Francisco Luis M Brasero
Patriotismo de nómina ajena.
En 2018 el salario mínimo en España era de 735,90 euros. Hoy es de 1.221 euros. No es una revolución bolivariana. No es el asalto al Palacio de Invierno. Es, simplemente, cobrar un poco menos mal.
Y, aun así, cada subida activa a los mensajeros del miedo. Los de la carpeta llena de gráficos apocalípticos. Los que anuncian el fin del empleo como quien anuncia tormenta bíblica. Siempre el mismo sermón: cierres masivos, paro disparado, ruina nacional. España cayendo por pagar mejor al que menos tiene.
Lo interesante no es el debate. Es el teatro. Hay patriotas que no se alteran con alquileres imposibles ni con beneficios récord. No organizan tertulias por la precariedad estructural ni por el trabajador que llega al día 25 contando monedas. Pero cuando el salario mínimo sube, entonces sí: la patria sangra. Qué casualidad.
Mientras tanto, la Carta Social Europea dice algo bastante simple: que el salario mínimo debería rondar el 60 % del salario medio para garantizar una vida digna. No lo dice una asamblea revolucionaria. Lo dice Europa. Y durante años estuvimos lejos de ese umbral sin que nadie rasgara bandera alguna.
El salario mínimo no es magia. No arregla la vivienda ni elimina la desigualdad. Pero fija una línea roja: trabajar no puede ser sinónimo de pobreza.
Y eso descoloca a los agoreros profesionales. Porque cuando el suelo sube, el margen para competir a base de pagar poco se estrecha.
No es la economía lo que les inquieta. Es que se les acabe el chollo de asustar mientras otros sobreviven.
FLMB
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