Roy Galan
Decir que Federico García Lorca murió un día como hoy es faltar a la verdad porque uno se muere de viejo, uno se muere porque algo falla en el interior, uno se muere por un accidente o porque le toca morirse porque todas las personas vamos a morir, pero cuando te llevan debajo de un olivo y te fusilan, cuando cogen tu carne aún posible, aún capaz de decir “azul” o de decir “no”, aún capaz de pensar en las estrellas, aún capaz del temblor y de la esperanza y del dolor, cuando cogen tu carne y le meten dos balas porque están hartos de mari**** en Granada y la desgarran por rojo y la vacían de sangre por masón, cuando dejan a quien te quiere sin la opción de volverte a ver, lo que te hacen no está relacionado con lo inevitable sino con lo indigno. Sugerir que Lorca ganó, que es eterno, que “los poetas nunca mueren porque viven en sus versos” es despolitizar su figura y tratar de romantizar su desaparición. Lorca se acabó un 18 de agosto de 1936 por la sencilla razón de que ya no pudo cambiar de idea, ya no pudo aprender nada nuevo, ya no pudo imaginar, ni crear, convirtiéndose así en un esclavo de lo ya dicho, de lo ya escrito, de lo ya hecho. Decía Leonard Cohen que no entendía cómo en este país no excavábamos con nuestras manos para encontrar a Lorca. Lorca fue uno entre cien mil. Por eso yo diría que no entiendo cómo no excavamos para encontrar a las más de cien mil personas desaparecidas en España forzosamente en el genocidio franquista que fueron represaliadas por defender sus ideas, la escuela pública, el divorcio o el voto, por creer en la democracia y lucharla, por intentar que no se secara el caudal de la libertad, personas que son un recuerdo en la cabeza de otras personas que van desapareciendo. Si Lorca levantara la cabeza tendríamos que explicarle que no hemos usado nuestras manos, que ni siquiera lo estamos buscando y que a quien le busca a él y a los demás los llaman despectivamente “buscadores de huesos” desde el Congreso, que en la radio suena el Cara al Sol, que el fascismo está muy vivo, no como él. Igual que todos aquellos cuerpos que fueron arrancados de sus días como mala hierba y arrojados a cunetas, cunetas que hoy son carreteras, sobre las que circulan coches en los que van sentadas personas que a veces recuerdan a sus abuelos que atravesaron una puerta y después el silencio y después la vida sin ellos, sin que “por el sur de mis pies fue primavera y al norte de mi frente flor de helecho”, al sur y al norte, tierra en la venas.
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