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miércoles, 22 de febrero de 2017

El espeluznante sagrado negocio de los bebés robados.

Diario Público
Amnistía Internacional Querella en México por un bebé robado en el franquismo que salpica a la Iglesia católica
Amnistía Internacional presenta ante la Procuraduría General Mexicana una querella por un presunto caso de bebé robado en España en 1968. Se trata de Ligia Ceballos, una mujer que hace unos años descubrió que había sido adoptada. 
MADRID
ALEJANDRO TORRÚS

Amnistía Internacional ha presentado este jueves una querella ante la Justicia de México por un presunto caso de bebé robado en España en el año 1968. Es el caso de Ligia Ceballos Franco (Lily), una mujer de 48 años que hace 15 conoció que no era hija natural de sus padres y que ahora, tras años de investigación, cree que su verdadero nombre es María Diana Ortiz Ramírez y que en realidad no nació en México sino en Madrid en 1968. 

La historia es la siguiente. Los padres de Ligia Ceballos Franco confesaron hace ahora 15 años a Ligia Ceballos que se trataba de un hija adoptada y que en mayo de 1968 habían viajado a Madrid para "conseguirla". Los padres adoptivos describieron que habían llegado a España tras solicitar ayuda al Arzobispo de Yucatán que, a su vez, se puso en contacto con el Arzobispo de Madrid, que finalmente recomendó a los padres viajar a España para poder adoptar a una niña. 
Los padres llegaron a Madrid y recibieron una fantástica noticia de sus interlocutores: "Os tenemos preparado algo especial. Pero aún no ha nacido". Apenas unos días después, el 29 de mayo de 1968, nacería una niña que les sería dada en prohijamiento por orden de la Diputación Provincial de Madrid. Un mes después, los padres y la niña viajarían a México y siguiendo los consejos de sus interlocutores en España quemaron el pasaporte y los papeles de la niña al llegar a México. Nunca terminaron el proceso de adopción iniciado en España. 

Una vez en el país azteca Nazario Ceballos y Ligia Graciela, que así se llaman los padres adoptivos, inscribieron a la niña en el Registro Civil de la ciudad de Mérida (México) con el nombre de Ligia Graciela Ceballos Franco como hija biológica. En el acta de nacimiento se indicó que había nacido el 29 de mayo de 1968, a las 9 horas, en Mérida (México). 
Desde que tuvo conocimiento de que era adoptada, Ligia no paró de buscar su verdadera identidad y en 2010 consiguió que las autoridades españoles le entregaran su partida de nacimiento española. En dicha partida figuraba el nombre de María Diana Ortiz Ramírez. 

"Lo curioso es que yo tengo dos partidas de nacimiento. Un juez del Registro Civil en España compara, coteja y dice: 'Esta persona aunque no presente un DNI con el nombre de María Diana Ortiz Ramírez coincide que es la misma persona que fue entregada a estos señores y que luego nombraron como Ligia Ceballos Franco", señala Ligia, que precisa que sus padres adoptivos nunca finalizaron el proceso de adopción pleno "puesto que la Iglesia les dijo: ustedes tomen a la niña, se la llevan a América, queman todo y la asientan como biológica". 
La persistente búsqueda de Lily por su verdadera identidad le permitió conocer que el día 3 de junio una niña ingresó en el Instituto Provincial de Puericultura de Madrid, también conocido como la 'inclusa'. En los datos de ingreso aparecían como padres de esta niña dos nombres sin apellido: Rafael y Marta, ambos mencionados como "supuestos". Y una sola descripción: "Camisa, jubón, pico, faja, toalla de felpa, jersey de lana blanca y mantita de color rosa".

30.000 casos
El caso de Ligia Ceballos o María Diana Ortiz tendrá que ser examinado ahora por la Justicia de México. Amnistia Internacional señala que se ha decidido presentar esta querella en este país por "la nacionalidad mexicana de Ligia, porque la legislación mexicana cuenta con importantes reformas en materia de derechos humanos que podrían abordar este caso, y porque en España la mayor parte de las investigaciones sobre bebés robados no están llegando a fase de juicio". 
El exjuez Garzón destacó en un auto de 2008 que entre 1937 y 1950 se podrían haber dado más de 30.000 casos en España
"En nuestra opinión, este caso reviste las notas características de una desaparición forzada como crimen de derecho internacional. Además, en el caso de Ligia concurren otros elementos que Naciones Unidas ha identificado como recurrentes de las desapariciones forzadas de menores, como son, por ejemplo, el registro de la niña con información falsa o la falsificación de documentos como su partida de nacimiento”, señaló Esteban Beltrán, director de Amnistía Internacional España.

