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miércoles, 18 de febrero de 2026

 


Cuando miramos las religiones desde la perspectiva de la historia y de la cultura, se hace evidente que cada una refleja la percepción y las necesidades de un grupo humano en un lugar y tiempo específicos. Para los judíos de la antigua Palestina, el judaísmo no era solo una fe, sino la religión de sus ancestros, la verdad de la Biblia, la narrativa que daba sentido a su existencia y a su identidad como pueblo. Para los primeros cristianos, el cristianismo se presentaba como la revelación universal de Cristo, la continuación y cumplimiento de la historia sagrada, con una dimensión que trascendía lo local. Para los musulmanes, el islam es la verdad de Alá, la religión revelada que organiza la vida, la ética y la ley en la Península Arábiga y más allá. Y en la India, el hinduismo, con Vishnu, Brahma y Shiva, es la manifestación de lo sagrado que da sentido al cosmos y a la vida humana según esa tradición cultural.

Cada uno de estos sistemas, entonces, puede considerarse “verdadero” desde la perspectiva de su contexto étnico y geográfico. Pero si se mira con distancia histórica y crítica, se hace evidente que todas estas religiones son constructos humanos, formas de interpretar la existencia, de organizar la sociedad y de dar respuesta a preguntas universales sobre la vida, la muerte y la trascendencia. La verdad, en este sentido, es subjetiva y relativa: lo que para un grupo es absoluto, para otro es simplemente un marco cultural que refleja su historia y su percepción del mundo. Reconocer esto no disminuye el valor de las tradiciones, sino que permite entenderlas como fenómenos humanos, no como certezas metafísicas universales.

-- Osmin Zaldaña


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