El culto al Sol
Desde las primeras civilizaciones, el Sol fue más que una estrella: fue dios, juez, rey y fuente de vida. Antes de los templos cristianos, ya existían altares orientados al amanecer. Antes de las catedrales, los imperios levantaban obeliscos para honrar su luz.
En Roma, el culto a Sol Invictus (el Sol invencible) se convirtió en símbolo imperial. Su festividad principal era el 25 de diciembre, fecha que más tarde adquiriría otro significado religioso. El Sol representaba poder, eternidad y dominio sobre la oscuridad.
Muchos señalan que ciertos símbolos sacerdotales cristianos, como el Crismón (☧) —una P con una X superpuesta— provienen de las primeras letras griegas de “Cristo” (Chi-Rho). Sin embargo, su forma también recuerda antiguos monogramas solares utilizados en contextos imperiales romanos, donde el emperador se vinculaba con la divinidad solar. La línea entre fe y poder político, en la Antigüedad, era muy delgada.
El Sol fue adorado en múltiples culturas:
Dioses
solares en distintas civilizaciones
Ra – Egipto
Atón – Egipto (reforma de Akenatón)
Helios – Grecia
Apolo – Grecia/Roma (asociado luego al Sol)
Sol Invictus – Roma
Mitra – Persia/Roma (vinculado a la luz solar)
Shamash – Mesopotamia
Inti – Imperio Inca
Huitzilopochtli – Mexica/Azteca
Surya – India védica
Amaterasu – Japón
El Sol ha sido símbolo de resurrección diaria, de victoria sobre la oscuridad, de autoridad suprema. Muchas religiones posteriores heredaron lenguaje, fechas y símbolos que antes ya estaban asociados a su culto.
La cuestión no es negar creencias, sino observar la continuidad histórica.
Y entonces surge la pregunta incómoda:
¿En serio crees que Jesús es tu religión… o a qué dios te reverencias realmente?
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