Según datos que ha podido confirmar la propia Amnistía Internacional, ninguna de las 2.083 diligencias iniciadas por la Fiscalía General del Estado en relación con el robo de bebés ha llegado a fase de juicio en España. "España no sólo no aborda el tema como un delito de desaparición forzada, sino que cuando algún otro país, como Argentina, inicia investigaciones que incluyen casos de bebés robados y los enmarca como crímenes de derecho internacional, obstaculiza dichas investigaciones consolidando la impunidad de estas graves violaciones de derechos humanos”, denuncia Esteban Beltrán.
Cabe destacar que en el auto de 2008 del entonces juez de la Audiencia Nacional, Baltasar Garzón, se destacaba que entre 1937 y 1950 se podrían haber dado más de 30.000 casos “en un sistema de desaparición de menores hijos de madres republicanas bajo la cobertura de una aparente legalidad”. En el auto se señalaba que el objetivo era separar a estos menores de sus familias a las que no consideraban idóneas. “De esta forma se propició una desaparición legalizada de menores de edad, con pérdida de su identidad, cuyo número indeterminado dura hasta la fecha”.
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Bebés robados: de la cuneta a la cuna
Febrero 17, 2017
Público
Una querella de Amnistía Internacional en México va a poner una vez más al descubierto las vergüenzas de la justicia española casi cuatro décadas después de que se hiciera público el increíble caso de los bebés robados. Desde los sesenta, se habían cursado docenas de denuncias aunque el putrefacto organigrama del franquismo y los tentáculos de la todopoderosa iglesia católica lograron tapar lo que ya era un secreto a voces. Con la sacrosanta democracia, las cosas no mejoraron mucho. Ahora sabemos que, casi hasta la década de los noventa, miles y miles de bebés fueron robados a sus familias y vendidos impunemente a otras familias gracias a un complejo entramado mafioso que implicaba a monjas, sacerdotes, médicos, comadronas, enfermeras, abogados, agencias de adopción estatales y altos funcionarios del gobierno.

Desde la infame clínica San Ramón de Madrid, que trabajaba a destajo como una factoría de compra-venta de carne humana, hasta docenas de otros centros hospitalarios repartidos por todo el estado, la iglesia católica comerció y se lucró con el dolor, la mentira, el vacío y el luto. Según un auto instruido por el juez Garzón en 2008, esta infamia se remonta a 1937, con el robo sistemático de menores hijos de madres republicanas en la España franquista, y se calcula que pudo afectar hasta 30.000 niños desaparecidos hasta 1950. Aunque parezca mentira, a esa cantidad habría que sumar otros 30.000 desaparecidos entre 1950 y 1990.

Es difícil calcular el monto del horror porque, como tantas historias en España, la historia de los niños robados estaba envuelta en tinieblas. El mecanismo del secuestro era casi siempre el mismo: madres anestesiadas en la sala de partos a las que les quitaban el bebé para dárselo a otra mujer que estaba en otra habitación y que había fingido previamente un embarazo. La familia adoptiva pagaba una fortuna y, generalmente, creía que estaba realizando una adopción legal. Si la madre auténtica pedía ver a su hijo, los médicos le enseñaban un bebé muerto de los muchos que guardaban en una cámara frigorífica.

Numerosas denuncias fueron acalladas durante la dictadura franquista y otras muchas más desoídas durante la democracia. Sin embargo, el escándalo salió a la luz en 1982, cuando un reportaje fotográfico de Interviú sacó en primicia las espeluznantes fotos de los bebés congelados en la nevera de San Ramón y descubrió el espantoso pastel que se ocultaba tras los trapicheos monetarios de curas, monjas y médicos. Había montones de clínicas similares funcionando a toda máquina por toda la geografía española. Sin embargo, casi cuatro décadas después todavía no ha llegado una sola condena. Es más: varias demandas particulares han intentado que las organizaciones religiosas revelaran el nombre de las verdaderas madres, para que los adoptados pudiesen conocer sus orígenes, pero los procesos fueron desestimados o frenados en seco. Cuando le pregunté a uno de los abogados implicados en la demanda, él mismo un niño adoptado en Valencia, cómo era posible, sólo me respondió dos palabras: “Opus Dei”.

Este expolio generalizado de bebés no fue, como cree mucha gente, exclusivo del franquismo: se han documentado casos similares en Irlanda, en Australia y en Estados Unidos. Detrás de este horripilante e ininterrumpido crimen está la larga y tenebrosa mano de la iglesia católica, esa gente que ama tanto la vida. Sobre todo, la suya. La monja Sor María Gómez Valbuena, uno de los principales cabecillas de esta red de compra-venta, murió en 2013 antes de que pudiera ser juzgada. Este mismo año se sentará en el banquillo otro de los responsables de este macabro tráfico de seres humanos, el ginecólogo Eduardo Vela. En España la justicia calla de la cuneta a la cuna.


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