El presidente de los obispos, Luis Argüello, decía este jueves que «cuando un Estado se olvida de la ética se convierte en una banda de ladrones», acompañado de un «A los hechos me remito».
.Llevaba tiempo preguntándome cuándo los obispos pondrían en práctica aquello de «el que pueda hacer que haga». A ver, que levante la mano el colectivo que falta para intentar tumbar a este Gobierno y lograr que vuelvan a gobernar los nietos de sus abuelos.
.Me imagino que, si no habían salido antes, fue por la visita del Papa. Y ayer era un día clave para tratar de tapar las poco afortunadas palabras de ese que dice que no es presidente porque no quiere, culpando a los trabajadores de cogerse la baja por deporte y dando a entender que, por tanto, no habría que pagarles.
.Estos obispos, además de ser más falsos que un duro de Amadeo, ya que cuando ha estado aquí su jefe le han dicho a todo que sí, buana, demuestran que no están por la labor de practicar la misericordia que el pontífice reclamaba hacia los más necesitados y los inmigrantes. Resulta especialmente cínico que hablen de que las «paguitas» sirven para comprar voluntades, precisamente ellos, que viven —y viven muy bien— de esas mismas ayudas.
.¿Qué pretenden? No quedarse en fuera de juego respecto a la derecha. Perciben que puede producirse un cambio político y necesitan situarse en el lugar que consideran que les corresponde para seguir chupando del bote. Es la misma estrategia que han seguido durante siglos: estar siempre al lado del poder que más calienta.
.Salvo honrosas excepciones —que, haberlas, ahílas— y de quienes viven su fe de manera sincera, algo que ni se puede discutir ni reprochar, abundan quienes parecen empeñados en mantener encendido el pebetero para que la luz no se apague y puedan seguir viviendo de la sopa boba.
.El primero que no aprobaría estos comportamientos sería Jesucristo, si todo lo que se ha escrito sobre él es cierto, y yo no tengo por qué dudarlo. Lo primero que haría sería dejar el Vaticano como un chozo e irse a vivir antes con la gente de la Cañada Real que con la de la calle Serrano de Madrid, o con la del barrio de La Mina que con la del paseo de Gràcia de Barcelona. Porque, si algo caracterizó su vida y le costó la muerte, fue su lucha incansable por estar siempre del lado de los menos afortunados, y no del poder establecido.
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El Bellotero .
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