En 1940, Lluís Companys fue detenido en la Francia ocupada, entregado a la dictadura franquista y ejecutado en Barcelona tras un consejo de guerra sin garantías suficientes.
Barcelona, madrugada del 15 de octubre de 1940. Companys permanece preso en el castillo de Montjuïc. Horas antes ha sido condenado por un tribunal militar. Sabe que la sentencia será ejecutada al amanecer. Según diversos testimonios, rechaza que le cubran los ojos y se despide de sus acompañantes. Tiene cincuenta y ocho años. Frente al pelotón, el antiguo presidente de la Generalitat se prepara para morir en la misma ciudad donde había ejercido el poder.
Lluís
Companys fue abogado, dirigente republicano y presidente de la
Generalitat de Cataluña desde 1934. Al terminar la Guerra Civil se
exilió en Francia. No logró abandonar el país antes de la
ocupación alemana. En agosto de 1940 fue localizado por agentes
alemanes y detenido con la colaboración de policías vinculados al
régimen franquista.
Companys
fue trasladado secretamente a España.
Primero pasó por dependencias policiales en Madrid, donde fue
interrogado y sometido a malos tratos según diversos testimonios.
Posteriormente fue enviado a Barcelona. El 14 de octubre compareció
ante un consejo de guerra sumarísimo. La acusación lo
responsabilizaba de rebelión militar, una paradoja jurídica porque
quienes se habían sublevado en 1936 fueron precisamente los
militares que después controlaron el tribunal.
La defensa dispuso de muy poco tiempo para preparar el caso. El
procedimiento terminó rápidamente con una condena a muerte. Al día
siguiente fue fusilado en el foso de Santa Eulalia del castillo de
Montjuïc.
Lo
que muchos ignoran... Companys no fue capturado por las autoridades
españolas dentro de sus fronteras. Fue localizado en territorio
francés ocupado por Alemania y entregado mediante una operación de
colaboración represiva entre organismos alemanes y franquistas. Su
esposa estaba enferma y su hijo, que padecía una grave discapacidad,
se encontraba desaparecido en medio del caos provocado por la
invasión. Companys había permanecido en Francia, entre otras
razones, intentando localizarlo. Su proceso tampoco fue un juicio
ordinario con posibilidades reales de defensa. La sentencia estaba
condicionada por su papel político durante la República y la Guerra
Civil. Muchos historiadores consideran que se trató esencialmente de
una represalia política revestida de
legalidad militar.
A menudo se afirma que fue el único presidente elegido democráticamente en la Europa contemporánea ejecutado por un régimen fascista o de orientación fascista. La frase resume la excepcionalidad del caso, aunque las comparaciones institucionales entre distintos países y cargos deben realizarse con prudencia. Lo indiscutible es que Companys había presidido un gobierno autonómico reconocido por la Constitución republicana y que fue ejecutado por una dictadura después de
un procedimiento carente de garantías fundamentales.
Durante décadas, la condena continuó formando parte de los expedientes represivos del franquismo. Su figura quedó unida a la memoria de miles de personas sometidas a consejos de guerra. El lugar de la ejecución se transformó posteriormente en un espacio de recuerdo y homenaje.
La
historia de Companys no termina ante el pelotón. También obliga a
recordar cómo un tribunal puede conservar la apariencia de justicia
mientras elimina las garantías que dan verdadero sentido a esa
palabra.
¿Conocías
las circunstancias de la detención y ejecución de Companys? SÍ o
NO
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