Skancito·
¿𝗧𝗿𝗮𝗱𝗶𝗰𝗶𝗼́𝗻
𝗼 𝗖𝗿𝘂𝗲𝗹𝗱𝗮𝗱? 𝗟𝗮 𝗜𝗺𝗮𝗴𝗲𝗻
𝗾𝘂𝗲 𝗗𝗲𝘀𝗻𝘂𝗱𝗮 𝗹𝗮 𝗩𝗲𝗿𝗱𝗮𝗱
𝗦𝗶𝗹𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮𝗱𝗮 𝗱𝗲 𝗹𝗮
𝗧𝗮𝘂𝗿𝗼𝗺𝗮𝗾𝘂𝗶𝗮
Esta ilustración nos golpea directamente en el centro de nuestra empatía. No es una fotografía, pero la verdad que retrata es más nítida que cualquier imagen capturada por una lente. Nos obliga a confrontar una de las disonancias cognitivas más arraigadas de ciertas sociedades: la celebración del dolor ajeno bajo el manto sagrado de la "tradición".
En el centro de la composición yace la víctima. Un toro, animal noble por naturaleza, reducido a una figura de sufrimiento puro. Las heridas en su lomo no son meros trazos rojos; son testigos de un calvario físico diseñado para el espectáculo. Pero lo que verdaderamente desgarra el alma son sus ojos. Esas lágrimas humanizadas, aunque biológicamente discutibles en un animal, funcionan como un puente necesario para nuestra propia conciencia. Representan el miedo, el dolor y la incomprensión de un ser sintiente que está siendo torturado lentamente hasta la muerte, sin entender por qué.
El contraste es devastador. Detrás del animal agonizante, una multitud celebra. Vemos rostros sonrientes, manos aplaudiendo, una masa homogénea de espectadores que parecen desconectados de la realidad sangrienta que tienen delante. ¿Qué aplauden? ¿La "valentía" de un hombre armado contra un animal debilitado? ¿La estética del movimiento? ¿O simplemente aplauden porque así se ha hecho siempre? Esa multitud representa la inercia cultural, la normalización de la violencia cuando esta se viste de traje de luces y se envuelve en banderas de identidad nacional.
Finalmente, en primer plano, aparecen nuestras propias manos. Son las manos del observador consciente que rompe la cuarta pared. Sostienen un cartel que no es una opinión, sino una sentencia ética: "¡Esto no es cultura, es tortura!".
Esta frase es el núcleo de la reflexión. Nos obliga a cuestionar la definición misma de cultura. ¿Puede llamarse cultura a algo que depende intrínsecamente del sufrimiento agónico y la muerte pública de un ser vivo? La cultura debería ser lo que eleva el espíritu humano, lo que fomenta la creación, el pensamiento y la belleza. Cuando una tradición requiere sangre para sostenerse, deja de ser cultura y se convierte en un ritual de barbarie anacrónico.
Esta imagen no es un ataque a las personas, sino una invitación urgente a despertar. Nos pide que miremos más allá del colorido del espectáculo y conectemos con la realidad de la víctima. Nos recuerda que la ética no es estática; evoluciona. Y que una sociedad verdaderamente civilizada es aquella que extiende su círculo de compasión para incluir a aquellos que no tienen voz para defenderse. El cartel en nuestras manos es un llamado a la acción: la tradición no puede ser nunca una excusa válida para la crueldad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario