Buscar este blog

lunes, 17 de agosto de 2026

 


Mercedes Rodrigez

Yo nací en 1946, en una Asturias donde la mina mandaba más que cualquier gobierno y donde la vida de una familia dependía de que el pozo no fallara. Crecí viendo a los hombres, a mi padre, bajar cada día con la lámpara en la mano y el miedo metido en el estómago, al toque del turullu, ese sonido metálico que atravesaba Figaredo, Turón y Mieres como una orden que no admitía réplica. Las mujeres sostenían casas enteras con una dignidad que nunca salió en los periódicos, y todos sabíamos quién tenía el poder y quién tenía la espalda rota. Entre los que tenían el poder estaban los Figaredo, una familia que manejaba una fortuna construida sobre el sudor, el miedo y la vida de miles de mineros. Yo no necesito que nadie me explique quiénes fueron los Figaredo porque yo viví en la Asturias donde su apellido pesaba más que cualquier ley.

Cuando estalló la Huelgona, la recuerdo como si fuera hoy. Recuerdo las conversaciones en voz baja, el miedo a la Guardia Civil, los hombres reunidos en las cocinas, las mujeres organizando la resistencia sin que nadie les diera las gracias. Recuerdo cómo la huelga empezó en el Caudal y se extendió al Nalón, cómo Sama y La Felguera se unieron, cómo la cuenca entera se levantó contra unas condiciones que ya no se podían soportar. Recuerdo la represión, los silencios, los golpes, pero también recuerdo la solidaridad: las cajas de resistencia, las colectas, los tenderos que apuntaban comida sin saber cuándo cobrarían en las ya más que famosas libretas, las mujeres que hacían milagros con nada. Aquella huelga nos enseñó que la única fuerza real que teníamos era la que construíamos entre nosotros.

En mi casa, como en tantas otras, comimos gracias a la caja de resistencia, al socorro rojo. Y yo, como tantos, tuve que hacer algo que nunca se olvida: sumar las libretas. La de la carnicería, la del panadero, la del economato, la del ultramarinos. Cada fin de mes me sentaba con las libretas encima de la mesa y veía cómo los números crecían y cómo la vergüenza se mezclaba con la rabia. Los tenderos apuntaban todo: el pan, la carne, la leche, el aceite, el azúcar. Apuntaban sin saber cuándo cobrarían, apuntaban porque sabían que, si ellos no ayudaban, nosotros no comíamos. Aquellas libretas eran la prueba escrita de nuestra miseria y de nuestra dignidad. Eran la contabilidad de la solidaridad. Eran la memoria de una cuenca que se sostuvo a sí misma cuando la empresa nos dejó tirados. Y mientras la cuenca luchaba por sobrevivir, los Figaredo seguían manejando su negocio desde arriba, sin bajar a la mina, sin respirar grisú, sin sentir el miedo que nosotros sentíamos cada día.

Luego llegó 1978. Yo ya era adulto, ya tenía vida casi hecha, porque la vida nunca está hecha al completo, pero si sabía lo que era que la población dependiera de la mina para todo. No viví directamente la crisis de Minas Figaredo, pero sí viví lo que significaba que una empresa dejara a miles de familias sin cobrar. Lo vi en los vecinos, en los amigos y vi cómo al desaparecer la nómina y desaparecía la comida. Vi cómo la desesperación se convertía en rabia. Vi cómo la cuenca volvía a sostenerse a sí misma porque nadie más lo hacía.

La retención de la dirección en el Pozo San Inocencio no fue un acto político, fue desesperación pura. Fue el grito de unos padres que ya no podían más. Fue la cuenca diciendo basta. La crisis fue tan grave que en 1980 el Estado tuvo que intervenir y rescatar la mina, integrándola en el INI para evitar que la comarca se hundiera en la miseria absoluta. La cuenca pagó el precio. La familia Figaredo, no. Ellos nunca asumieron las pérdidas. Nosotros sí.

Mientras las cuencas sobrevivían como podían, otro miembro de la familia, Rodrigo Rato Figaredo, ascendía en la política y en las finanzas, llevando el apellido desde las cuencas mineras hasta los despachos del FMI, del Gobierno y de la banca española. El poder económico y político de los Figaredo ya no se limitaba a Asturias: se extendía por Madrid, por Bruselas, por Washington. Y nosotros seguíamos en la cuenca, con nuestras libretas, nuestras cajas de resistencia, nuestras huelgas y nuestras cicatrices.

Hoy, décadas después, el apellido vuelve a estar en el Congreso. El nieto del empresario minero, José María Figaredo, diputado de VOX, cobra un salario público elevado y lidera parte del discurso económico de su partido. Y desde su escaño habla de sindicatos como si fueran un obstáculo, como si la protección laboral fuera un capricho, como si la historia de su propia familia no estuviera escrita sobre las espaldas de miles de trabajadores que hicieron ricos a los suyos. Cuando le escucho decir que hay que recortar derechos laborales, yo no oigo teoría económica: oigo el eco de la Huelgona, oigo el silencio de las nóminas que no llegaron, oigo a las madres diciendo que no sabían qué poner en la mesa, oigo a los vecinos compartiendo comida, oigo a los tenderos apuntando en la libreta, oigo la caja de resistencia que nos dio de comer cuando la empresa nos dejó tirados.

Por eso hablo claro. Yo nací en 1946. Yo viví la Huelgona. Yo comí de la caja de resistencia. Yo comí del socorro rojo. Yo sumé las libretas cada fin de mes. Yo sé quién estuvo ahí cuando la patronal no estuvo. Yo sé quién sostuvo a los mineros cuando la empresa les dejó sin nada. Y sé también quién se hizo rico con el trabajo de los mineros y quién nunca asumió las consecuencias de su mala gestión. Los Figaredo son parte de la historia de Asturias, sí, pero la cuenca también. Y la cuenca pagó el precio. La memoria no se borra con discursos de plató ni con consignas parlamentarias. La memoria está en nuestras casas, en nuestras libretas, en nuestras cicatrices, en nuestras historias. Y yo no voy a dejar que nadie la borre porque soy hijo de minero, porque soy nacido en Turón y criado en Figaredo.

Samuel Hinojal Sa

No hay comentarios:

Publicar un comentario