Los apologistas cristianos insisten en revestir el origen de Jesús con un manto de pureza metafísica, argumentando que el embarazo de María fue obra del Pneuma Πνεύμα (el Espíritu). Pero aquí chocar de frente con una imposibilidad histórica e intelectual insalvable: la idea de mezclar lo divino con lo humano —un dios fecundando a una mujer mortal para engendrar un semidiós— es un concepto radicalmente ajeno al monoteísmo estricto de Israel. En el yahvismo y en el judaísmo del Segundo Templo, esa teogonía simplemente no existe; es una categoría propia del politeísmo y de la mitología grecorromana.
Es precisamente de ese choque cultural y polémico de donde surge, ya en el siglo II, la aguda crítica del filósofo pagano Celso, y de manera paralela, los registros hostiles de la tradición talmúdica. Al no encajar en las expectativas de una estricta genealogía davídica terrenal y al rechazar el dogma del nacimiento virginal, el mundo antiguo leyó el origen de Jesús desde el escándalo y el demérito.
De ahí nace la famosa narrativa que circuló en las polémicas de la época: la acusación de que Jesús no fue producto de ninguna intervención neumática celestial, sino el resultado de un adulterio terrenal con un soldado romano llamado Tiberio Julio Abdes Pantera. En el ámbito rabínico, esta figura quedó plasmada bajo el estigma de Ben Pandera o Panther, un recurso polémico para etiquetarlo como mamzer —alguien nacido de una unión ilícita— y despojarlo así de cualquier legitimidad mesiánica oficial.
Lejos de la solemnidad dogmática que los teólogos construyeron siglos después, el nacimiento de Jesús fue visto en su tiempo real como una disputa descarnada: los cristianos intentando elevar un escándalo humano a la categoría de misterio cósmico mediante el Pneuma, y sus detractores paganos y judíos respondiendo con la cruda y terrenal leyenda de Pantera.
-- Osmin Zaldaña
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