llama República. Quienes hicieron el trabajo pesado, quienes pusieron el hombro para sacar al país de la ruina tras la guerra provocada por el golpe militar, no fueron los generales de despacho ni los terratenientes que financiaron la insurrección, sino los derrotados. Aquella España que presumen de haber levantado es el fruto del trabajo forzado de quienes ellos querían exterminar. En un giro irónico que la historia no perdona, la arquitectura del régimen franquista es, en esencia, la última gran obra del ingenio y la resistencia republicana. Al final, el legado del que tanto alardean los fascistas es, pura y simplemente, un catálogo de obras públicas construidas sobre la dignidad y los huesos de aquellos a quienes intentaron borrar del mapa.
Texto de Olegario González Fernández
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