La única voz de un castrato histórico que podemos escuchar todavía fue grabada en el Vaticano en 1902.
Se llamaba Alessandro Moreschi.
Detrás de aquella voz conservada en un disco se encontraba una práctica que durante siglos alteró para siempre el cuerpo de niños con una esperanza incierta: que alguno de ellos se convirtiera en un gran cantante.
La operación debía realizarse antes de la pubertad.
Al impedir el desarrollo hormonal normal, la laringe no experimentaba los mismos cambios que hacían descender la voz de otros varones. El niño podía llegar a la edad adulta conservando un registro extraordinariamente agudo.
Después comenzaban años de formación.
El fenómeno había surgido en Italia durante el siglo XVI, cuando las mujeres estaban excluidas de numerosos coros eclesiásticos y las partes agudas eran interpretadas por niños o falsetistas. Los castrati ofrecían otra posibilidad: una voz aguda que no desaparecía al llegar la adolescencia.
La práctica terminó escapando de las iglesias.
Durante los siglos XVII y XVIII, los castrati se convirtieron en algunas de las mayores estrellas de la ópera europea. Compositores escribieron papeles específicamente para ellos y cantantes como Senesino, Carestini y Carlo Broschi, conocido como Farinelli, alcanzaron una fama que hoy podría compararse con la de grandes celebridades internacionales.
Farinelli llegó a cantar en las cortes europeas y acumuló riqueza y prestigio.
Pero su éxito escondía una realidad mucho menos brillante.
La operación no podía garantizar talento, resistencia, belleza vocal ni una carrera profesional. Un niño podía ser sometido a ella y descubrir años después que jamás tendría la voz necesaria para alcanzar los grandes escenarios.
Su cuerpo, en cambio, ya había sido modificado de manera irreversible.
La ciencia moderna ha permitido observar algunas de esas consecuencias.
Cuando los restos de Farinelli fueron estudiados después de su exhumación en 2006, los investigadores encontraron características compatibles con la castración antes de la pubertad: extremidades excepcionalmente largas, persistencia de líneas de crecimiento óseo y osteoporosis.
Mientras tanto, la sociedad que había celebrado aquellas voces comenzó a cambiar.
Durante el siglo XIX los castrati desaparecieron progresivamente de los teatros. En 1870, la castración con fines musicales quedó prohibida en la Italia unificada. Las voces sobrevivieron durante algunas décadas más dentro de la tradición eclesiástica.
En 1903, el papa Pío X dispuso que las partes agudas de los coros fueran interpretadas por niños, cerrando definitivamente el camino para nuevas incorporaciones de castrati a la música pontificia.
Moreschi permaneció algunos años más en el coro de la Capilla Sixtina.
Un año antes de aquella reforma había ocurrido algo que ninguna generación anterior de castrati pudo hacer.
Un gramófono había entrado en el Vaticano.
Moreschi se colocó frente a la enorme bocina de grabación y cantó.
Volvió a hacerlo en 1904.
Murió en 1922.
Farinelli, Senesino y miles de voces de aquella época desaparecieron con quienes las escucharon. La de Moreschi quedó atrapada en unos discos.
Es el sonido que sobrevivió de una tradición musical que necesitaba cambiar para siempre el cuerpo de un niño antes de saber siquiera qué clase de cantante llegaría a ser.
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