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domingo, 12 de julio de 2026

 

Durante décadas, una de las víctimas de uno de los crímenes médicos más atroces del nazismo no tuvo un nombre completo en la memoria pública. Solo un número.

107969.

Ese número estaba tatuado en el antebrazo de Menachem Taffel, un judío nacido en 1900 en la región de Galitzia y radicado después en Berlín. Allí formó una familia con Klara Schenkel y tuvo una hija llamada Ester.

En marzo de 1943, Menachem, su esposa y su hija fueron deportados de Berlín a Auschwitz. Klara y Ester fueron asesinadas al llegar. Menachem fue seleccionado para trabajo forzado y recibió el número que, años después, permitiría reconocerlo.

En junio de 1943 fue elegido junto a otros prisioneros por antropólogos de las SS para un proyecto dirigido por August Hirt, profesor de anatomía de la Reichsuniversität de Estrasburgo.

La intención era crear una colección de esqueletos judíos destinada a servir como supuesta “prueba científica” de la ideología racial nazi.

En total, 86 hombres y mujeres judíos fueron trasladados desde Auschwitz al campo de concentración de Natzweiler-Struthof, en Alsacia. Entre el 11 y el 19 de agosto de 1943 fueron asesinados en la cámara de gas del campo.

Después, sus cuerpos fueron enviados al Instituto Anatómico de Estrasburgo.

Cuando las tropas aliadas entraron en Estrasburgo en noviembre de 1944, encontraron los restos en los sótanos del instituto. El proyecto nunca llegó a completarse, pero el crimen ya estaba hecho.

Durante muchos años, Menachem Taffel fue la única víctima identificada con certeza, gracias al número visible en una fotografía tomada después de la liberación. En 1970, Hermann Langbein, sobreviviente de Auschwitz y dirigente del Comité Internacional de Auschwitz, pudo reconocerlo a partir de ese número.

Los otros 85 nombres tardaron décadas en regresar.

El investigador Hans-Joachim Lang logró identificarlos comparando listas de números de prisioneros con documentos conservados de Auschwitz y Estrasburgo. Su trabajo fue publicado como Los nombres de los números.

Ese título resume la verdadera reparación posible: devolverles identidad a quienes el nazismo intentó reducir a material de laboratorio.

Menachem Taffel no era un cuerpo anónimo.

Era esposo. Padre. Comerciante. Vecino de Berlín. Un hombre con una vida antes del número.

Y junto a él había otros 85 seres humanos que también tuvieron nombres, familias, idiomas, hogares y recuerdos.

La ciencia, cuando se arrodilla ante una ideología de odio, puede convertirse en instrumento de destrucción.

La memoria, en cambio, hace el camino contrario: toma los números y vuelve a pronunciarlos como nombres.


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